John Houston, consagrado cineasta y mito de Hollywood, fue un joven-viejo enamorado de México. Cortejó a nuestro país mediante tres filmes que lograron encapsular muchos de los aspectos que definen parte de nuestra identidad, sin allanamiento de honduras idiosincráticas o de índole cultural que lo colocaran en oposición directa con exposiciones de profundidad simbólica o mágico-realistas a la Juan Rulfo, tan sólo utilizando la pantalla como un lienzo hurtado a Orozco donde plasmó la interrelación y correlación entre los paisajes naturales y urbanos con los mexicanos, y entre sus ricas y contradictorias personalidades con el medio ambiente, manejando un tono ético que caracterizó a la totalidad de su obra houstoniana y funge de canal conductor de la psicología y los matices emocionales de sus personajes e historias, éstas últimas construidas como intimistas épicas sobre la naturaleza humana vista a prueba bajo circunstancias, medios y entornos adversos. Historias de pugna y lucha constantes del hombre contra su cotidiano, y contra sí mismo, nada ajeno a la realidad de cualquier mexicano.
Houston comienza su exploración sobre los diversos escenarios nacionales con “El Tesoro de la Sierra Madre” (1948), donde el paisaje y la geografía de nuestro territorio son esenciales. Desde su primera secuencia, la cinta es definida temporalmente de forma magistral: un close-up a los resultados de la lotería, la cámara se aleja paulatinamente para revelar que nos encontramos en Tampico,en el año de 1925, mientras un sujeto sucio y harapiento (Humphrey Bogart en uno de sus más grandes papeles) rompe con desdén su billete perdedor. Esta presentación al personaje principal, el cual se embarcará ante la falta de fondos a una búsqueda en pos de oro donde indica el título de la película, ya habla sobre un descontento e inconformidad que plagaba a nuestra patria ante la carestía vivida en aquel entonces; el relato comienza su desarrollo con una naturalidad maestra y sencilla mediante un estilo nervioso, fluído e impecable. La trama acuna elementos base de la actitud humana: ambición, traición, desapego, esperanza y evasión emocional a través de estos gambusinos que sólo buscan una vida mejor, pero al final víctimas de sí mismos, todo enmarcado en una Sierra Madre que, para los protagonistas, es “madre y novia” y “mucho mejor que cualquiera de las mujeres que haya conocido”. Un México que se ve trazado mediante sus aristas maniqueas donde los bandoleros son azote y el campesinado un bálsamo para las atribuladas almas de los personajes principales. Una mirada cinematográfica amorosa, natural y alienante sobre nuestra patria.
Posteriormente, “La Noche de la Iguana” (1964) manifiesta una “visión” nacional que se torna sofisticada imaginería fotografiada por Gabriel Figueroa, quien se solaza con el ambiente tropical de la cinta trasladándose desde las costas de Guerrero a las de Jalisco, dándole vida a una nueva estrella en la mitología turística nacional: Puerto Vallarta, que se dio a conocer mundialmente con este filme. Una narración intensa, melancólica y sarcástica sobre un clérigo degradado (Richard Burton) que lucha por reanudar su vida en nuestro país, involucrándose con varias mujeres, incluyendo una solterona (Deborah Kerr) y la sensual propietaria de un hotelucho (Ava Gardner). El epicentro de la cinta es la transformación de estos personajes, viéndose tocados por el contexto mexicano y sus habitantes, adquiriendo una perspectiva más visceral, fatalista y fugaz. Así, como la iguana misma, aprenden a ser ellos mismos y aceptar su sexualidad como un instrumento de liberación existencial sin la prisión de sus mortificados cuerpos.
20 años después, Houston regresó para dirigir “Bajo El Volcán” (1984), un cierre narrativo muy significativo a este tríptico mexicano ubicando la historia sobre las celebraciones del Día de los Muertos en el Cuernavaca de la década de los 30’s., permeando la narración de tristeza y fatalidad. Albert Finney encarna a un cónsul caído de la gracia política por su voraz alcoholismo y quien logra un reencuentro con su ex esposa (Jacqueline Bisset) mediante el auspicio de un supuesto milagro perpetrado por la Virgen de Guadalupe (o así lo afirma el médico de la localidad, interpretado por Ignacio López Tarso), mas la trama se tiñe de tragedia conforme una serie de violentos acontecimientos que circundan la realidad sociopolítica del país golpean a la pareja de diversas maneras, conduciéndolos a un fatídico desenlace. Esta obra es la más mexicana de John Houston, pues se advierte su gusto total y también su gran comprensión e incomprensión hacia México, y por ello no puede ser nada menos que fascinante.
A pesar de su nacionalidad y filmografía, Houston encontró todo lo que deseaba en México, viviendo incluso sus últimos días en nuestro país como un recluso que encontró la paz y su propio paraíso en nuestras costas. Y al igual que otros cineastas extranjeros, seducidos por esa aura incomprensible que destila nuestra patria, Houston, como Peckinpah o Norman Foster, llevaba en su espíritu a todo un mexicano.
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