María Luisa Medellín y Gabriela Villegas
Agencia Reforma

MONTERREY, NL.-Hace un año todo cambió. Las prioridades se modificaron y al caos inicial y la incertidumbre tras la declaración de la OMS de una pandemia inédita causada por el Covid-19 siguió un proceso de adaptación que ha impactado los estilos de vida de cada persona en forma única

Enfrentan enemigo invisible
Francisco Juárez y Rodrigo Sanvicente
Paramédicos de la Cruz Roja
Con 30 años como paramédico en la Cruz Roja Monterrey, Francisco Juárez confiesa que al principio de la pandemia tenía temor porque se enfrentaba a un enemigo invisible: el Covid-19.
“Pero llega un momento en que uno se acostumbra al peligro. Todo lo que hemos pasado: huracanes, fiebre aviar, vih, un mundo de cosas.
“Con el Covid, como no sabes por dónde va a venir, extremamos las precauciones al 100 por ciento para cuidarnos, cuidar a los pacientes y a nuestra familia, porque estamos en la primera línea de atención”.
A Rodrigo Sanvicente, su compañero paramédico y operador de la ambulancia, lo que más le ha impactado es que cuando llegan a los domicilios y le dicen a los pacientes que necesitan trasladarlos a un hospital Covid-19, se atemorizan y algunos prefieren no hacerlo.
“Me quedo con la impotencia de no poder convencerlos”, menciona este hombre de 32 años, y 12 en la institución.
Rodrigo y Francisco también han tratado con escépticos que se contagiaron, y después de que ellos tuvieron que llevarlos a un área crítica en el hospital, se mostraban arrepentidos por no cuidarse.
Palpar lo vulnerables que somos, reflexiona Francisco, los ha hecho apreciar más la vida, valorar a sus familiares, a sus compañeros, y tratar de cuidarlos.

Llega su bebé en pandemia
Norma Cerros
Directora de Womerang y cónsul de Suecia para NL y Coahuila
Tras el #8M y #9M, Norma Cerros, directora de Womerang, organización que trabaja por la equidad de género en el campo laboral, estaba enfocada en el siguiente paso para reforzar el impacto de las históricas marchas feministas.
En eso, nos sacudió la pandemia y, ella, con poco más de siete meses de embarazo, y otros dos hijos: Ian Alexander, hoy de 2 años y medio, y Héctor Daniel, de 8, trató de informarse, junto con Daniel, su marido, sobre la magnitud de lo que se avecinaba.
“Fue un shock”, exclama. “Para mí un gran tema era, ¿qué va a pasar?, mi hijo está por nacer en un mes más, un mes y medio. No quiero entrar a un hospital, me da mucho miedo, porque teníamos muy poca información”.
Norma dice que aun así, lo más difícil vino después de que nació Óscar André, hoy de 10 meses.
Entre cuidar al bebé, el trabajo desde casa -es también cónsul de Suecia para Nuevo León y Coahuila- y no poder salir con los niños, que ya anhelan convivir con otros chicos, llegaron días de mucho estrés y cansancio.
Pero precisamente el valorar los momentos en familia, la calidez a distancia con los seres queridos y agradecer lo que se tiene, es lo que la ha sostenido.
“Son habilidades que empecé a atesorar en esta etapa de pandemia y que me llevo para la vida”.

Ya quiere ir a la escuela
Patricio Lujambio Pérez
Alumno de sexto de primaria
“Quisiera que ya volviéramos a la escuela y estar con mis amigos, y que las clases ya no estén en línea porque ya me aburrí de estar todo el tiempo viendo la pantalla de mi tablet o de la laptop”, dice algo fastidiado Patricio Lujambio Pérez, quien está en sexto grado de primaria.
“Ahora me paso todo el día en la casa, no puedo hacer nada más que la tarea y estudiar y los exámenes”.
Pato, como le dicen, platica que a veces falla la internet y aunque trata de conectarse, la maestra no lo puede agregar al grupo.
Por ahora sus diversiones son los videojuegos y pasear a sus dos perros, mientras que, antes, iba a entrenar futbol, al parque, con sus amigos, y salía de paseo con sus papás, hermanos y abuelitos.
“Me siento triste porque está muy peligroso y fuerte lo del Covid. Hemos tenido suerte porque en mi familia nadie se ha contagiado, pero sí unos hermanos de mi abuelita.
“Yo ya quiero ir a la escuela. Antes ni quería ir, y ahora sí”.

Sigue en la incertidumbre
Rodrigo Ríos “Foni”
Dueño del Café Iguana
La última vez que los muros de Café Iguana vibraron fue el 15 de marzo del 2020 con el metal progresivo del grupo sueco SOEN. Horas después, los escenarios del emblemático bar del Barrio Antiguo callaron. Así la pandemia de Covid-19 también acabó con la vida nocturna de la Ciudad.
No es la primera vez que el Café Iguana sobrevive a un cierre o una crisis. En la década violenta cerró por más de dos años, tras la ejecución de cuatro personas, en 2011, en la entrada del bar.
Pero este cierre provocado por la pandemia es distinto, asegura Rodrigo Ríos “Foni”, fundador y propietario del Café Iguana.
“En ese entonces sabíamos que íbamos a abrir. Ahora no sabes si vas a abrir o no vas a abrir o por cuánto tiempo va a ser”, comparte.
“También en la época anterior tuvimos tiempo de abrir otro negocio en San Pedro, entonces mentalmente te entretienes y te ocupas”.
Cuando la Secretaría de Salud ordenó el cierre de antros y bares, “Foni” creía que sería algo pasajero, pero en unos días el Café cumplirá un año con las cortinas abajo.
Para recuperarse del golpe económico integró más platillos al menú de Salón Morelos, ubicado en el 937 de Morelos en Barrio Antiguo, y que ahora funciona como restaurante.
Dice que mientras el rock en vivo y la vida nocturna vuelven, buscará mantener ocupada su mente en impulsar otros negocios.

Se reinventa para sobrevivir
Claudia Rivera
Dueña de CubeKids salón infantil
Aprendió a hacer tortillas de harina, puso un negocio de tacos mañaneros y uno más de cenas románticas, Claudia Rivera, dueña del salón infantil CubeKids, lo ha intentado todo para sobrevivir en la pandemia.
“Hay veces que la gente dice: ‘trabaja en otra cosa’ o ‘reinvéntense’. Lo hemos hecho”, comenta Rivera, de 38 años y mamá de dos hijos de 5 y 7 años.
Además de antros y bares, los salones de fiestas infantiles han sido lo más afectados por las restricciones de la Secretaría de Salud. Desde el cierre total, ningún día se les ha permitido volver a abrir.
El salón CubeKids, ubicado en el Centro de San Nicolás, tenía un staff de 12 personas sin contar a proveedores.
“La situación está crítica para todos, pero probablemente tú vas y buscas otro trabajo, pero nosotros tenemos que pensar en emplear a la gente”, dice Rivera.
“A mí me duele mi staff, me duele la persona de la cocina, que era su fuente de ingresos y yo ya no le puedo dar ese trabajo”.
Un alivio ha sido que el Municipio de San Nicolás le apoye con el pago de la renta del local y ha enviado despensas al personal que quedo sin empleo.
Aunque CubeKids no ha abierto sus puertas, hay letreros con las medidas sanitarias y un filtro en la entrada, señales de la ansiada reapertura de los salones infantiles.

Lo beneficia la pandemia
Javier Villegas
Repartidor en Uber Eats
La esquina de Bachilleres y Filósofos en la Colonia Tecnológico ha sido uno de los puntos de la Ciudad para cazar pedidos mediante aplicaciones móviles. En el último año, Javier Villegas, repartidor de 36 años de edad, la ha pasado en ese punto junto con otros motociclistas.
El hombre, vecino del Municipio de Juárez, tiene tres años como repartidor de comida. A diferencia de otros, Villegas asegura que la pandemia le benefició.
Cuando había cierres totales de negocios y restaurantes, el repartidor lograba en pocas horas completar la ganancia de cualquier día.
“Depende si es quincena, depende la aplicación, depende cómo trabajes, depende lo rápido que seas”, cuenta. “Ganamos, depende, como dos mil, 2 mil 500 por semana”.
Y aunque no tiene prestaciones o seguridad social, Villegas asegura que destina una parte de sus ganancias a pagar su IMSS y ahorra para tener su propio aguinaldo.
Sin embargo, la buena racha que le trajo el virus, también lo frenó por un mes y 20 días.
Villegas se contagió de Covid-19 en enero pasado y superó la enfermedad en su casa con su esposa y su hija.
“Mi pensamiento es que todos estamos en riesgo, pero nosotros los de motos corremos más riesgo que los demás”, platica.

Levanta la voz por los mayores
Hernán García
Ingeniero y maestro
De hacer de sus días una aventura, practicando senderismo y viajando, Hernán García, de 71 años, pasó a despertar a diario y preguntarse “¿y ahora qué hago?”. Al ingeniero y maestro, vecino de El Cercado en Santiago, la pandemia le arrebató amigos, la convivencia con su familia y su libertad.
“La pandemia me impactó con una tremenda tristeza”, platica García, “He perdido siete amigos, aunque tengo que decir que otros 33 se han podido recuperar”.
García es un arduo lector de periódicos, libros y hasta revistas científicas. Sabe los datos más recientes de investigaciones referentes con el coronavirus y las platica con lucidez.
Domina perfectamente la tecnología, lo que lo llevo a ser profesor online de matemáticas a nivel secundaria en un colegio.
Aunque ha logrado distraerse, la pandemia le ha quitado momentos como convivir con su nieta de tres meses de edad, a quien no ha podido cargar.
“No la he podido cargar ¿y sabes qué? me muero por cargarla”, comenta.
El pasado 20 de febrero García y 230 adultos mayores más dirigieron una carta a Manuel de la O, Secretario de Salud Estatal, para que reconsiderara las restricciones de personas de la tercera edad a supermercados, farmacias, restaurantes y bancos.
Su misiva resonó y el Consejo Estatal de Salud permitió en ciertos horarios la movilidad a adultos mayores.

Valora los momentos
Silvana Sánchez
Madre de familia
La dinámica de la familia Treviño Sánchez cambió drásticamente, desde el equipamiento tecnológico y la adaptación de espacios para que los tres hijos recibieran sus clases en línea, hasta una convivencia que los ha estresado por momentos, pero que en mayor medida les ha permitido disfrutar y valorar las cosas que daban por hecho.
“Íbamos a hacer una salita de tele, pero ahí tuvimos que poner escritorios y pedir prestadas laptops porque sólo teníamos una computadora. El internet no nos daba, las clases se congelaban, los niños se desesperaban y en su momento lloraban”, cuenta Silvana Sánchez.
Ella está casada con Alejandro Treviño y es mamá de Alexa, de 13 años, quien estudia primero de secundaria; de Aylen, de 11, que va en quinto grado de primaria, y de André, de 8, que cursa el segundo grado.
Silvana dice que tuvieron que contratar internet con mayor capacidad, comprar laptop, iPad, impresora e instalar celdas solares para ahorrar energía eléctrica porque el gasto se disparó.
Y es que antes de la contingencia sanitaria casi no estaban en casa. Su esposo se iba al trabajo y ella, por los niños al colegio. Luego, se multiplicaba para llevarlos a sus clases extracurriculares: Aylen, en patinaje; André, futbol, y Alexa, baile.
Como no les alcanzaba el tiempo para regresar a su domicilio entre esos traslados, comían en la escuela o en casa de su mamá, o se turnaba con sus amigas para hacer las vueltas.
Silvana comparte que, al principio, los chicos se sentían como en vacaciones y estaban contentos.
“Pero ha ido pasando el tiempo y todos esos pequeños momentos que los veíamos seguros, ahora los añoran, desde ir en el carro a la escuela, poder tener partidos de soccer, poder tener reuniones con amigos”.
Alejandro Garza