Ricardo Orozco Castellanos

Creo que fue a la propia Martha Lilia Sandoval, autora de Los tiempos del caracol (IMAC, 2002), a quien le escuché decir que, en su caso, la poesía lírica es una “vocación tardía”. Entiendo lo que quiso decir, pero discrepo. Quizá lo que llegó tarde, y eso según se vea -porque de acuerdo con la sentencia bíblica, para cada cosa hay un tiempo-; lo que simplemente llegó ahora para Martha Lilia, fue la posibilidad de publicar un libro de poemas. Pero, seguramente, la vocación hacia la poesía ha estado siempre in pectore, es decir en el corazón de la autora. La visión poética del mundo se tiene o no se tiene; estoy convencido de que, desde niña, Martha Lilia percibía la realidad con esa absoluta transparencia y pureza que da la palabra poética.

Lo primigenio y lo tardío no son sino los extremos de un aro: se tocan, se unen, se confunden. La visión madura de la vida suele ser una forma de deslumbramiento al revés, tan parecida a la visión infantil que cuesta trabajo diferenciarlas. En todo caso, la serenidad, que suele afirmarse conlleva la visión desde la vejez, se puede ver como la contraparte de la inquietud avasalladora que experimenta el niño al descubrir el mundo y particularmente el mundo escrito, cuando el velo que cubre la realidad se desvanece ante el imperioso aprendizaje de las palabras escritas. Revelación o epifanía, vocablos tan a menudo ligados a la experiencia poética, son también términos asociados al descubrimiento intuitivo de la secreta armonía del cosmos, que se presenta en apariencia como un caos a los ojos infantiles pero también para aquellos adultos empecinados en no perder su capacidad de asombro.

Con asombro ante la revelación de lo íntimo y de lo ínfimo, Sandoval nos lleva en este poemario a un recorrido emocional, ancho y profundo, por los valles de la vida, un sobrevuelo nocturno hacia los rincones más escondidos del alma. No en balde los primeros poemas se llaman “Busco” y “Viaje nocturno”. Y después de una declaración de fe denominada “Fragmentos luminosos”, aparece, como no podía ser de otro modo, el objeto de la búsqueda, el principio y el fin del viaje: la poesía (“Sobre la poesía”, se llama el texto). No sabes si es principio o es fin / ni qué combinaciones de palabras / te sugiere el roce / del viento -o del ángel- / que cruza por la sala. (p. 18) La poesía radica en la búsqueda, no en la meta, por eso no importa si es el principio o es el fin. La poesía no aspira a encontrar respuestas, se conforma con la interrogación; es más, la poesía es, como dijera el poeta de poetas de nuestra lengua, Rubén Darío, “el cuello del gran cisne blanco que me interroga”.

Se nos han ido cayendo las máscaras más íntimas, asegura la autora (p. 26), atribuyendo el hecho al desencanto de la vejez. Parecería un lamento por el tiempo perdido. No sería novedoso como tema literario. Entre los billones de poemas que la humanidad ha producido, quizá la mayor parte se refiera al sentido de pérdida, a esa nostalgia del paraíso que parece la marca de fuego de todos los creadores. Lo que llama la atención en este libro es el modo como las palabras van modelando la reacción dolorida ante lo inevitable: ese viaje al fondo de la noche que es toda vida pero también toda versión poética de la vida. Un vislumbre de eternidad (el roce de las alas de un ángel) y al mismo tiempo la constatación de que todo se desvanece en el tiempo, todo marcha a su disolución irrevocable: son los dos ángeles que conviven en el poema; sin ellos, nos dice la poeta, “no hubiera podido escribir nada”.

Muchos son los hallazgos que el lector despacioso puede ir aquilatando en este libro, cernido con la morosidad de quien va a amasar el mejor pan; entre otros aciertos, una sabia combinación de asuntos de la memoria (que es la materia prima del poeta) con los pasajes contemplativos, lo que da por resultado estrofas con calidad de haikú. Por otro lado, los motivos familiares cristalizados en las personas más cercanas y queridas: la abuela, el padre, el hermano, los nietos, el compañero de vida, se mezclan sutilmente con referencias literarias, no por conocidas y canónicas menos eficaces para lograr el efecto preciso que busca la autora: el David de Miguel Ángel, la Praga de Kafka, la bíblica Lot, las figuras clásicas de Ariadna, Perséfone, Ícaro, Pandora, Ulises y Penélope (o su correlato moderno Molly Bloom). Contextos locales muy concretos (calles, barrios, personajes de ésta su ciudad) se combinan con los territorios en que habita la poesía, esos lugares hechos de tiempo.

Este lento desgranar de temas que una y otra vez regresan al espacio de la intimidad, de la soledad en que todo creador se debate frente al misterio insondable: la laguna Estigia de la muerte y su contraparte, el río heracliteano de la vida, nos acerca al modelo de péndulo que ha escogido Martha Lilia para balancear -tic tac, tic tac- esta colección tan equilibrada de textos.

Para descubrir los resortes secretos de este libro tan perfectamente engranado como un reloj habrá que fijarse en dos coordenadas: por una parte, la intimidad se pone al descubierto, pero luego se repliega en el pudor y la ternura. Y por otro lado, la memoria que es telón de fondo, escenario en que se mueven las sombras, una suerte de teatrino por lo reducido. A Martha Lilia, como educadora y como abuela, no le es ajena esta comparación. Hay libros de gran escenario en que se libra una batalla épica y las voces sobresalen como en la ópera. Y hay libros íntimos cuyo latido acompasado discurre en sordina, como música de cámara, como un lied, en escenario mínimo, el teatrino humilde del cuarto de los niños. Pero no hay menos mérito en un modelo que en el otro, porque igualmente ambos requieren una poderosa voluntad de estilo. El estilo escogido por Sandoval es el de la florista que recorta al máximo las arborescencias para que luzca la flor encendida del poema.

  Ida Vitale, poeta mayor de las letras iberoamericanas, Premio Cervantes 2018, cuyo resplandor se trasluce en el poemario que comentamos, advirtió en “Accidentes nocturnos”: Juega a acertar las sílabas precisas / que suenen como notas, como gloria, / que acepte ella para que te acunen, / y suplan los destrozos de los días (Poesía reunida, 2017, p. 19). Se refiere a las palabras como música, como acordes para acunar el sueño de los hombres. Yo diría como puntadas de las agujas de tejer con que esta Penélope de hoy (de siempre), no importa si se llama Ida o Martha, sigue enhebrando los hilos del tiempo, la estela del caracol que se alarga: hilo de oro en el atardecer de nuestras vidas.

Hay muchas metáforas afortunadas a lo largo de estas páginas cuyo brillo opalescente se disfruta como un crepúsculo en alta mar, o como algo muy luminoso que se pierde, según reza el verso de Manuel Gutiérrez Nájera al final de un poema imprescindible. Para Sandoval, la poesía (y tal vez la vida misma) es el escarabajo de oro / de la tarde (p. 25). Y con esa contundente metáfora me quedo como lector, embelesado, para disfrutar una y otra vez con la magnífica sobriedad de la poesía de Martha Lilia, que no aspira a otra cosa que a ser poesía de verdad. Pero no menos. (Texto leído durante la presentación del poemario en la 55 Feria del Libro del ICA, el 28 de septiembre de este año.)