Luis Muñoz Fernández

Me asombra leer lo siguiente: “desde finales del siglo XIX se han ido recuperando cientos de breves textos milenarios rescatados en los vertederos de Oxirrinco o El Fayum [Egipto], a menudo desincrustados de los cartonajes [envoltorios] de momias modestas cuyos familiares, que no podían permitirse el lujo de los linos, habían reciclado rollos de papiro que contenían, entre otras cosas, viejas canciones dialectales de poetas del Egeo”.

Ese párrafo pertenece a la presentación de un libro sobre la poetisa griega Safo, cuya vida desconocemos casi por completo y de cuya obra apenas se conserva un 10%. Es el caso de numerosos autores de la antigüedad, de los que sabemos muy poco o nada, cuyos escritos han sido engullidos por el torbellino del tiempo.

Dependemos de algo tan poco atractivo como los rollos de papiro reutilizados para envolver momias de poca monta. Es lo único que nos queda para conocer y disfrutar lo que escribieron antiguos poetas y narradores. De aquellos faros que iluminaron su mundo, hoy sólo quedan escasas luces que vemos parpadear en medio de todo aquello que fue arrojado al basurero de la historia. Sin embargo, cada nuevo hallazgo es motivo de sorpresa y reverencia.

Me pregunto cuánto de todo lo que escribieron los antiguos no llegaremos a conocer. Seguramente es mucho, lo que nos impedirá disfrutar una herencia que sin duda nos pertenece. A pesar de eso, cada descubrimiento, por pequeño que sea, emite una luz tan potente que nos revela un nuevo universo o enriquece el que ya habitamos.

Los estudiosos del pasado, no importa cuán remoto, no descansan nunca. Con gran minuciosidad y paciencia rescatan del vertedero todo aquello que promete. No importa que haya servido para amortajar un cadáver. Es como si los arqueólogos del futuro buscasen en viejos basureros restos de periódicos, libros y revistas, menos perecederos que nuestros actuales archivos electrónicos, para darse con su lectura una idea de cómo fue el mundo en el que vivimos hoy.

Ese afán de remover la basura, de buscar en los restos desechados de la actividad humana, me es familiar. Quienes nos dedicamos a la patología sabemos que custodiamos en nuestros archivos de tejidos humanos innumerables tesoros embebidos en la parafina que los conserva. Las técnicas que utilizamos son como las piquetas y azadas del arqueólogo. Con ellas sacamos a la luz los secretos ocultos de las enfermedades, los textos escritos en el lenguaje químico de las células.

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