Quisiera hacer una reflexión seria y plantear el tema con la máxima responsabilidad de la que soy capaz, pero también con la frialdad suficiente para aclarar el contexto de los suicidios. Yo misma he sopesado el tema como una alternativa, siempre he declarado que no me voy a quedar a pagar los platos rotos cuando mi vida ya no tenga más salida. Estamos en una época muy tanática y hablar del suicidio es de alguna forma una invitación al mismo, por lo que quisiera ser muy cuidadosa.

Hay una epidemia de suicidios en el mundo y hay un dato que me preocupa mucho, el suicidio representa la segunda causa de muerte en México de jóvenes de entre 15 y 24 años, no miento, las estadísticas del Instituto Nacional de Estadística y Geografía lo reportan; la primera causa son los accidentes de tránsito provocados por el alcoholismo; y una causa que se ubica entre la primera y la segunda, y a veces se pasa a la tercera, es el homicidio. Los factores de muerte en jóvenes son: los accidentes por alcoholismo, la violencia, el homicidio y el suicidio. Aunque los que se mueren estrellándose por borracheras fallecen igual que el suicida, no es lo mismo no tenerle aprecio a la vida para cuidarla que tomar la decisión de matarse, hay una diferencia importante, porque una cosa es morir por voluntad y otra morir porque somos mortales.

Lo relevante del suicidio es que introduce ante un desenlace natural el factor de la voluntad. Vale la pena analizar qué tan real es ese margen de voluntad porque en una de esas, los jóvenes que se suicidan no lo hacen voluntariamente. Estamos en un mundo y sobretodo en un país que no ofrece muchas ni muy halagadoras posibilidades, que a veces los jóvenes se suicidan empujados por una desesperanza, pero una desesperanza diferente a la de un adulto mayor que le aqueja una enfermedad, en el primer caso el suicidio se relaciona con la circunstancia injusta y en el segundo caso con una circunstancia marcada mortalmente por la cronicidad de su enfermedad, ambos casos podrían juzgarse que no valen la pena vivirse, aunque la decisión del adulto mayor me parece incuestionable, la del joven suicida no me parece tan razonable, quiero decir que la del adulto mayor es una decisión ante el destino y la del joven un acto que él ejecuta, pero quien incide en cometerlo tal vez sea la sociedad, que lo ha convertido en un verdugo de sí mismo: la falta de oportunidades, el panorama desarrapado que tienen los jóvenes por delante hacen que no le encuentren sentido a la vida.

Tener a la vista al suicidio durante varios años de mi trayectoria laboral, me ha significado una experiencia extraña que en momentos me parece apasionante, y a ratos me estremece. He escuchado que el suicidio se trata de una respuesta a una situación de desdicha, pero que no es la solución. ¿Por qué el suicidio?, se cuestionan, mientras que fuera de toda lógica podríamos cuestionarnos ¿y por qué no?, si de la desdicha se obtienen fuerzas para vivir o para morir. “…la vida acontece sólo una vez y por eso nunca podremos averiguar cuáles de nuestras decisiones fueron correctas y cuáles fueron incorrectas”. (Milán Kundera en La insoportable levedad del ser).

Hasta aquí mi reflexión responsable porque no me parecen suicidas los que engruesan las estadísticas del suicidio juvenil, me parece simplemente la muestra de lo mal que lo hemos hechos entre todos, de esta sociedad que no le da opciones a nadie. Para atenuar un poco la responsabilidad de lo que digo, que es altísima porque considero que todos somos culpables, volvámoslo mal de muchos, pues en todo el mundo, en todas las latitudes, los jóvenes se están suicidando. No es que lo que diga sea irresponsable, conste, sencillamente se trata de otra cosa, se trata de pensar y escudriñar, buscar abrirse paso para entender y aclarar hasta dónde este tema se ha comprendido, ya que los suicidios ameritan corresponsabilidad social.

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