Moshé Leher

Aquí, puede verse, se celebra poco la fiesta de la Epifanía, o la de los Reyes Magos, que ni eran reyes, aunque según Mateo sí eran magos, y venían de Oriente, donde según la tradición había hombres barbados y negros, y no asiáticos, como podríamos suponer; otro apunte sobre los dichosos sabios orientales: otra vez según Mateo, son los responsables de ir con el chisme a Herodes del nacimiento de Jesús, lo que causó la famosa y lamentable escabechina de recién nacidos, perpetrada para que se cumpliera una profecía del Libro de Raquel y, mucho tiempo después, para que los más simples hagan bromas de mal gusto.

Pero no es de eso de lo que quiero hablar, sino de la hórrida manera en que el Zarévich se enteró, hace muchos años (cualquier delito debe estar prescrito), de que Santa, el Niño Jesús y hasta los mentados Reyes, eran su padre, quien le procuraba los juguetes, por lo menos hasta que me convertí al judaísmo y de paso me ahorré cualquier regalo navideño: a él y a todo el mundo. No por avaro, sino por cuestiones de obediencia religiosa.

Recibía yo, siempre en la primera quincena de diciembre uno de los mentados globos de Cantoya (aunque en realidad el nombre viene de aquel don Joaquín de la Cantolla y Rico, de los tiempos de Maximiliano de Austria), que un amigo mandaba junto a una invitación a una fiesta pre navideña.

Ahora que reparo, hace mucho que ya no recibo, ni el globo, ni la invitación; será que suspendió el gesto, o, lo más probable, que ya no me tenga entre sus amigos e invitados. Una pena.

En fin que el Zarévich, quien acaba de pasar aquí un par de semanas, recordaba hace unos días la mala manera en que se enteró de que todo eso de los seres imaginarios que vienen a traer regalos era una patraña, un cuento que involucró, a saber: una carta dirigida, creo que, a Santa; el mentado globo de Cantoya; un pequeño incendio doméstico; un incendio más grave en un lote baldío lleno de yerba seca; una explosión; y un apagón en decenas de manzanas.

Habrán pasado, de eso, unos catorce o quince años. Decidí, junto con un padrino del escuincle, entonces crédulo, que sería bueno hacer volar el globo y de ese modo enviar, si no al cielo, sí a una considerable altura, la carta en un atadillo.

No sé si ustedes han prendido uno de esos globos. Según las instrucciones se pone un poco de material inflamable en una estopa de una pequeña canastilla, se extiende el papel, se enciende la estopa y a volar, así de fácil; quien escribió las instrucciones era un bromista degenerado o un pirómano.

Imagínense ustedes el rostro de un niño de seis años al ver que junto con el globo, que apenas se elevó medio metro, se incendiaba la canastilla, el cordel y su carta navideña.

Peor fue cuando, en un segundo intento y en un baldío, una segunda carta tuvo que ser apagada con un extintor, el del auto, cuando las llamas en el pastizal seco comenzaban a extenderse; el acabose fue cuando un tercer globo, este de helio, comprado de urgencia, fue a dar a un transformador en un poste, causando un apagón en toda la colonia.

Ahora le da risa, según él, pero seguro esas impresiones le dejaron profundas cicatrices en su psique; aquella Navidad se la pasó con una mirada siniestra, poco común a un niño de tan corta edad.

Quienes le conocen saben que es serio, circunspecto, ecuánime, poco dado a la maledicencia y menos a perder los estribos; pues luego de la explosión y a media luz, intentamos, su padrino y yo, que escribiera una cuarta carta, para irnos a un cerro y allí, con otro globo y sin obstáculos, lanzar la dichosa petitoria a volar.

Apretó los pequeños puños y dijo: tú, tú, el tal Santa, el Niño Jesús, los Reyes y la Navidad ya pueden ir mucho a…

¡Sabbat Shalom!

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