Luis Muñoz Fernández

Al que abraza utopías, sobre todo si ya no tiene la edad en la que esas aspiraciones se admiten como naturales, se le tacha de iluso, tonto e incluso de sujeto peligroso por cuanto pudiese contagiar ideas heréticas y desestabilizadoras a los demás. En el mejor de los casos, y con esa condescendencia de quienes lo tienen todo claro y han dejado atrás cualquier atisbo de duda, se le llama ingenuo.

Creo que, sin pretenderlo, sus inquisidores han dado con una palabra muy afortunada, porque, según Josep Maria Esquirol, “el significado elemental de la palabra ingenuidad es justo éste: ‘in-genuidad’, ‘cerca del génesis’… Entiéndase bien: no se trata de reivindicar una presumible mirada infantil, virgen, aún no adulterada, sino del afán por observar bien la base, el suelo, el fundamento. La ingenuidad reivindicada no coincide ni con la banalidad, ni con la pureza angelical. Mirada filosófica, mirada atenta y mirada ingenua devienen sinónimos”.

En una entrevista a Eduardo Galeano le preguntaron si en este mundo había espacio para la utopía. Su respuesta, con la honestidad de aclarar que no era idea suya, sino del cineasta Fernando Birri, fue más o menos la siguiente: “La utopía siempre está en el horizonte y nos impulsa a dirigirnos hacia ella, pero es inalcanzable. Cada vez que damos dos pasos para llegar a ella, se aleja otros dos pasos más… Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Justo para eso, para caminar”.

En la actualidad, cuando solamente el dato duro parece tener valor y vivimos sometidos a una realidad impuesta –“las cosas son así y ni modo”–, recurrir a la utopía parece ser una absoluta pérdida de tiempo. “Con esas ideas no vas a llegar a ninguna parte”, es la advertencia que se le hace al disidente.

Lo que no se comprende es que haya seres humanos, los verdaderos ingenuos, cuya mirada no está puesta en lo evidente, sino en lo que hay detrás, en la base, en el origen profundo de los problemas complejos. Deberíamos poner más atención a esos que, por ir a la raíz de los asuntos, los llamamos radicales.

Sin dejar de buscar las soluciones prácticas e inmediatas, cuyo valor y urgente necesidad son indiscutibles, no nos precipitemos condenando a los soñadores. Conservémoslos a nuestro lado, porque lo que hoy nos parecen solamente sus quimeras, tal vez mañana sean los hilos que, entrelazados con los hechos tangibles, formen la urdimbre de una realidad nueva.

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