Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Hacen bien las autoridades educativas (junto con las de salud) en establecer protocolos o medidas para el regreso seguro a las clases presenciales en las escuelas. Por ejemplo, sólo regresar a las clases presenciales cuando el semáforo epidemiológico esté en verde, vacunar a los maestros con el fin de que no se contagien de coronavirus y que los padres de familia voluntariamente acepten la asistencia de sus hijos a la escuela. Por otra parte, también se establece integrar Comités de Participación Social Escolar, los cuales apoyarán en las medidas de higiene en las escuelas; poner en marcha filtros de corresponsabilidad en la casa, la escuela y en el salón de clases; contar con jabón y agua para lavarse las manos y así evitar contagios; usar, obligatoriamente, el cubre bocas; mantener la sana distancia; maximizar el uso de espacios abiertos en las actividades escolares; evitar ceremonias, eventos y reuniones; y en caso de contagios, la escuela o las escuelas serán cerradas, por lo menos, durante 15 días. Entre otras, estas son las medidas más mencionadas.

Todos esos protocolos están muy bien, pero, y ¿qué planes o proyectos educativos se tienen para desarrollarlos una vez que regresemos a las clases presenciales?, ¿qué medidas se han formulado o se están diseñando para elevar la calidad de la educación?, ¿qué ideas se tienen para recuperar los aprendizajes no logrados durante Aprende en casa?, ¿cómo atender la diversidad de los alumnos en sus avances académicos?, ¿qué hacer para recuperar a los que abandonaron la escuela?, ¿cómo instrumentar una escuela post pandemia que responda a los retos actuales y del futuro?, ¿en qué y cómo apoyar a los maestros para que su enseñanza sea congruente con esa escuela nueva? Hasta hoy, sólo hemos escuchado sobre protocolos para el regreso a las clases presenciales; pero no hemos escuchado cómo y con qué dar un renovado y fuerte impulso a la educación que se ha deteriorado en los últimos meses. Las medidas han quedado, únicamente, en lo administrativo, en lo burocrático, en la supuesta organización para el regreso a las escuelas; no obstante, algo no se previó o algo no se hizo bien toda vez que Campeche y Nayarit tuvieron que volver a cerrar las escuelas por los contagios. Esperamos que en otros estados no suceda lo mismo.

Y que conste, no estamos diciendo que los protocolos no sirven; claro que son de gran utilidad, sobre todo cuando se apliquen con estricto sentido de responsabilidad. Lo que intentamos decir es que los protocolos apenas son condiciones e insuficientes para elevar, en automático, la calidad de la educación que tanto necesitamos. Para ello, se requiere un plan bien estructurado que dé respuestas certeras a un diagnóstico real sobre la situación que guarda la educación hasta hoy.

Pero, ante la opacidad de la máxima autoridad educativa no se espera rectoría para mejorar la educación en el país; y que, una vez más, se dejará en manos de los maestros para que en forma individual hagan lo que puedan. En tal virtud, sugerimos a los maestros de todos los niveles, de todos los grados y de todas las asignaturas, que por lo menos sujetemos nuestro proceso educacional al desarrollo de habilidades para la solución de problemas de la vida cotidiana y al perfil de egreso de los alumnos que desde años pasados orienta nuestro trabajo. Debemos enseñar Matemáticas, Lectura, Ciencias, Geografía, Historia, Formación Cívica, Artes o Tecnologías, con el propósito de formar ciudadanos de conformidad al espíritu del Artículo Tercero Constitucional y de la Ley General de Educación; espíritu y leyes que, en gran medida, sustentan el perfil de egreso de los estudiantes. Hagamos esto, mientras los tiempos administrativos cambian y haya alguien interesado en darle un nuevo impulso a la educación mexicana.