RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

En los muchos años que tengo de escribir acerca de la política en México he podido hacer análisis de los diferentes sexenios presidenciales. Cada uno con diferente estilo y manera de gobernar, así como de conformar sus respectivos gabinetes. Y era muy interesante desde la manera en que se develaba el nombre del candidato a la presidencia por el partido hegemónico que durante 71 años fue el amo y señor de la nación y que durante todos esos años ocupó la presidencia de la república: el PRI. Cuando se fundó dicho partido su nombre era Partido Nacional Revolucionario -PNR-. En el año 1938 cambió el nombre por el de Partido de la Revolución Mexicana -PRM-. Y en el año de 1946 cambió a Partido Revolucionario Institucional -PRI-, nombre que ostenta hasta el día de hoy. El PRI no soltó la presidencia de la República hasta el año 2000 en que el candidato panista Vicente Fox cumplió su promesa de sacar al PRI de Los Pinos. El PRI  hasta antes de Fox había logrado tener 12 presidentes de la República uno tras otro. La característica de los gobiernos priistas fue que con el paso del tiempo y en la medida que sentían seguras las victorias electorales por la enorme clientela electoral que gracias a los programas sociales controlaban , sus presidentes, funcionarios públicos así como sus representantes populares perdieron piso y pensando que el pueblo seguiría aguantando callado, transformaron sus periodos sexenales en fabricas de ricos, la corrupción se enseñoreó por todo el país y el lema de campaña de López Portillo: “La solución somos todos” la cambió la picaresca mexicana por: “La corrupción somos todos”. Esto nos demostraba cómo la población estaba ya acostumbrada a vivir en un país de corruptelas y por ello en lugar de manifestarse con toda la fuerza que le daba la mala calidad de vida, mejor optaban por aceptar su condición de pueblo tercermundista y hacer mofa de su pobreza, de su desgracia de ser gobernados por corruptos que cada seis años daba tremendas comaladas de nuevos ricos.

La llegada de Vicente Fox al poder tenía ilusionada a una gran de la población; había fe en el político guanajuatense gracias a su lengua larga que vomitaba consignas contra el partido tricolor, sus presidentes y políticas gubernamentales. A ello se agregaba la estampa de Fox, tipo alto, de bigote, con botas y de voz potente, echado para adelante. Eso generaba la idea de un tipo que iba decidido a hacer historia principalmente por dos cosas: Por haber vencido al partido que se había vuelto sempiterno en el poder y por, ya en su periodo sexenal, realizar un buen gobierno. El acendrado catolicismo de Fox daba una absoluta confianza de que sería un sexenio cuyo signo sería la honradez. Fue todo lo contrario. Fox no combatió  ni procedió contra la corrupción de sus antecesores. Más bien solapó a sus hijastros en sus corruptelas. Ya en el poder se olvidó de sus amigos y de quienes lo llevaron al poder, por ejemplo con algunos de los integrantes de su grupo “Amigos de Fox”. La influencia más negativa de su sexenio fue su esposa Marta Sahagún, que antes de casarse con él había sido su jefa de prensa; ella influyó en muchas de las decisiones presidenciales. Su gobierno pasó con más pena que gloria. Lastimoso ha sido ver cómo en la actualidad Vicente Fox se alquila para hacer felicitaciones y cantar las mañanitas vía WhatsApp por 250 dólares. En eso acabó quien había logrado la hazaña más importante, políticamente hablando, de vencer al partido aplanadora.

Felipe Calderón se caracterizó por su carácter explosivo, de mecha corta y por su alcoholismo. Su obra más importante, que no la más acertada, fue haber sacado al ejército de los cuarteles para combatir a los diferentes cárteles, a los narcotraficantes y a quienes integraban el crimen organizado. Su guerra contra el narcotráfico no resultó y su sexenio se convirtió en un sexenio sangriento con 121 mil 35 muertes violentas. Y salió de la presidencia de la República igual que como llegó: vergonzosamente. Y fue tan desleal al partido que lo llevó al poder que prefirió entregar la banda presidencial de nueva cuenta al PRI que a la candidata de su partido, Josefina Vázquez Mota. El candidato de Calderón era Ernesto Cordero y le dolió muchísimo que Josefina le haya ganado la candidatura, sin embargo al ganar Vázquez Mota selló su destino, pues Calderón no iba a permitir que triunfara, inclinándose así por Peña Nieto, quien a cambio le garantizó impunidad, como al final de cuentas sucedió. Hoy Calderón está quedando como el marido engañado luego de que se detuvo a quien fue el secretario de seguridad Genaro García Luna, quien de acuerdo a información proveniente de las autoridades estadounidenses, estaba metido hasta el cuello en asuntos del narcotráfico. Eso convierte al sexenio de Calderón en un sexenio cuya constante fue la de un sexenio sangriento y corrupto.

Peña Nieto recobró el poder para su partido en el 2012. Peña lo único que tenía era carisma, pues no se le conocían aptitudes política relevantes. Su pertenencia al Grupo Atlacomulco le aseguró una participación vigorosa de políticos de largo colmillo que unidos lo llevaron al poder. ¡El PRI volvía por sus fueros! Entre una parte la población así como de la militancia los partidos de oposición había duda de la honestidad de Peña. Sin embargo la duda se despejó a partir de que se descubrió la famosa “Casa Blanca”, residencia de costo multimillonario comprada de manera poco transparente. El manejo de la información de Peña y su entonces esposa respecto a la adquisición de la casa, Angélica Rivera, fue muy mal manejada. Les salió peor el remedio que la enfermedad y de ahí pa’l real, los manejos poco claros del mandato de Peña fueron la constante. La corrupción volvía a enseñorearse como en los viejos tiempos. Hoy la lumbre les está llegando a los aparejos a algunos de los que ocuparon las principales secretarías gubernamentales, pero luego del manejo que le está dando el actual gobierno al asunto de Emilio Lozoya hace presentir que todo quedará tan solo en amagos.

Al final de su sexenio Peña Nieto, sabedor de que había un sinfín de malos y multimillonarios manejos, optó por entregar a López Obrador el poder, poniendo un candidato priista a la presidencia que no tenía la mínima posibilidad de ganar: José Antonio Meade. Vergonzoso y hasta deshonroso fue observar cómo López Obrador comenzó a operar como si fuera el presidente en funciones casi al otro día de que triunfó en la elección. El “Peje” no guardó el mínimo respeto a quien todavía era el presidente llegando al punto de que semanas antes de tomar posesión, en una reunión en Palacio Nacional, al pie de una escalinata, junto con quienes integrarían su gabinete y Enrique Peña y los integrantes de su gabinete en pleno, Andrés Manuel actuó ya como presidente y con actitud soberbia anunció, en la cara de Peña Nieto, que la Reforma Educativa que tanto trabajo le costó a Enrique Peña que le aprobaran, se iba a echar para abajo. Sin duda fue un acto de altanería. Quienes observaron esta escena no imaginaron que esa altanería sería a partir de ese día la constante en el gobierno de lo que más tarde sería bautizada como la 4T.

Continuará…