Moshé Leher

Uso el título de un tango y, en mi cabeza, una imagen impresa en blanco y negro.

Me viene a la cabeza que, de vez en vez, se publicaban en los viejos diarios, cuando en este mundo algo se leía, de esas fotos de las reuniones de egresados: los egresados de la generación 56-57 de… Aquí un título insigne de una institución educativa, digamos el desaparecido Instituto de Ciencias, celebraron los tantos años de que se graduaron de bachilleres.

Allí un insigne notario, una célebre matrona de una dinastía de prósperos comerciantes, un abogado de regular reputación y gran fortuna, un ex diputado, la dueña de un exitoso negocio, todos tíos, padres, hermanos mayores de… Hacía uno cuentas, si egresaron tal año, promediando los 18, y han pasado cuarenta años, entonces estos señores de traje y corbata, y esas señoras de altos chongos tienen la friolera de…

Si me salen las cuentas yo la última vez que estuve en una reunión de mi generación de preparatoria, fue hace unos doce años; de hecho era la segunda vez, y yo suponía que la última, que yo asistía a tales ejercicios de, no sé, masoquismo, de trasnochada nostalgia, de vanos ejercicios para suponer que algo nos quedará de esa juventud más remota.

Ni siquiera estaba en el grupo de conversación de mi generación de bachilleres, pero hace unas semanas, por un tema que no viene a cuento, yo mismo pedí que me incluyeran de nuevo, luego de muchos años de haber optado por salirme; a los pocos días comenzaron las sugerencias de organizar una reunión y de allí hasta la reunión del sábado pasado.

Alguien ofreció una casa campestre, otro se apuntó para preparar la comida, alguna más para garantizar que hubiera de beber… No sé bien la causa, pero al final fui uno de la cuarentena de las y los que confirmamos la asistencia.

En la víspera, cuando reparé que la reunión comenzaba justo a la hora de la final de la Champions League, me llamó un querido amigo que, capitalino él, llegaba esa tarde a no sé qué compromiso familiar, con el que quedé de vernos para ver el partido; total, a las cuatro que terminara él se iría a sus asuntos y yo a la comida, que como dije se realizó en una finca campestre no muy lejos de donde termina la ciudad, por el ignoto oriente.

El juego, como sabrán los aficionados a esto de las patadas, comenzó media hora tarde por unos incidentes en los alrededores del estadio, en París, así que eran ya casi las cinco cuando salí para allá, para circular por una ciudad caótica, vías dizque rápidas llenas de baches, obras de reparación y hasta la construcción de un nuevo puente aéreo.

Me dejan en esa zona un día ya de noche y no me entero siquiera de que estoy en Aguascalientes.

Comían ya cuando llegué y muchos me dijeron que ya suponía que, fiel a mi costumbre, no aparecería por allí.

Éramos, decía, cuarenta del centenar de los que egresamos. No voy a abundar en el ejercicio ese desolador de verse en ese espejo de cabezas calvas, barrigas abultadas, canas abundantes, espaldas ya dobladas por los años; las había y los había que, en general, conservan algunos rasgos de la juventud, pero había un par de entre nosotros que han envejecido mal (a saber cómo me vieron a mí, con esta cabeza blanca y despeinada).

Veintitantos años de casados de promedio, dos o tres hijos, abogados, economistas, expertas en robótica, algún divorcio (en mi caso dos), algunos nietos ya, algún caso de viudez: la vida que pasa, que es un lugar común pero la verdad.

Salimos de la preparatoria, y con eso lo digo todo, hace 38 años.

Nadn kenen eltern guebn, ober nit kein mazl.

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