Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Nada como el fin del mundo como lo conocemos para que se apuntale como analogía de la disfuncionalidad familiar y, en el caso de esta producción animada de la Sony para Netflix, resarce en una inteligente, por demás colorida y muy emotiva película que maneja su historia con sapiencia y respeto a la materia gris, algo complicado, si hablamos de una cinta que maneja terminología e ideología millenial para sustentar varias porciones del discurso, en contrapunto al de la Generación X, pues este trabajo, elucubrado por el mismo equipo creativo de la excelente “Spider-Man: Un Nuevo Universo”, va más allá de la estridente e hilarante odisea de una familia disfuncional por sobrevivir la revuelta de las máquinas en la Tierra que aparenta, ya que su fondo es sobre unidad, integración y empatía por las necesidades de otros. Lo interesante es que aplica la estructura del Inspector Cluseau en los filmes clásicos de la “Pantera Rosa” sobre la inversión de mecanismos en el manejo de dificultades insuperables, pues el Armagedón solo podrá superarse mediante los rasgos de imperfección humanos que, para la amenaza robótica que sugiere el título, son consideradas aberraciones. Pero es la extrema “torpeza” de la humanidad la que trae consigo su salvación, y ahí estriba el meollo de la cinta, ya que, lejos de promulgar la búsqueda del perfeccionamiento, basta con aceptarse y aceptarnos como somos, tesis valiosa en la era del empecinamiento por la depuración cultural que se vive a través de redes sociales y WhatsApp.

Los Mitchells son una familia que se ama, pero con relatos existenciales individuales que provocan jocosos roces, sobre todo entre Rick, el padre que dedica su vida al cuidado de su familia, pero bajo ciertos rasgos impositivos, y su hija mayor Katie, cuyo sueño es estudiar cine en la Universidad de California. Ella es un espíritu libre y creativo, lo que choca con la rigidez perceptual de su progenitor, no así con su madre Linda, todo un ejemplo de diplomacia y entereza que busca siempre enmendar los estropicios emocionales que dejan su esposo e hija cada vez que discuten (y algunos físicos, como una laptop averiada accidentalmente en una acalorada discusión entre Rick y Katie) y su hermano menor Aaron, un fanático de los dinosaurios con quien tiene un gran apego. Y claro, la mascota familiar, un perro pug con ojos encontrados, incapaz de acatar algo, pero que será clave en el desarrollo de la historia.

El punto nodal es la partida de Katie, quien ha sido aceptada en la Universidad. Su padre es incapaz de percibir una vida alejado de ella, por lo que decide que el traslado de su hogar a California sea en familia, activando las fórmula del roadmovie clásico con el fin narrativo de que los personajes, mediante el confinamiento en automóvil y realizando actividades que emocionan a Rick, quien (es un amante de la naturaleza, por lo que emprende paseos en burro por laderas, paradas en miradores, campamentos, etc.). Lo anterior, sin embargo, provoca que él y Katie logren un punto de contacto. No obstante, a muchos kilómetros de distancia, el creador de una app inteligente llamada PAL (algo así como una SIRI súper evolucionada) está por demostrar su nueva invención: robots con inteligencia artificial capaces de realizar todo tipo de tareas y programados, según él, para que, jamás, pero jamás, se vuelvan malos. Por supuesto, lo hacen, y ahora los Mitchells, quienes logran escabullirse de las máquinas a la mitad de su viaje, deberán detenerlos, siendo los únicos humanos libres, pues el plan de los autómatas y su misterioso líder es apresar a todo ser de carne y hueso para enviarlo al espacio y hacer del mundo un lugar mejor.

La quinesia con que se relata esta historia puede ser abrumadora, pero todo cuadra, desde las elecciones estéticas, por hacer de esta película un video gigante de TikTok con todo y sus filtros, hasta la plural paleta cromática que semeja una sesión demencial en YouTube de casi dos horas. Y esto es porque el guion trabaja todos sus componentes dramáticos para que el filme no sea solamente un escaparate de parafernalia visual, sino que obedece a elementos precisos de la narrativa que construye: una que atiende las motivaciones y procesos emocionales de los personajes para que éstos evolucionen y prosperen. Son varios los detalles al respecto que funcionan, como la dedicación que se le brinda a la brecha generacional entre Rick y Katie, que sólo puede resolverse mediante la decodificación de uno al otro (se dice fácil, pero cualquiera que sea padre o madre entenderá la complejidad de esto) o la rica dinámica entre todos ellos, siendo aquí los vigorosos y sensibles diálogos el elemento clave. Son muchas las películas animadas que abordan la disfuncionalidad intrafamiliar, pero “Los Mitchells vs. Las Máquinas” logra refrescar su estructura básica para consolidarse como una de las mejores cintas animadas de este año.

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