17 de agosto de 2017: El odio no prosperará. Barcelona sempre és bona!!!

Luis Muñoz Fernández

(Un catalán de Aguascalientes)

… la crítica es cada vez más consciente de que Aristóteles y la escuela aristotélica no sólo incurrieron en la malinterpretación de los postulados básicos del pensamiento presocrático, sino que también abusaron, de manera sistemática, del malentendido y la tergiversación para silenciar así las aportaciones de sus predecesores. En otras palabras, Aristóteles y Teofrasto no resultan ser en absoluto guías infalibles para nuestra interpretación de los presocráticos. De hecho, cuanto más nos remontamos a las corrientes de la “tradición antigua”, con mayor nitidez advertimos su parcialidad, prejuicios y su más absoluta mala voluntad.

Peter Kingsley.Filosofía antigua, misterios y magia. Empédocles y la tradición pitagórica, 1995.

Por lo menos son dos las concepciones erróneas sobre la Antigua Grecia. La primera ya la esbozamos en la primera parte de este escrito y la seguiremos desarrollando más adelante. La segunda es la idea del llamado “milagro griego”, que se refiere a que el desarrollo de la cultura griega clásica (siglos V y IV a.C.) fue un fenómeno aislado y, hasta cierto punto, inexplicable. Como dice Edith Hamilton (El camino de los griegos. Turner-FCE, 2002): “Más bien, hoy es moda hablar del milagro griego y considerar el radiante florecimiento del genio griego como si no tuviese raíces que pudiéramos explicar”.

Esa idea ha alimentado el mito de Oriente y Occidente como mundos no sólo aislados, sino mutuamente excluyentes. Nada más falso. Esa comunicación no sólo existió, sino fue más que fluida. Al hablar de los foceos, un pueblo griego que vivió en el Asia Menor (hoy Turquía) durante los siglos VII y VI a.C., Peter Kingsley nos señala (En los oscuros lugares del saber. Atalanta, 2006): “Se hicieron famosos por avanzar, desde su lugar de origen, hacia el oeste e ir más lejos de donde la mayoría de los griegos creía posible que llegaran los seres humanos. Según cuentan antiguas tradiciones, fueron los primeros en ir de manera habitual más allá de Gibraltar y adentrarse en el Atlántico […] Y fueron los foceos los colonos que navegaron hacia el sur por la costa oeste de África y, hacia el norte, en dirección a Francia e Inglaterra, Escocia y más allá. Y también por el este. La situación de Focea era privilegiada, cerca del extremo occidental de la ruta de las grandes caravanas que se extendía a lo largo de miles de kilómetros; partía del Mediterráneo, cruzaba Anatolia y Siria y alcanzaba el Golfo Pérsico […] Por esa ruta, llegaron al mundo occidental influencias orientales, tanto a la religión como al arte…”. Esas influencias fueron determinantes para el desarrollo de la Grecia Clásica y, por consecuencia, de nuestra propia cultura.

Nadie es dueño de toda la verdad, ni de la verdad absoluta. Ninguna filosofía, ninguna religión lo es. Por eso mismo, el concepto de “religión verdadera” nos debe poner en alerta, pues muchos han sido los episodios sangrientos que ha provocado su imposición. Tal parece que la verdad está dispersa, fragmentada, y que lo que único a lo que puede aspirar un ser humano consciente es, si acaso, a recoger algunos de esos fragmentos en el curso de su vida.

Al exponer lo que parece una acción deliberada para marginar y silenciar la vida y obra de una serie de filósofos de la Antigua Grecia y de quienes siguieron sus ideas y formas de vida durante los siglos posteriores en diversas partes del mundo, se pretende únicamente enriquecer nuestra visión de la filosofía con una mayor diversidad de escuelas de pensamiento, ofreciendo una gama más amplia de caminos hacia la vida buena, incluso virtuosa.

No se trata de tomar partido entre materialistas y hedonistas por un lado, e idealistas por el otro, sino de dar a aquellos su justo lugar, debridando la escoria que se les ha adjudicado de manera injusta, aclarar en lo posible el verdadero significado de sus ideas y ampliar el abanico de posibilidades que nos ofrece la que hasta ahora sigue siendo la tendencia filosófica predominante y más conocida. De ahí que la Contra historia de la filosofía, esa obra de Michel Onfray que alcanza ya los nueve volúmenes en francés (sólo cinco han sido traducidos al español hasta hoy) se haya convertido en una referencia para divulgar la vida y obra de esos pensadores singulares y aventurar incluso ciertas hipótesis sobre los alcances y significados de sus ideas. Eso es justamente lo que hace Onfray al referirse a Aristipo de Cirene (435-350 a. C.):

Ni monje benedictino, ni libertino depravado, sino filósofo radiante y solar, que equivale a decir hombre libre, capaz de gozar un momento feliz si no hay que pagarlo con un futuro displacer. […] En consecuencia, el placer al que aspira Aristipo es un placer querido, deseado, escogido, dominado, producido en atención a sí mismo. No desborda aquello que le da existencia ni lo arrastra lejos de sí, lo deja dentro de los límites de su ser, que jamás abandona su morada. El verdadero goce no consiste en ser consumido ni abrasado por los placeres, sino calentado por ellos. El desenfreno coporal y la orgía en que se diluyen la conciencia y la razón y se pierde el cuerpo, no tienen más interés para Aristipo que para Platón. El hedonista no se priva del instrumento que le permite la construcción de su placer, que no es otro que la conciencia, clara y lúcida, vigilante y en su lugar, siempre activa, perfecta y eficaz.

¡Qué lejos y cuán por encima quedan estas palabras de la definición de hedonismo que nos suelen transmitir en las clases de filosofía del bachillerato o en la universidad!

Una de las grandes dificultades para conocer y comprender a los materialistas y a los hedonistas radica en lo poco que se conserva de su obra escrita. El hedonista más famoso es, sin duda, Epicuro (c. 341-270 a. C.), que fundó una escuela en Atenas conocida como el Jardín, ya que sus  discípulos reunían en el jardín de la casa del maestro. Diógenes Laercio cuenta que los escritos conservados en la escuela ocupaban más de trescientos rollos de papiro.

De todo lo que escribió Epicuro sólo nos quedan tres cartas dirigidas a sus amigos y algunos fragmentos más. Nos dice Mireia Movellán (Sobre la inscripción y su descubrimiento. En: El sabio camino hacia la felicidad. Diógenes de Enoanda y el gran mural epicúreo. Ariel, 2016): “Epicuro no llegó a imaginar que sus enseñanzas perdurarían hasta la actualidad gracias a un largo poema escrito por Lucrecio en hexámetros latinos, el De rerum natura. Tampoco que la erupción del Vesubio que destruyó Pompeya y Herculano en el año 79 de nuestra era conservaría carbonizada una biblioteca en donde se almacenaban copias de sus escritos que poco a poco vamos descubriendo”.

Curioso es que Diógenes de Enoanda, un epicúreo del siglo II d. C., mandase construir un muro en su ciudad natal, ubicada en lo que hoy es Turquía (¡Turquía, siempre Turquía!). El muro medía noventa metros de largo por unos tres de alto. A manera de un anuncio espectacular, allí mandó grabar varias citas de la filosofía epicúrea. El muro fue destruido varias décadas después de su construcción y el esfuerzo del viejo epicúreo de Diógenes de Enoanda permaneció olvidado mil setecientos años. Sus ruinas fueron redescubiertas y estudiadas a partir de 1889 y se ha podido rescatar buena parte de lo que en ellas había sido grabado.

Regresemos para despedirnos a Epicuro, de cuyos escritos originales conservamos una mínima parte. No por escasa, deja de ser preciosa. He aquí una pequeña muestra:

La felicidad y la dicha no la proporcionan ni la cantidad de riquezas ni la dignidad de nuestras ocupaciones ni ciertos cargos y poderes, sino la ausencia de sufrimiento, la mansedumbre de nuestras pasiones y la disposición del alma al delimitar lo que es por naturaleza.

Téngase presente sólo el cuadrifármaco: Dios no se ha de temer; la muerte es insensible; el bien es fácil de procurar; el mal, fácil de soportar.

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