Cuando me bajé de la bicicleta, contrariado, me dije que este asunto sería engorroso y que mejor me armaba de paciencia. Me puse una sudadera encima, me subí al auto y me dirigí al lugar de los hechos.

Fue una llamada inesperada, como suele suceder en estas circunstancias; lo inusual del día y la hora –domingo, 11 y pocos minutos de la mañana–, me hizo presentir que no se trataba de nada agradable: hace mucho tiempo que no recibo, salvo cuando llama mi hijo, un telefonema que signifique una buena noticia.

Resumo: habían robado en una finca que tengo en venta allá por mi barrio de la infancia y que desde hace tiempo se ha vuelto un dolor de cabeza: agentes inmobiliarios, constructores abusivos, tiburones que andan buscando gangas, por no hablar de prediales, mantenimiento, el pago de la luz, el agua… hasta una plaga de bichos, recién exterminados.

Por no sé qué afortunada circunstancia, el ladrón había sido atrapado con las manos en los tanques: los tanques de gas que fue lo único que se pudo robar, pues era lo único que quedaba dentro (si hubiera más cosas de valor, yo mismo las hubiera vendido, hace tiempo).

Había que ir al lugar donde esperaba media docena de patrullas, acudir a una Agencia del Ministerio Público y luego meterse en el laberinto de la justicia, como si en lugar del agraviado, yo fuera el culpable de alguna situación kafkiana; por eso en el camino me debatía entre volverme a casa y dejar que soltaran al caco, o apechugar, que fue lo que finalmente hice.

Contra lo que yo mismo suponía, el asunto me provocó más contrariedad que enojo, y sin haberlo siquiera visto me compadecí del fallido ladrón (latrocida como ratero, sólo existe en portugués, lo que es una lástima), pues se había metido a robar a una casa vacía y eso había llevado a su captura.

Baste decir que su magro botín consistió en dos cilindros de gas y la instalación de cobre, unas escaleras desvencijadas, unas tijeras de podar de medio siglo de antigüedad y alguna cosa más.

Cuando llegué, le tenían en la parte trasera de una de las patrullas, y no me dio ninguna curiosidad siquiera de verle el rostro; más tarde, ya en la Fiscalía, nos cruzamos al ingresar, sin que yo supiera que se trataba de mi agraviante, lo que supe poco después, cuando me llamó el agente del MP y pasé junto a él, que estaba esposado a un barandal.

Supongo que fueron pocas las tres horas que tuve que esperar para ratificar mi denuncia, y debo decir que, yo que soy ajeno del todo a ese mundo de abogados, agentes empistolados, secretarios, juzgadores, fiscales, etcétera, el trato que recibí de policías y funcionarios ministeriales fue correcto, lo mismo que al señor caco, al que salvo el hecho de estar esposado, trataron con absoluto respeto (yo escuché el interrogatorio, mientras esperaba en una sala, un piso más abajo).

El asunto no da para más, y no voy a abundar en la monserga que significa ser robado y tener que atender peritos, agentes y llegar al extremo de molestar a terceros que puedan acreditar que esos tanques de gas son de mi propiedad, como lo son las macetas de mi casa y los tenis que traigo puestos.

Quiero decir, en cambio, que cuando me crucé con aquel desgraciado –literalmente, no pretendo ofenderlo–, sentí más que rabia o ganas de que se pudra en una mazmorra, una profunda pena; no es que yo esté en mi mejor situación de vida, pero mucho y muy mal deben andar las cosas para tener que acabar de ratero, en el entendido de que el señor no es un atracador, ni un plagiario y mucho menos un capo de la droga.

Si ratifiqué la denuncia fue por un sentido de obligación, por atender a los que me dijeron que, desafortunadamente, ese pobre hombre no sabe hacer otra cosa que robar y poca cosa más, y en el entendido de que tampoco lo van a mandar al paredón por dos tanques de gas –y suponiendo que muy pronto, una desgracia, el tipo volverá a las andadas.

¡Abur!

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