Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

En años pasados, cuando era apabullante el sindicalismo en el campo laboral educativo, se dieron casos extremadamente preocupantes, excesivos, que demeritaron la imagen de la educación y de los propios trabajadores. Como uno de tantos ejemplos, se cita el siguiente caso: El secretario general -en turno- del sindicato, pidió al titular del Instituto de Educación que le diera una plaza de intendencia a uno de sus sobrinos que no había podido conseguir trabajo debido a que tan solo había terminado la secundaria. El titular del Instituto dispuso que se otorgara plaza de intendente al recomendado, lo que estaba dentro de la ley.

A petición del tío, al sobrino se le dio orden para trabajar  en la Normal Superior, aun cuando su plaza, de origen, pertenecía al techo financiero de primarias, por lo que una escuela primaria se quedó sin intendente; el aseo y la jardinería de esa escuela serían atendidos por los niños, lo que importaba era quedar bien con el secretario general. En los primeros días, el nuevo intendente se presentó a trabajar regularmente, pero meses después empezó a faltar de manera recurrente, y no se le podía llamar la atención porque por su influencia era intocable. Al año siguiente de asignársele la plaza, el intendente asistió a un curso-taller de cuarenta horas, para ello le fue concedido permiso con goce de sueldo. Ya con el derecho de dos años de servicio como intendente, con la constancia del curso y con el poder que irradiaba su persona, al tercer año, le dieron la plaza de INVESTIGADOR TITULAR C, que para quienes conocen el sistema de Normales, es el nombramiento académico de más alto grado y de mayor percepción económica. En condiciones normales, la titularidad C se adquiere con mucha preparación, con gran experiencia pedagógica demostrada y después de 20 años de servicio o más. En el caso en comento influyeron los “dados cargados”.

Con base en el nuevo nombramiento, el director de la Normal le dio horario y grupos a atender al nuevo Investigador. Éste, al recibir las nuevas responsabilidades académicas cambió su rostro en varios colores, temblaban sus manos y atónito se quedó mirando al director; poco después, titubeante y lleno de  confusión, le preguntó al director: “¿Y qué voy hacer en los grupos?”. Hasta entonces, el investigador novel se dio cuenta que tenía que entrar a los salones para atender a alumnos de educación superior, formarlos en la docencia y con el más alto grado de eficiencia; al parecer pues, el personaje en cuestión sólo había pensado en ganar más.

Fue un martirio para él entrar a las aulas; no sabía qué hacer con los estudiantes, no sabía impartir clases, mucho menos sabía cómo llevar a cabo una investigación educativa. Con catedráticos así, ¿cómo se puede esperar una sólida formación de los docentes? Esta persona tenía todo el derecho de ser intendente y también tenía el derecho de ascender académicamente, pero con estudios hasta cubrir el perfil, con una preparación pertinente y respetando las reglas establecidas para acceder a altos grados académicos. Sin embargo, abonando en favor de este intendente y de su tío, se puede decir que ellos ejercieron el derecho de petición; y fue la autoridad educativa la que otorgó plaza y ascensos, cometiendo violaciones a las normas educativas y pasando por encima de los derechos de otros trabajadores.

Este es uno de tantos ejemplos que se pueden comentar, pero hubo muchos otros excesos (¿o aún hay?) tan denigrantes que por su indecencia no se pueden presentar al público; y esos excesos son los que no se quiere que resurjan con la 4T, porque demeritan la educación y demeritan la imagen de los docentes; pero, sobre todo, menoscaban la calidad educativa de  niños, adolescentes y de los jóvenes.