Por: Hugo Morales Lozano

Cuando se diseña una marca, es válido que quien la vaya a usar tenga la libertad de utilizar los colores que quiera, éstos pueden influenciar en su comunicación con su público objetivo, ya sea por el tipo de giro de la empresa y/o por intereses personales. Lo mismo sucede cuando se hace “rebranding», es decir, un rediseño de identidad, parece un proceso fácil pero hay que tener cuidado con sus efectos.

Hace dos años, la cadena de cines “Cinépolis” estrenó una nueva imagen corporativa, apostando por una “C” tipográfica y solitaria, el cual reemplazaba a su famosa estrella hecha con cintas fílmicas en color amarillo. La idea y la estrategia eran buenas, debido a los cambios que han surgido en la industria del cine, sin embargo, a los pocos días de su presentación en internet, tanto su personal como la mayoría de sus instalaciones a nivel nacional seguían utilizando la identidad anterior, y en su momento no sabías si era un cambio definitivo, una campaña publicitaria temporal o un posible hackeo en sus redes sociales.

Hacer rebranding no sólo consiste en hacer un nuevo logotipo, también implica renovar los uniformes de tu personal, hacer ajustes en tu página web y redes sociales, cambiar rótulos, tarjetas de presentación, plantillas… y todos aquellos elementos que permiten identificarte con tus consumidores, es un proceso que no debe tomarse a la ligera, porque implica costos, aún cuando el rediseño te lo haga un conocido.

Todos identificamos a Coca-Cola, pero que pasaría si un día vas a comprar una lata y ves que ahora son de color blanco y su tipografía es la más sencilla que puedas encontrar en tu computadora, digamos un Arial, estoy casi seguro que no la comprarías, te generaría desconfianza si le das un sorbo, la felicidad que te venden desaparecería, algo similar sucedería con tu marca si no estableces un cambio con fundamentos.

Para entender el impacto de los colores, el cerebro humano tiene la capacidad de relacionar inconscientemente cada color por sensaciones y asociaciones mentales, por tal motivo es que el rojo está relacionado con el amor y a la emoción, y en esta última, la felicidad es una de ellas.

Cambiar el nombre de tu marca también es un elemento del rebranding, porque estás renombrando tu identidad, y si las personas te conocen de una manera, hay que mostrarles que hubo un cambio para evitar confusiones, podrían entender que tu negocio se partió en dos marcas, que hay dos marcas trabajando en un mismo lugar o simplemente que tu consumidor piense que llegó al lugar equivocado.

El proceso de educación del consumidor puede llegar a ser lento, como es el caso de BBVA, que en 2020 dejó de llamarse “Bancomer” y, hasta la fecha, la mayoría de los mexicanos la siguen llamando por el otro nombre, y lo curioso es que la misma marca ha dicho en su publicidad que ya puedes decirle “be, be, uve, a”, y las cosas siguen igual. Si aún existen plásticos con la otra identidad, probablemente, el día que éstos expiren (y se renueven, claro), será cuando la gente finalmente pueda pronunciar correctamente el nombre de su banco.

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