Luis Muñoz Fernández

Hoy los avances científicos, impulsados por poderosos intereses económicos, se suceden con tal rapidez que en muchas ocasiones no permiten un análisis sereno y exhaustivo de sus repercusiones y consecuencias a mediano y largo plazo. Y aunque el objetivo de la ciencia es conocer cada vez mejor el mundo que nos rodea para nuestro progreso, lo cierto es que no todo lo que la ciencia nos permite hacer es deseable y bueno. En esa tensión entre los logros científicos y sus consecuencias se encuentra la Bioética, una disciplina joven –tiene apenas unos cincuenta años–, pero que está llamada a jugar un papel relevante de cara al futuro de la humanidad.

Manuel López Baroni, profesor de Filosofía del Derecho y Política de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla y miembro del Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona, señala en su obra reciente Bioética y tecnologías disruptivas (Herder, 2021):

“En los próximos años deberemos tomar algunas de las decisiones más trascendentales de nuestra historia, entre otras la de fijar los límites de la modificación de la línea germinal humana. La opción que adoptemos condicionará nuestro futuro como unidad biológica, lo que a corto plazo repercutirá de forma sustancial e irreversible en nuestras formas de organización social, política, económica o familiar. También tendremos que afrontar decisiones parecidas sobre el resto de los seres vivos, básicamente hasta qué punto convertir nuestro planeta en una unidad antropomorfa y, en su extremo, computacional”.

¿Qué significa todo esto? De entrada, que en los últimos años la ciencia y la tecnología han avanzado de tal modo que ya están dotando al ser humano con capacidades para modificar el curso de su propia evolución biológica y el de las demás criaturas. Y, además, que se está haciendo posible incorporar dispositivos electrónicos al cuerpo humano para aumentar sus alcances naturales, tanto físicos como mentales, todo ello mucho más allá de las prótesis que hoy se utilizan para paliar ciertas discapacidades.

Nos dice López Baroni: “Recién hemos descubierto que se puede modificar la línea germinal humana con relativa sencillez, lo que abre un abanico de posibilidades, desde la curación definitiva de determinadas enfermedades hasta la potencial emergencia de una nueva especie humana, que entrelaza las investigaciones biomédicas y biotecnológicas con los debates tradicionales acerca de la naturaleza humana”.

El otro ejemplo se refiere los avances recientes de la inteligencia artificial, que en sus primeras fases no parecía mostrar dilemas éticos. “Sin embargo, la sospecha de quizá algún día las inteligencias artificiales puedan alcanzar un nivel de desarrollo equiparable al de los miembros de nuestra especie, explica que tanto los investigadores en ese campo –ingenieros, matemáticos e informáticos– como los propios bioeticistas interactúen en estos momentos… Cabe inferir que algún día converjan o se imbriquen las entidades orgánicas y las inorgánicas (por ejemplo, una inteligencia artificial creada con los elementos químicos de los seres vivos) con resultados desasosegantes para cualquiera que se detenga a pensarlo”.

También resulta inquietante el caso de los pequeños fragmentos de cerebro humano (orgánulos cerebrales o minicerebros) que se usan en ciertos laboratorios que llevan a cabo investigaciones en el campo de las neurociencias. ¿En qué momento llegarán estos modelos experimentales a adquirir conciencia y a comunicarse con el exterior? ¿Qué ocurrirá en la vida mental de animales de experimentación como los monos y las ratas cuando se les transfieran dichos orgánulos?

Estos y otros dilemas bioéticos están ya a la vuelta de la esquina.

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