Luis Muñoz Fernández

… pero Avery no era un revolucionario. Era un hombre soltero, bajito, de aspecto monacal, que vivía sólo para su ciencia y para el propósito de su vida, que era encontrar la causa y la curación de la neumonía virulenta. Usaba quevedos, era quisquilloso con sus palabras, incluso cauteloso en sus declaraciones públicas, nunca hizo giras para dar conferencias, no escribió libros y nunca viajó. Jamás firmó como coautor en artículos de investigación en los que no hubiese trabajado personalmente, no patentó su descubrimiento y nunca se hizo rico.

Max Perutz. Cómo se descubrió el secreto de la vida, 1993.

Por primera vez en mi experiencia como profesor universitario, en este semestre que está por concluir terminé las clases programadas y me sobraron tres días que utilicé para agregar un tema que no estaba incluido en el programa de patología, la materia que imparto. Este tema es un conjunto de enfermedades llamadas de manera genérica amiloidosis. Aunque las amiloidosis se deben a diferentes causas, todas tienen en común el depósito anormal de ciertas proteínas que provocan alteraciones en el funcionamiento de los órganos afectados.

Como una curiosa coincidencia, el día que les empecé a exponer el tema me percaté de que se celebraba el 104 aniversario del natalicio de Dorothy Crowfoot Hodgkin (1910-1994), una química británica que determinó la estructura de varias sustancias con importancia biológica y médica como la insulina, utilizando para ello una técnica llamada cristalografía de rayos X. Esa es también una de las técnicas que se ha utilizado para descubrir la naturaleza física de las proteínas que se depositan en las amiloidosis.

Quise recordar algunos datos biográficos de la doctora Hodgkin y aunque existe una biografía sobre ella (Dorothy Hodgkin. A life. Cold Spring Harbor Press, 2000), no me ha sido posible conseguirla todavía, así que tuve que recurrir a otra fuente. Recordé la colección de ensayos titulada “Ojalá y lo hubiese hecho enojar antes” (I wish I’d made you angry earlier. Cold Spring Harbor Press, 2003), escritos por Max Ferdinand Perutz (1914-2002), afamado químico británico de origen austriaco que compartió el Premio Nobel de Química con John Kendrew en 1962, el mismo año que James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins ganaron el de Medicina.

Los ensayos de Perutz son una delicia porque están escritos en un lenguaje accesible y con un estilo ameno que no desmerece el rigor científico de su autor y que trasluce un profundo humanismo. Perutz fue uno de los investigadores más importantes del siglo XX, cuyo trabajo sirvió para dotar de bases sólidas a la biología molecular, una de las disciplinas más importantes y activas de la ciencia actual.

En el prefacio de su colección de ensayos, Perutz señala:

… porque la creatividad en la ciencia, como en las artes, no puede estar organizada, nace espontáneamente del talento individual. Los grandes laboratorios bien dirigidos pueden fomentarla, pero la organización jerárquica, las normas burocráticas inflexibles y las montañas de papelería inútil, pueden destruirla. Los descubrimientos no pueden planearse; brotan, como Puck, en los rincones más inesperados…

… Como los niños que buscan un tesoro, los científicos no saben qué van a encontrar.

 

En el ensayo titulado “Una pasión por los cristales”, Max Perutz hace una reseña de la vida de Dortohy Hodgkin.Y lo que yo percibo al leerlo es la sensación de que la ciencia no es hoy lo que solía ser. Lo mismo percibo al leer otros ensayos de este libro. Por ejemplo, “Como se descubrió el secreto de la vida”, en donde encuentro algunas pinceladas de la vida de Oswald Avery. También en “El Gran Sabio”, un relato biográfico de John Desmond Bernal. Y en otros más, incluso autobiográficos. Las preguntas que me hago tras su lectura son: ¿la investigación científica que con tanta brillantez realizaron aquellos hombres y mujeres fue una búsqueda pura de la verdad? ¿La ciencia de finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX era ajena a los grandes intereses económicos que hoy determinan de una manera muchas veces decisiva el quehacer científico? ¿Debe la investigación científica tener un afán de lucro? Si es así, por lo menos en algunos casos, ¿no existe el riesgo de que la propia investigación científica se desvirtúe?

Si en la actualidad existe una regla con la que se miden los asuntos de este mundo, esa regla se impone desde el ámbito de la economía y las finanzas. Hoy los aspectos económicos ejercen una influencia poderosa y determinante en un sinnúmero de actividades humanas, tanto públicas como privadas, desde la impartición de la educación básica hasta las grandes líneas de la investigación científica, pasando por la industria y la salud pública y tocando, aunque parezca mentira, al mundo de la creatividad y el pensamiento.

Tampoco se puede decir que sea una novedad. Ya lo decía Francisco de Quevedo (1580-1645) hace mucho tiempo:

Madre, yo al oro me humillo,

Él es mi amante y mi amado,

Pues de puro enamorado

Anda continuo amarillo.

Que pues doblón o sencillo

Hace todo cuanto quiero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

Preguntas como las que me planteo no pueden tener respuestas simples e inobjetables. Pecaría de ingenuo si lo creyese así. Debo admitir que estas cuestiones me inquietan, pero no tengo los alcances intelectuales ni la experiencia personal para responderlas de una manera satisfactoria.

En lo personal, me gustaría que la ciencia fuese una empresa altruista, libre de todo interés económico. Puro afán de conocimiento, la búsqueda de la gloria, como aquellas expediciones a los polos o las cacerías de los tigres devoradores de hombres de Kenneth Anderson –La llamada del tigre o La pantera negra de Sivanipalli–, bellamente plasmadas en aquellos libros de la Editorial Juventud que yo leía de niño.

Pero la realidad es otra. La ciencia oscila entre la aspiración pura de descubrir y conocer cada vez mejor la realidad en la que vivimos y las apremiantes necesidades humanas que solamente la ciencia puede satisfacer.

Pensemos en las enfermedades. No bastan los buenos deseos. Se necesita investigación científica cuya puesta en marcha y operación requiere cuantiosos recursos económicos. ¿Se puede? Yo creo que sí, pero se necesita hacer un gran ejercicio de reflexión e imaginación para ir más allá de los paradigmas imperantes. En especial de aquel que reza una y otra vez con el poder de un mantra: “Las necesidades son infinitas, pero ¡ay!, los recursos son siempre finitos”. ¿Lo son en realidad?

Más allá de todas estas dudas y consideraciones, sigue habiendo científicos como los que describe Perutz en su libro. Lo son a pesar de que tienen conocimientos de administración y son hábiles gestores para obtener recursos económicos que les permiten llevar a cabo las investigaciones que tanto les apasionan. Y eso me hace admirarlos todavía más.

No tengo la menor duda que hoy siguen existendo científicos románticos. Yo mismo conozco algunos. Creo que lo mejor será que ellos respondan mis acuciantes preguntas.

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