RODRIGO AVALOS ARIZMENDI

Casi diariamente me comunico con amigos y familiares. El escucharlos es un aliciente a lo que desde marzo estamos viviendo: El confinamiento domiciliario. Y no es solo el confinamiento lo que se padece sino el temor, que cada día crece más, a la enfermedad que nos acecha por todos lados y donde menos lo esperamos. Por eso el platicar con amigos y familiares queridos nos brinda un alivio aunque sea por unas horas, pues luego de un tiempo en la soledad de la habitación regresan los temores y lo que es peor se empieza a veces a sentir una molestia en la garganta o en los ojos y de inmediato la alarma se prende y con ella la pregunta: ¿Ya me habrá dado? ¡Y a sudar frío! Para que más tarde esas sensaciones pasen sin darse uno cuenta. La psicosis se ha comenzado a adueñar de nuestro cerebro originado por el ver tanta información y comentarios ha hecho estragos en nuestras mentes. En la mañana al prender la televisión lo primero que informan los noticieros es sobre la pandemia, sobre el número de muertos de un día anterior lo mismo que el número de nuevos contagios. En los noticieros de la noche.¡igual! Así que se levantó uno escuchando ese tipo de noticias fatales y se acuesta uno viendo ese mismo tipo de notas. Hasta que un día nos decidimos por no ver noticieros ¡de plano! Lo malo estriba en que la programación en la mayoría de los canales no deja de ser la misma: Telenovelas o programas de chismes de la farándula. Una opción un poco mejor es Netflix. Si no fuera por Netflix mi madre y mi mujer no se que hubieran hecho de aburrimiento. En mi caso inicié la pandemia leyendo, y afortunadamente tenía un arsenal de libros que tenía pendientes de leer. Todos muy buenos. Pero luego de mes y medio volví a ver televisión, programas de deportes. Los comentarios acres de un amargado José Ramón Fernández que odia todo lo que huela a Televisa o al América. Yo que soy americanista creo que también soy masoquista pues noche a noche veo su programa. La verdad es que me divierte el odio de Joserra a las águilas y más cuando el América tiene buenas actuaciones y el comentarista de marras de todos modos les atiza fuerte, siempre tiene un pretexto para golpearlos.

En días pasados comentaba con un amigo sobre cómo la pandemia nos ha cambiado la vida. Hoy nos damos cuenta cómo éramos felices cuando gozábamos de una libertad total para ir a donde uno quisiera: Centros comerciales, mercados, tianguis, plazas públicas, cines, salones de fiesta, albercas, etc. O los estudiantes para acudir día a día a sus respectivas escuelas. Ayer veía en los medios de comunicación que los estudiantes universitarios que terminaron su carrera ya no tuvieron las ceremonias y fiestas tan bonitas que preparaban con algunos meses de anticipación, para en compañía de sus padres y seres queridos disfrutar de uno de los momentos más importantes de su vida: Recibir el título que los acredita como profesionistas. En esta ocasión ya no fue así. Los estudiantes tuvieron que acudir a las oficinas de la universidad a recibir de manos de una secretaria el ansiado título universitario. Tan simple como ir a recoger la tarjeta de circulación del automóvil. Qué triste.

Y hago estas reflexiones debido a que el día de ayer, fue día de mi cumpleaños y hacía yo una remembranza un tanto melancólica, pues los últimos 14 años me propuse pasar mi cumpleaños y el de mi mujer fuera de Aguascalientes, en alguna bella ciudad, ya fuera en México o en E.U. Y era muy padre, pues la adrenalina empezaba a circular con más intensidad cuando empezábamos a escoger el destino, posteriormente cuando acudíamos con Raúl Muñoz de León a su agencia de viajes allá en la calle Nieto y ver hoteles, paseos, vuelos, etc. Todo un ritual hecho con anticipación. Y luego el día de partir a festejar un año más de vida. Y en este año eso ya no pudo realizarse, la alegría y emoción de los viajes de cumpleaños por lo pronto quedó entre lo que perdimos este año.

En días pasados mi padre cumplió un año de que partió a la casa del Señor. Y pensé: A mi papá no le tocó vivir esta tremenda experiencia. Mi papá falleció de 82 años, pero no se veía como un hombre tan mayor, no. Caminaba muy bien y tenía una formidable lucidez mental. Un mes antes de que falleciera nos pusimos a jugar dominó él y yo. Mi papá siempre fue muy bueno para el dominó y siempre trataba de ganarle. Pues bien a un mes de que falleciera los dos días que nos pusimos a jugar por la tarde…¡me ganó todas las partidas! Le divertía mucho ver que yo por más que trataba de ganar no podía. A mi viejo lo recuerdo todos los días, su partida me sigue doliendo mucho. En días pasados pensé que de seguro él, en esta etapa de la vida, nos alentaría y con sus comentarios nos quitaría los temores que ahora sentimos ante este enemigo feroz y despiadado. Sin duda que los consejos de los padres nos guían y nos quitan miedos, ellos son el refugio durante las tempestades. Ahora trato de ser eso mismo para mis hijos y nietos. Son los ciclos de la vida.

Hoy solo pido un deseo al Creador: Que nos bendiga y proteja. Sin duda sería el mejor regalo de cumpleaños, como lo son las felicitaciones de amigos muy queridos, a los que les agradezco sus cariñosos comentarios desde muy temprana hora. Eso reconforta mucho porque se renueva el sentido de la amistad. A Araceli, mi mujer, en varias ocasiones luego de alguna hermosa experiencia con algún amigo le he dicho: Más vale tener amigos que tener dinero. Y es verdad, hay cosas que el dinero no puede comprar y la amistad verdadera se entrega sin medida. A mis amigos, que no son pocos, los llevo en mi corazón y los recuerdo con mucho cariño.