Mircea Mazilu

Para comprender por qué los campesinos participaron en la Revolución con el propósito de recuperar sus tierras, es necesario estudiar el proceso mediante el cual éstos perdieron sus posesiones. Desde el inicio de la Conquista, los indígenas, el principal componente campesino en la historia de México, empezaron a ser despojados de sus territorios como consecuencia de la ocupación y apropiación de éstas por parte de los invasores españoles. Sin embargo, fue a lo largo del siglo XIX cuando los autóctonos perdieron prácticamente la totalidad de sus tenencias.

Desde los inicios de la Independencia, los indígenas fueron relegados a una posición marginada en la nueva nación mexicana. Los líderes políticos del nuevo país emancipado, en su mayoría de descendencia española, confirieron a los autóctonos una categoría inferior en la jerarquía social a causa de constituir una unidad culturalmente diferente y aislada de la nacional. Paralelo a ello, los aborígenes vieron cómo gradualmente sus tierras fueron arrebatadas y sus derechos violados.

Desde los primeros pasos del nuevo país naciente, se llevaron a cabo políticas de atracción de población extranjera y colonización de las extensas tierras mexicanas. La primera de ellas fue la Ley General de Colonización de 1824, que pretendió atraer extraños para aumentar la población, laborar los suelos y estimular la economía. Esta campaña supondría el comienzo de una práctica, por parte del gobierno, que se ejerce hasta tiempos actuales: premiar al extranjero y oprimir al autóctono.

Hacia la mitad del siglo, cuando en el país gobernaban los liberales, se promulgaría una ley que supondría el comienzo del fin de la propiedad de los indígenas. Se trata de la Ley de Desamortización de las Fincas Rústicas y Urbanas de las Corporaciones Civiles y Religiosas de México de 1856, mejor conocida como la Ley Lerdo, que despojó a la Iglesia y a muchas comunidades indígenas de sus tierras con el objetivo de sacarlas al mercado para que los compradores las trabajaran y modernizaran en el nuevo contexto de reformas liberales y capitalistas.

Desde tiempos del Virreinato los indígenas vivían en una estructura comunal de tierras y propiedades que pertenecían al conjunto del pueblo y no a cada individuo en parte. La cultura de los indígenas mexicanos siempre se caracterizó por una vida en comunidad de ignorancia hacia las pretensiones del gobierno, de transformar la economía del país en una economía individualista y capitalista, tal como Ricardo Pozas e Isabel H. de Pozas nos lo dicen: la tendencia culturalista en la definición del indio conduce a la concepción comunitaria del mismo en oposición a la individualista.

De esta forma,los campesinos indígenas trabajaban sus tierras de forma comunitaria practicando una agricultura de subsistencia separada del mercado nacional o rentándolas muchas veces a terceros para que éstos las cultivaran y les pagaran por el arrendamiento. La Ley Lerdo tomó por sorpresa a los lugareños ya que sus estructuras comunales fueron consideradas como corporaciones civiles y cayeron víctimas de la política de desamortización obligando a los tenientes a competir con los ricos por la recompra de sus tierras en una disputa que se caracterizó por una diferencia abismal en cuanto al poder adquisitivo se refiere.

Así pues, los años posteriores a 1856 se caracterizaron por la pérdida repentina de las tierras indígenas ante el poder de los terratenientes, burgueses, especuladores u otros ricos. De esta forma, lo que había sido una pretensión del gobierno de transformar a los campesinos indígenas en ciudadanos modernos pertenecientes a una clase media poseedora de tierras individuales e insertada en la economía nacional capitalista, se convirtió en un motivo de pobreza y ruina para los mismos.

Sin embargo, esto fue nada más el comienzo del deterioro de la situación de los campesinos indígenas mexicanos en el siglo XIX. Las leyes que serán decretadas durante los años siguientes, sobre todo en la época dictatorial de Porfirio Díaz, favorecerán todavía más a las clases ricas dando lugar a la consolidación de los latifundios y perjudicarán a los pobres instalando la servidumbre, la penuria y la opresión. Esta monumental polarización entre los elementos sociales se llevará a cabo en un contexto difícil en que las relaciones de clases empeorarán y explotarán en 1910 para librar a los peor posicionados.

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