Jesús Eduardo Martín Jáuregui

(JOSÉ GUADALUPE LÓPEZ CAMPA.- En un hermoso poema llamado Civilización, Don Jaime Torres Bodet dice: “Un hombre muere en mí, siempre que un hombre muere en cualquier lugar…” pero, lo he dicho antes, hay personas que mueren y otras que se nos mueren. Pepe fue toda su vida un hombre de valores, de familia, de fe, de amistad, de buen talante y de trabajo.- Hace algunas décadas vivió en Aguascalientes un sacerdote: Agustín Martínez O.S.A., Pepe le conoció, que vino a dar una sacudida a la fe y a la educación en nuestra tierra. Recuerdo que en una de sus homilías dijo que la vida moderna era tan complicada y nos ponía a prueba tan constantemente que, ser un hombre bueno, casi significaba el ser santo. Sin aureola, sin milagros, sin alardes, Pepe era una buena persona, una extraordinaria persona. Dice Enrique Ponce de León S.J. en un libro que Pepe me regaló: “…La noche había quedado atrás y a cada paso que daba, iba descubriendo que la resurrección era una forma de caminar en la esperanza…” Q.E.P.D.)

El presidente de la República, como todos los presidentes sin excepción, afirma promover y respetar el estado de derecho, sin embargo desde que yo tengo memoria desde López Mateos para acá, ninguno ha atentado tan abiertamente como López Obrador contra el orden jurídico, ni denostado abiertamente a otro poder, el Poder Judicial, ni difamado a los profesionales del Derecho, ni acusado impunemente a jueces y ministros de la Suprema Corte de Justicia, ni manipulado a su presidente y presidente del Consejo de la Judicatura y se ha quedado tan campante, sostenido en una popularidad comprada y seguro de que nadie se atreverá a formular una acusación directa ante los órganos de impartición de justicia, porque, entre otras cosas, no es cierto que desapareció el fuero presidencial y tendría que pasar primero por el filtro del Congreso donde Morena tiene mayoría.

Es cierto que el presidente es un practicante constante y permanente de la mentira, la calumnia, la difamación y la amenaza. Un día sí y otro también desde su trono inalcanzable, salvo para los que burlan los filtros y guardias del Palacio que ya no es nacional, ya es casa de la familia López Obrador, arremete contra todo y contra todos, corrijo, contra todo y contra todos los que critiquen, cuestionen, descalifiquen o se burlen de su persona o su gobierno. En circunstancias normales, es decir, no tratándose de López Obrador, ese comportamiento le habría acarreado a cualquier otro un desgaste en la credibilidad, la confianza y el respeto de la opinión pública, de la opinión publicada ni hablemos, son tan pocos los que leen y menos aún los que comprenden… Indudablemente el presidente es un fenómeno, no solamente un fenómeno político sino ante todo un fenómeno social, al grado de que no obstante sus declaraciones erróneas, infundadas y otras abiertamente mentirosas, el pueblo no para mientes en ello, le justifica y si es necesario le perdona, lo que ha traído un efecto doble: la convicción presidencial de estar siempre en lo correcto y el endurecimiento de sus opiniones que, por lo mismo, son indiscutibles. No hay quien se atreva a cuestionarlo, menos aún en público, porque la repulsa es inmediata y ¡créanme! para un político nada hay peor que caer de la gracia del presidente.

Juzgado por sus resultados, con pandemia y todo, que en buena parte ha sido catastrófica por el pésimo manejo que le ha dado el gobierno, revisar las promesas de campaña con los resultados obtenidos a dos años de gobierno y dos y medio de ejercer autoridad, son verdaderamente desoladores. No hay una área en que las expectativas hayan sido satisfechas, llámesele seguridad, energía, crecimiento económico, educación pública, ya no digamos salud. López Obrador se ha convertido en su peor enemigo. Su proclividad al elogio, partiendo del autoelogio: nosotros no somos corruptos, no mentimos, no robamos, no traicionamos, etc., lo hace sensible, muy sensible, a las zalamerías de sus corifeos, que, viendo claramente la imposibilidad de formular una objeción fundada o una crítica serena, renuncian a ejercer un papel morigerante y terminan por unirse al coro de los elogios para no ser excluidos de la “gracia” presidencial. Como nadie le contradice, el círculo vicioso se agranda y fortalece. Esto no es nuevo, desde el mas pinche presidente municipal hasta el más encumbrado CEO son vulnerables a las palabras dulces, la grandeza de algunos, pienso en Pepe Mújica, pienso en Nelson Mandela, pienso en S.S. Francisco I y, seguramente, muchos más, es haber encontrado la o las fórmulas de mantenerse pegados al piso.

López Obrador se cree lo que dice y se cree lo que le dicen sus favoritos. Una cosa alimenta la otra. La desmesura parece no tener límites. Él mismo se está impidiendo ser el gobernante que siempre quiso ser y que hubiera podido ser.

El affaire con el juez de distrito que otorgó la suspensión para la entrada en vigor de la ley que reforma el sistema de energía en el país, es una muestra más de los extremos a los que se puede llegar en el ejercicio de un poder sin cortapisas. En un estado de derecho, en el estado de derecho del que presumen los políticos y alardeamos los mexicanos, tenemos un instrumento heredado del derecho español: el juicio de amparo, para saber más se puede consultar el magnífico libro de Andrés Lira: El amparo virreinal, instrumento que da al ciudadano (me choca que ahora los jueces se les llene la boca diciendo el gobernado o peor aún el justiciable), la oportunidad de que la justicia federal revise la constitucionalidad de los actos o leyes que puedan afectar sus derechos fundamentales. Desde su gestación como institución de la República Mexicana con Manuel Crescencio Rejón y Mariano Otero, el juicio de amparo ha protegido contra abusos, dislates o simples errores de la autoridad. Algún maestro mío, posiblemente Don Héctor Fix Zamudio, sostenía que el amparo era una oportunidad de reflexión para la autoridad.

La suspensión en el amparo es una medida cautelar para evitar daños de imposible reparación. No es una decisión final ni definitiva, sin embargo el presidente se lanzó en una clarísima difamación contra el juez, puso en duda su probidad y conocimiento y lo que es peor, sin razón alguna solicitó por escrito al Consejo de la Judicatura su investigación en vez de utilizar los recursos legales que la ley de Amparo establece. Amenazas e intimidación que constituyen delitos contra la administración de justicia.

Por el bien de todos, ojalá que se encuentre la manera de que López Obrador deje de ser su propia némesis.

 

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