Lo reciente y lo antiguo

Por J. Jesús López García

Las vanguardias artísticas e intelectuales de inicios del siglo XX, infundidas del aire revolucionario que prometía la filosofía, la política, la ciencia, de una manera tajante en aquellos tiempos sucedidos alrededor de cien años atrás de nuestra época, pretendían igualmente un corte total con lo anterior. Manifiestos, escritos y discusiones se sucedieron sin parar y en medio de ello, la arquitectura también se decantaba por una edificación sin ornamentos, sin una estructura compositiva que aludiese a ese pasado con el que se pretendía romper. Los materiales y las técnicas constructivas de nuevo surgimiento gracias a la revolución tecnológica de la industrialización a partir del siglo XVIII, y sobre todo en el XIX, permitían una construcción asequible para todos, más duradera y más fácil de implementarse que la derivada de los materiales y técnicas tradicionales.

Esa idea de ruptura total fue avalada por los arquitectos más importantes de la primera mitad del siglo XX apoyados por lo aprendido de sus maestros de fines del XIX, pero llevando a cabo lo que creían era una depuración de formas resultado de nuevos planteamientos para la habitabilidad humana a escala territorial, urbana y doméstica. Por ejemplo a ese fin, la Deutscher Werkbund activa sobre todo en las segunda y tercera décadas del siglo pasado y simiente de la Bauhaus, anunciaba el interés de sus actividades como “desde los cojines de los sofás a la construcción de ciudades”, obviamente su enfoque era más empresarial y dedicado a una creciente burguesía de clase media, la Bauhaus tuvo un filo mucho más orientado a la izquierda, pero lo interesante es precisamente el enfoque común hacia el diseño eficiente y cada vez más desapegado de la tradición.

La convicción de que la modernidad era el mejor heraldo del progreso era incuestionable y aquello pre moderno o anti moderno era visto como una tara heredada del pasado que debía erradicarse por completo. El caso es que tras dos guerras mundiales mecanizadas y por ello muy modernas y el consiguiente conflicto bipolar con armas nucleares de por medio en que consistió la Guerra Fría, ese espíritu progresista se atemperó bastante, incluso en algunos de los arquitectos más deterministas en pro de la modernidad. El pasado ya no era tan malo como se había dictaminado, ya había edificios donde lo reciente consideraba lo antiguo como soporte, pero que de alguna manera lo nuevo opacaba totalmente a lo anterior, como la casa que Gerrit Thomas Rietveld (1888-1964) y Truss Schröder (1889-1985) realizaron en la ciudad de Utrecht, en donde lo viejo de las casas adyacentes es totalmente irrelevante.

En otros muchos casos lo viejo es también una vuelta a los orígenes de la arquitectura misma, una exploración en las bondades de las técnicas ancestrales como lo han analizado Bernard Rudofsky (1905-1988) en sus estudios sobre los “constructores prodigiosos” que han poblado el mundo desde el neolítico a la fecha o Johan van Lengen (1930- ) que traduce ello a efectos prácticos en su “Manual del arquitecto descalzo”; lo anterior ante las emergencias climática, económica y urbanística, viene a encajar de una manera muy interesante en el reciclaje, en el reúso y en la restauración de edificios viejos para una nueva vida y esas categorías de intervención se ven cada vez más mezcladas ante la heterogeneidad que va propiciando la cotidianidad contemporánea.

Múltiples son las fincas en donde a causa de una intervención para actualizarlas o simplemente modificarlas para modernizar su esquema o plástica, dejan atrás la propuesta original presentándose muchas veces como un edificio nuevo. En Aguascalientes el Centro Histórico se ha visto revitalizado por el reciclaje, representando ello, una nueva vida arquitectónica.