RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

Que cambio tan drástico dieron nuestras vidas. La de todos los habitantes de la tierra. Bastaron tan solo dos o tres semanas para que a muchos “nos cayera el veinte” de la realidad que se estaba viviendo en el planeta que nos tocó habitar. Para darnos cuenta de la pequeñez que somos ante el universo, el mundo y en este caso ante los diferentes virus que día con día desde los inicios de la humanidad nos han acechado y los cuales a pesar de que el hombre ha ido venciéndolos al descubrir los medicamentos y vacunas que nos protegen inmunizándonos y en consecuencia haciéndonos resistentes a esas amenazas mortales por naturaleza. Por eso mi admiración y reconocimiento a los hombres de ciencia que pasan horas y horas en los laboratorios buscando el antídoto que permita a la humanidad, sin distinción de razas y credos,   protegerse de las bacterias y virus. Para esto es importante conocer la diferencia entre las bacterias y los virus, por ejemplo los virus siempre son perjudiciales para nuestra salud, mientras que las bacterias pueden en un momento dado ser beneficiosas para nuestro organismo. A manera de información rápida le puedo comentar que las bacterias son organismos vivos que tienen una célula, mientras que los virus para mantenerse vivos necesitan de células huésped.

Sin embargo hoy la humanidad se está enfrentando a un enemigo muy potente, que en tan solo unos cuantos meses ha invadido todo el mundo infectando hasta el día de ayer a casi dos millones de personas, habiendo muerto hasta ayer 119,829 y se han curado 441,328. Esta estadística es de gente de más de 180 países. Al escuchar los datos anteriores nos damos cuenta que la pandemia está más latente que nunca en todo el mundo, en algunos países más que en otros, por ejemplo Estados Unidos o gran parte de Europa. Aquí en México lo que nos tiene en extremo preocupados es la falta de equipos de protección tanto para el personal médico –médicos, de enfermería, de mantenimiento, administrativo, etc.- así como para la ciudadanía en general. Hay escases de lo mínimo indispensable, como los cubre bocas, guantes, gel, etc. Inconcebible es el observar en los diferentes noticieros nacionales cómo en los principales hospitales de la Ciudad de México los trabajadores de la salud han hecho paros y manifestaciones reclamando les sea facilitado el equipo necesario para desarrollar su trabajo sin riesgo de contagiarse, como ya les ha sucedido a varios trabajadores de los cuales desafortunadamente ya ha habido defunciones en diferentes estados de la república.

Pero lo que sí no tiene nombre es la insolencia de miles y miles de mexicanos a lo largo y ancho de nuestro país que a pesar de la enorme campaña desplegada por las autoridades sanitarias y gubernamentales invitando a la ciudadanía a permanecer en su casa para de esa manera, en primer lugar, mantenerse seguros contra la pandemia y enseguida para que se desacelere la propagación del coronavirus y poder de esa manera ir bajando la curva de crecimiento de personas infectadas, no acatan la indicación y los vemos realizando sus actividades diarias como si nada estuviera ocurriendo, como si no hubiera un peligro mortal para ellos y sus familias. Con incredulidad observamos como la ignorancia o el valemadrismo se enseñorea en grandes núcleos de población y así vemos en los diferentes medios de comunicación cómo los tianguis y  mercados, por ejemplo, están saturados de ciudadanos que acuden como si nada ¡y lo que es peor! ¡Llevando a sus pequeños hijos con ellos!  La semana pasada que fue Semana Santa pudimos ver en los noticieros televisivos los mercados de las diferentes ciudades cómo la gente acudía en tropel a comprar pescados y mariscos. El mercado de la Viga en la CDMX era un “hervidero” de gente ansiosa por comprar la comida de mar sin importar “pescar” el mortal virus de origen chino. En lo personal se me hizo muy temerario el que esa gente fuera con singular alegría al encuentro con lo que podía ser el final de su permanencia en este mundo. Sin duda el mexicano es un ser que le ha gustado desde siempre jugar con la muerte. Desafiarla y burlarse de ella. No por nada en Aguascalientes hay hasta una Feria de las Calaveras, en donde chicos y grandes se pintan los rostros como calaveras o se ponen máscaras y disfraces de calaveras como tratando de demostrar que la muerte es un paso al que no se le tiene mucho respeto.

Está comprobado, de acuerdo a lo que ha sucedido otros países que la mejor manera de evitar la propagación del coronavirus es disminuyendo la salida de nuestros hogares. Y aquí es en donde viene lo bueno pues todos estamos acostumbrados a realizar casi todas nuestras actividades fuera de casa. El ir a la escuela, la oficina, el supermercado, al doctor, al gimnasio, a la iglesia, a las reuniones sociales, a los restaurantes, a los eventos deportivos, etc. Y de pronto todo eso se acabó. No hay vida después de la casa. Los días pasan con una pachorra desesperante. Las horas se hacen muy largas por la lentitud en que pasan. Llega un momento que no sabe uno qué día y fecha es. Como no se espera el domingo para ir a misa o para ver el futbol o los toros, o alguna fiesta familiar o boda o quince años, etc. pues no está esperando uno cierto día para disfrutar de lo que le gusta el resultado es que no repara uno en que día y que fecha es. Y esto hace que la espera encerrada en la casa sea monótona y desesperante. Yo he extrañado la convivencia con los amigos que cotidianamente nos juntamos a comentar los acontecimientos principalmente políticos, del estado y del país. Ya me empiezan a cansar las voces que mañana a mañana escucho en los noticieros radiofónicos. Creo que cuando pase todo esto no voy a querer oírlos en mucho tiempo. Hoy, desde nuestro enclaustramiento, estamos apreciando la libertad de poder circular a donde queramos. Hoy compadezco a quienes están en la cárcel.. ¡Qué difícil estar encerrados! y más en las condiciones de los presos que no tienen las comodidades que uno tiene en su casa.

Pero algo bueno se saca de todo esto: nuestro planeta se está recomponiendo en varios aspectos, hay menos contaminación, los mares y los ríos se han limpiado mucho y estamos viendo cosas muy bellas como animales que caminan por algunas ciudades en las cuales no hay casi circulación de vehículos o aves, como cóndores que se posan de manera despreocupada en los balcones de los edificios allá en el Perú. Sin duda el coronavirus aparte de muchos muertos nos dejará una lección muy fuerte: Hay que cuidar nuestro planeta so pena de que desaparezca. Lo hemos lastimado mucho sin compasión, por eso el mundo hoy dijo: ¡Ya basta! Hoy valoro más lo que podemos perder, empezando por la salud y los abrazos que no he podido recibir de la gente a quién quiero y aprecio.