Luis Muñoz Fernández

Hoy más que nunca la ciencia en general y la médica en particular descansan en lo cuantificable. La definición misma de la verdad, aunque sea una verdad provisional, es numérica, un dato estadístico. El doctor Leonardo Viniegra lo señala en dos frases: “La ciencia es una religión monoteísta cuyo dios es matemático” y “Los números poseen un poder de persuasión incontrastable y ‘sui generis’: se asumen como realidades o verdades contundentes, difíciles de cuestionar”.

Igual que la ciencia, pero por diferentes motivos, la burocracia en general y la médica en particular medran en la cuantificación. Nada importa más que las cifras contenidas en los informes. Lo que no puede medirse no es relevante. La razón detrás de esta filosofía no es la búsqueda de la verdad como sucede con la ciencia, sino el control. Los administradores aman el control y gobiernan cada vez más nuestras vidas.

Con el imparable empuje de los números, los médicos tenemos un problema. Ciertas facetas del ser humano enfermo, aquellas con las que lidia el arte de la medicina, se resisten a la cuantificación. Eluden las exigencias medidoras de los burócratas que las soslayan, las ignoran, porque son incapaces de constatarlas. El dolor y el sufrimientoson buenos ejemplos.

Manuel Vilas nos dice en su novela “Ordesa” (2018): “Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números claros y no con palabras inciertas. Ojalá hubiera una forma de saber cuánto hemos sufrido, y que el dolor tuviera materia y medición. Todo hombre acaba un día u otro enfrentándose a la ingravidez de su paso por el mundo. Hay seres humanos que pueden soportarlo, yo nunca lo soportaré”.

Y Anne Boyer, en su “Desmorir. Una reflexión sobre la enfermedad en un mundo capitalista” (2019), con un cáncer mamario especialmente agresivo, relata su experiencia con estas palabras: “Luego te hacen la pregunta: ¿Tu dolor en escala del uno al diez? Me esfuerzo por responder, pero la respuesta es siempre anumérica. La sensación es enemiga de cuantificación. No hay todavía ninguna máquina a la que el sistema nervioso pueda enviar sus sensaciones para que las transforme en una medición lo bastante atinada”.

La medición y su expresión numérica son importantes, pero no lo son todo. Al leer todas esas cifras huecas de la productividad de un sistema de salud, me pregunto: ¿dónde quedan la calidad humana y profesional de la atención médica y su impacto en el sufrimiento humano?

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