Por J. Jesús López García

Es viejo el tópico sobre cómo los edificios son en buena medida la cifra de lo mejor que hay en un grupo humano. En cada inmueble existen una multiplicidad de factores, no todos positivos, pero al final, una vez concluido, inicia su periplo hacia el desarrollo de su potencial para representar a la comunidad en la que se levantó.

No toda finca favorable llega a representar a la sociedad y no toda aquella deficiente tiende a quedar en el anonimato. Para ejemplo de la primera, el Portal de Jesús en la antigua Plaza de Armas de nuestra ciudad, fue demolido en 1862 sin ningún miramiento, aunque tenía cierto arraigo entre la población local, pero de él queda solamente la imagen que Carl Nebel captó en sus litografías a su paso por nuestra capital.

Como ejemplo contrario es el Palacio del Parlamento Rumano, el edificio administrativo público más grande del mundo, realizado en un estilo historicista ya muy caduco, incluso en la posmodernidad de los años 80 en que fue construido y que por sus dimensiones no se intentó siquiera demolerlo aunque fuese un reflejo ominoso de la dictadura de Nicolai Ceausescu (1918-1989); el edificio sigue en pie y tiene el reconocimiento además de ser importante por su tamaño, uno de los más deficientes de Rumania.

En Aguascalientes si bien los templos y pocos edificios que sobreviven del virreinato, obras de gran apego para los habitantes de nuestra ciudad como El Encino, Catedral, Guadalupe o el ahora Palacio de Gobierno, son minoría frente a los realizados en la segunda mitad del siglo XIX, y que por sus características propias de construcción y diseño, se adscriben bien a los cánones de la arquitectura tradicional, incluso cuando en inicio trataban de subvertirlos, como es el caso del templo de San Antonio terminado en 1908 y que puede ser considerado uno de los últimos edificios decimonónicos y al mismo tiempo, uno de los primeros del siglo XX.

La segunda  mitad del siglo XIX fue para Aguascalientes el inicio de una etapa de tinte urbana e industrial que ya nos es natural, pero hace ciento cincuenta años era novedosa, apenas se estaba avisando en una ciudad pequeña de raigambre agrícola, tal vez por ello la arquitectura de fines del siglo XIX e inicios del XX, aunque se confunda erróneamente con lo que también se etiqueta como “arquitectura colonial”, es la que más pervive en nuestra memoria como “lo que es muy de Aguascalientes”. Esa arquitectura es la transición de la tradición a la modernidad, el paso de lo agrícola a lo urbano, de la economía primaria a la generada por la industrialización.

Aún se encuentra de pie una gran finca de Refugio Reyes en la calle Morelos frente al lado oriente del Parián, que con sus dos niveles producía ya una modalidad moderna del uso mixto: comercio, servicios y vivienda en el mismo inmueble. Realizado en piedra y matacán, ya se añadían en su estructura elementos de acero, lo que habla también de la formación heterogénea de Reyes quien aprendió el oficio constructivo en obra, a la usanza tradicional, instruyéndose tambien con los rudimentos de las nuevas técnicas y materiales  constructivos, así como aquellas que se estaban suscitando en Estados Unidos y en Europa.

Como toda la obra de Refugio Reyes, este edificio es una pieza bien construida en estilo ecléctico, mezclando elementos de la tradición edilicia local, con otros muchos otros del momento, si bien el inmueble a ojos comunes corresponde aún a la tradición, por lo que se le aprecia como parte de ese Aguascalientes viejo y entrañable, que sin embargo, estaba cambiando en ese momento de manera radical y permanente.

Con el conocimiento de nuestro pasado arquitectónico, se descubre que aquello que parece viejo, realmente es más moderno de lo que sugiere. También que aunque la nuestra sea una ciudad que no está alejada de cumplir medio milenio de existencia, en su esencia es una ciudad moderna.

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