Lo no visto

Por J. Jesús López García

Las fachadas son los elementos que saltan a la memoria al evocar una ciudad o naturalmente, un edificio. Y sino las fachadas, alguna parte que las constituye: el remate en forma de campana de las torres de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, las cubiertas de la Ópera de Sidney en Australia -diseñada por el arquitecto Jørn Utzon (1918-2008)-, los taludes de las pirámides prehispánicas, las arquivoltas y rosetones de las catedrales góticas.

En ocasiones, suntuosos interiores son también parte memorable de los edificios: las escalinatas de la Biblioteca Medicea Laurenziana o del Palacio Madama de Turín, las galerías y salones del Palacio de Versalles, los peristilos de los deambulatorios conventuales. Las fincas son objetos complejos compuestos de una gran cantidad de componentes, algunos de los cuales les proporcionan su imagen particular que con el tiempo van legando una memoria de ellos igualmente característica que en nuestra era se reproduce de manera interminable. Los remates de las torres Chrysler y Empire State de Nueva York son partes características de los dos rascacielos y del perfil de la ciudad; la rampa helicoidal del Museo Guggenheim de Frank lloyd Wright (1867-1959) o las pasarelas transparentes exteriores del Centro Georges Pompidou son también elementos de memoria general, al menos para los arquitectos del mundo.

Pero hay edificios que encierran fragmentos, espacios o elementos poco vistos que también poseen un valor arquitectónico importante, tal es el caso del almacén de libros de la gran Biblioteca Nacional de Francia -también llamada Biblioteca Nacional de París-, cuyo diseño es del arquitecto Henri Labrouste (1801-1875), llevada a cabo en el siglo XIX y que a diferencia de la magnifica y estilizada sala de lectura, es de una racionalidad constructiva y compositiva totalmente moderna y contemporánea -parece ser que no es casual su similitud racional a la Biblioteca José Vasconcelos de la ciudad de México-.

De la misma manera hay tesoros arquitectónicos no vistos en edificios importantes y en inmuebles más modestos, lo cual habla bien de sus creadores, que de esa manera dan cuenta de su buen oficio como arquitectos que no basan la valía de su trabajo solamente en aquello que está destinado a brillar, sino en todos los detalles del proyecto y de la obra constructiva.

No es que en todo edificio que presente estas partes poco vistas o poco atendidas por la observación, se tienda a la “obra de arte total” que buscaban desarrollar los arquitectos y artistas del Art Nouveau, sino que se demuestra que en todos los aspectos que rodean la concepción y fábrica de un edificio hay cabida para el diseño.

Una fachada posterior no es necesario sea producto del azar; por el contrario puede ser expresiva y bien compuesta también, como la que se encuentra ubicada en la avenida Universidad No. 116, que cruza de lado a lado la finca, teniendo una fachada sobre la calle Asia, cuya autoria se debe al arquitecto Humberto Vázquez Ramírez. Es un alzado sobrio, de filiación moderna que en algo recuerda a la arquitectura blanca de Richard Meier (1934- ), con vanos cambiantes de acuerdo al nivel, incluido el del último piso que es una agradable terraza. La calle Asia es estrecha y poco transitada -al menos a pie-, sin embargo ello no es obstáculo para diseñar bien un edificio en su paramento.

Como se ha mencionado en algunas ocasiones, los edificios son objetos complejos y de ahí se deriva la oportunidad de aprovechar esa dificultad para ensayar el diseño en todas sus partes. En estos tiempos de inmediatez y soluciones prototípicas, es bueno recordar a los inmuebles no solamente por sus imágenes más reproducidas, sino por esas partes poco vistas donde se manifiesta el ánimo de ensayar formas nuevas, soluciones arriesgadas o al menos fuera de los cartabones de lo que se repite sin cuestionar.

Al final, todo espacio donde se mueva un ser humano es susceptible de generar una sensación amable o un recuerdo perdurable, por ello evitemos la inmunidad a la fealdad y al desequilibrio pues esas circunstancias que tristemente nos rodean más de lo deseable nos hacen indolentes a nuestro entorno. En la misma escala, las partes poco vistas de los edificios también merecen atención.

En algunas ocasiones no hace falta una remodelación radical para mejorar la imagen de un edificio, basta con cambiar el ángulo en que lo vemos y desde ese aspecto, los rincones o espacios poco visitados de un inmueble pueden ser detonadores de nuevas y mejores maneras de apreciar a los edificios y a la ciudad que los alberga. De esa manera puede encontrarse un nuevo brillo a objetos que habíamos dado por totalmente conocidos sin darnos cuenta que teníamos enfrente un artefacto de un valor que no habíamos reconocido.

Con un poco de atención a las fincas que permanecen ocultas en los conjuntos anodinos, podemos descubrir una serie de obras arquitectónicas que merecen ser admiradas. Aguascalientes se ha conformado a través de las diversas épocas, démonos la oportunidad de conocer aquellos inmuebles de siglos como el XX.

¡Participa con tu opinión!