Luis Muñoz Fernández

Este viernes 28 de agosto de 2020 se cumplieron seis meses de la aparición del primer caso de COVID-19 en nuestro país. Desde el pasado febrero hemos visto, escuchado y leído todo tipo de reflexiones sobre las causas de la pandemia, su posible significado y su todavía incierto desenlace.

Apenas en marzo llegó una recopilación de ensayos de varios autores titulada “Sopa de Wuhan”, de la que ya tratamos en este espacio. Escritores y pensadores han plasmado en libros su visión del apocalipsis. Por citar un par, en marzo se publicó “Tiempos de contagio” de Paolo Giordano, y en mayo “Pandemia. La COVID-19 estremece al mundo” de Slavoj Žižek.

Esta última semana de agosto, mi hermano espiritual Gerónimo Aguayo me obsequió “Capitalismo y pandemia”, otra antología de textos escritos por diferentes ensayistas. Entre ellos me topé con una escritora de nuestro país: la lingüista, activista de los derechos lingüísticos e investigadora del ayuujk, el idioma mixe de comunidades que habitan en el norte de Oaxaca, Yásnaya Elena Aguilar.

Su ensayo se titula “Jëën pä’äm o la enfermedad del fuego” y es una joya. En él nos relata la experiencia del pueblo mixe enfrentando las epidemias que lo asolaron desde el siglo XVI, cuando llegaron los españoles. Por estas enfermedades y las terribles condiciones de vida que les impusieron los conquistadores y sus sucesores, la población mixe tardó más de 500 años en recuperar el número que se estima que tenía en 1519.

Yásnaya cita a su tatarabuelo quien, poco antes de morir, recordó aquella enfermedad con la que titula su escrito y cómo su pueblo supo enfrentarla y sobrevivir. Y aquí viene la perla: la clave para superarla fue privilegiando lo colectivo, comprendiendo que el bienestar individual depende del colectivo. Desde su tatarabuelo, todos sus descendientes, incluyéndola a ella, repiten solemnemente: el bien individual es el bien colectivo.

Conviene recordarlo aquí y ahora en Aguascalientes, cuando los hospitales rebosan de infectados graves conectados a ventiladores ante un personal insuficiente y exhausto. No es otra la causa, sino la falta de conciencia colectiva.

 El cierre obligado de bares y antros (“local de mala reputación”, dice el diccionario, un feo nombre para el lugar al que acuden nuestros hijos) es por el bien colectivo, que es también lo mejor para cada uno de nosotros. Las autoridades pueden y deben tomar medidas excepcionales. Sólo así.

 

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