Luis Muñoz Fernández

Tuvo razón Lewis Thomas al titular uno de sus libros “La especie frágil”, porque eso somos los seres humanos. La nuestra es una condición menesterosa. Por eso los antiguos griegos veneraban a una diosa por encima de todos los moradores del Olimpo. La llamaban Ananké, madre de las Moiras, diosas que hilaban y cortaban las vidas humanas. Ananké es la red cuyos hilos todo lo unen. Se manifestaba en los momentos difíciles, por eso los romanos la llamaron Necessitas, la necesidad. Y esa red que nos liga a los otros nos consuela en medio de la precariedad existencial.

Irene Vallejo recordó nuestra fragilidad hace pocos meses cuando escribió “Cuántas veces, antes de nacer, nuestras vidas estuvieron en peligro. Los zarpazos de la epidemia han amenazado siempre el fino hilo del futuro. En el pueblo de la infancia de mi abuelo, todas las mujeres embarazadas murieron en los años de la letal gripe española, menos su madre, que misteriosamente sobrevivió durante aquellos meses de terror, y pudo dar a luz. Mis padres eran niños cuando la polio se extendió dejando en sus colegios una estela de pupitres vacíos y huecos en las fotos familiares. Una brizna de mala suerte, y todos sus descendientes habríamos quedado borrados. Nosotros, los vivos, somos victorias frente a la fragilidad”.

Hoy, en medio de la pandemia, caemos en la cuenta de que habíamos vivido con una falsa sensación de seguridad. Rendidos incondicionalmente al poder de la tecnología y persiguiendo el espejismo del éxito con sed de Tántalo, rompimos los hilos de Ananké, los vínculos con la naturaleza, y así, ignorantes de nuestra insensatez, nos precipitamos en un vacío sin fondo. Nos dirigimos a una incertidumbre angustiosa y oscura. No sabemos cuándo ni cómo cederá el azote.

Volvamos al libro de Lewis Thomas. Publicado en 1992, dedica un capítulo a la pandemia del sida, una amenaza que había aparecido once años antes. Para entonces ya habíamos olvidado que muchos seres humanos podían morir en poco tiempo por una misma causa. Nos desconcertó que la muerte se volviese tan visible, cuando ya nos habíamos acostumbrado a esconderla en un cenáculo privado, eso que Philippe Ariès denominó “la muerte prohibida”.

Habíamos olvidado que seguimos a merced de las fuerzas de la naturaleza, inesperadas, poderosas e impredecibles, a las que hoy ha despertado el silencioso aleteo de un murciélago.

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