Jesús Eduardo Martín Jáuregui

La renuncia del Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, en un tono cortés y sereno, pero firme y claro, al Partido de la Revolución Democrática que el fundó y del que hasta antier había sido baluarte, no deja de cimbrar el ambiente político, aunque enrarecido, de nuestro México. El Ingeniero da una muestra más de dignidad y congruencia en un medio que lamentablemente se ha caracterizado por lo contrario. Su actitud muestra, para mal, que el PRD no ha logrado superar la prueba en que los recientes acontecimientos del estado de Guerrero lo colocaron. Las decisiones cupulares fueron cuestionadas por el Ing. y la respuesta de la dirigencia, se puede inferir, fue cerrar los posibles canales a una revisión autocrítica que buena falta le haría.

Algunos medios de comunicación señalan que el Ingeniero era el líder moral de su partido, bien a bien no sé qué querrán decir con eso. Recuerdo que la “maestra” Elba Esther era también llamada la “líder moral” del SNTE, lo que por supuesto coloca en serias dudas la pertinencia de la denominación. Digamos que, Cuauhtémoc era un referente indispensable, símbolo indiscutible de vocación republicana que ha sido un factor clave en el proceso democratizador, todavía inconcluso, de nuestro sistema de gobierno, que incluye por supuesto el sistema de partidos.

Los comentarios de los dirigentes del PRD, al menos de los que he tenido conocimiento, tienden a restar importancia a la renuncia, colocándola simplemente en el nivel de una renuncia cualquiera de un militante cualquiera. Ni Cuauhtémoc es o era un militante cualquiera ni su renuncia se puede equiparar a la de cualquier militante de base que por circunstancias diversas decidiera presentar su dimisión. La renuncia del Ing. se presenta en el peor momento para el partido del sol, cuando su credibilidad, su transparencia, sus procedimientos de selección de candidatos, sus nexos con entes delictivos, por citar solo algunos de los cuestionamientos más graves que se han formulado en el pasado recentísimo a un partido que pretendió, en sus inicios, ser una opción frente a los partidos revolucionario institucional y acción nacional, a quienes achacó todos los vicios que actualmente exhibe.

Conocí al Ing. durante su gira en campaña presidencial en su primera candidatura. Entonces los críticos le tildaban de todo. Lo menos que se decía, recuerdo, era que era un júnior mimado, que había crecido a la sombra de su padre y que no movía un dedo sin consultar a su madre, quien era en última instancia el factor que había logrado su gubernatura para Michoacán y cuyas influencias seguían determinando el destino de su hijo. Su campaña entonces, se realizó con muchas limitaciones y con mayores trabas. Los actos de proselitismo eran modestos y sin embargo la respuesta popular era significativamente mayor a la que hubiera de esperarse dada la exigua convocatoria. Dentro de sus actos de campaña hubo un mitin en un restaurante de mariscos propiedad de Ramón Martín por la avenida Ayuntamiento, y un desayuno que le ofreció el Lic. Manuel Moreno Sánchez en su rancho “El Huasteco”, adelante de San Francisco de los Romo, al que asistí con el Dr. Desiderio Macías Silva y con mi compadre Yannis Pilihos Kalieri, quien había conocido a Cuauhtémoc cuando mi compadre estuvo en el Colegio de México.

El desayuno en El Huasteco estuvo concurrido y sabroso. Recuerdo que nos dieron a más de lo esperado, frijolitos, huevitos, chilito, chicharrón, y otras delicias más, amaranto que resultó toda una sorpresa para mi gusto. Luego del ofrecimiento de Moreno Sánchez, que era un hombre de gran personalidad y talento, y que había sido Senador de la República y líder del Senado, además de amigo personal del presidente Adolfo López Mateos, el Ing. Cárdenas agradeció el desayuno y agradeció la presencia de los invitados haciendo una discreta alusión a su campaña y a su proyecto de nación. Fue una sorpresa, el buen gusto de no aprovechar la ocasión para realizar un discurso politiquero, para no convertir el desayuno en un mitin y sí hacer un reconocimiento agradecido. Lo demás quedaba sobreentendido.

Al término del desayuno, tuvimos oportunidad de charlar un rato largo con el Ing. Su ecuanimidad, su mesura, su serenidad, invitaba al intercambio de ideas, pero a nosotros lo que nos interesaba era escucharlo. Nos platicó de las limitaciones y las trabas, de como sus teléfonos se alternaban para no funcionar, de la respuesta nula de los técnicos para las reparaciones, de los contratiempos logísticos, difícilmente achacables todos a la mala suerte, de cómo su equipo tenía que remar contra corriente y de cómo, pese a todo, la campaña cada día repuntaba más y el número de personas que se sumaban con su simpatía y con apoyos concretos era cada vez mayor.

Dijo también, y eso fue toda una revelación: “el descontento que he percibido en el país es mayor al que yo razonablemente podía esperar, y mi reto, el reto actual es poder canalizar ese descontento en nuestro proyecto para un cambio pacífico, porque si no esto estallará y las consecuencias serán impredecibles…”. La visión del Ingeniero no era una visión de político, preocupado por la elección inmediata o la permanencia en la nómina sino, Bismark dixit, la expectativa de un estadista que se planteaba cómo lograr encauzar las inquietudes que podrían convulsionar a un país, que a partir de 1968 sobrevivía en un frágil equilibrio. El análisis del Ing. y su toma de posición ante la cuestión social que percibía me convenció de que en Cuauhtémoc tenía y tiene México un ciudadano comprometido y un político de excepción.

En la elección “salió” triunfador Carlos Salinas de Gortari, aunque nunca sabremos si en realidad la “ganó”. El procedimiento electoral era en ese tiempo tan viciado, tan opaco, tan manoseado, que difícilmente el mismo Gobierno entonces en el poder conoció el resultado real. El trabajo de los llamados mapaches se desarrollaba a todos los niveles y en todas las etapas del proceso electoral. Las chapuzas iban desde las más simples y risibles como adelantar los relojes por parte de los funcionarios de casillas hasta la manipulación de los sistemas cibernéticos de conteo. Las actas de las casillas, los cómputos distritales, el recuento ocasional de los votos, todos, podían ser alterados (los mecanismos de control entonces estaban en ciernes). Formalmente, Cuauhtémoc fue derrotado y quién sabe si el perdedor no haya sido el país. El Ing. apostó a la tranquilidad y a la paz pública y sacrificó su derecho a la protesta.

Su trayectoria, su desarrollo profesional, su desarrollo político, su vida pública y privada, sus intervenciones en la política de su partido y en la política de la república se han caracterizado siempre por el tono mesurado y firme, por la asunción sin concesiones pero sin aspavientos de posiciones de compromiso, por el interés constante en los asuntos nacionales y por la participación activa con una posición de izquierda no beligerante. La decisión de renunciar al PRD no debe haber sido fácil, como en su momento no la fue el renunciar al PRI, seguramente ahora como entonces, su decisión trasciende su persona, golpea fuertemente al partido que lo pierde y evidencia una crisis que no es ajena a la crisis general del país, al que le hacen falta más ciudadanos comprometidos, mesurados pero firmes en un proyecto democratizador y republicano.

bullidero@outlook.com           bullidero.blogspot.com           twitter @jemartinj