Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

(Nota: Esta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

La cinta inicia indicando que en el año 1995 un niño llamado Andy recibió un juguete de su película favorita…y ésta es la película. Con esta nota metadiscursiva se aclara el corte al cordón umbilical que la nueva producción de PIXAR realiza con la saga de “Toy Story” para desarrollar un filme firmemente construido en las bases de la ciencia ficción cinematográfica más conocida (“La Guerra de las Galaxias”, “Viaje a las Estrellas”, “2002: Odisea del Espacio” y “Aliens: El Regreso”, entre otras) de manera completamente autónoma. Lo curioso es que después de verla no logro comprender la fijación de Andy con ella, pues lo que tenemos aquí es el filme más flojo de la compañía en términos narrativos y humorísticos desde “Cars 2” y si bien está cargada de buenas intenciones discursivas éstas no logran concretarse exitosamente por una suerte de pereza argumental que abandona dichas pretensiones que arrancan con lo existencial y emotivo pero disueltos en personajes de apoyo adquiridos en un tianguis de clichés y un protagonista que nomás no encuentra su núcleo dramático.

La premisa en cuanto a cómo identificamos al personaje principal no tiene variantes: Buzz Lightyear es un audaz guardián espacial que forma parte del Comando Estelar y a quien se le encomienda resguardar una nave con cientos de tripulantes. Un infortunio provocado por él los orilla a permanecer varados en un planeta con vastos recursos naturales pero con salvaje fauna y flora, por lo que Buzz decide emprender una serie de vuelos experimentales para recuperar la capacidad de hipervuelo que perdieron en dicho percance con el fin de escapar. El problema es que debido a las leyes de la física cuántica cada vez que él realiza uno de esos viajes su tiempo se ralentiza mientras que para el resto transcurren cuatro años, lo que significa perder gradualmente a quienes conoce incluyendo a su mejor amiga, una afroamericana homosexual llamada Alisha que también forma parte de los Guardianes Espaciales y teniendo como única compañía un gato robot llamado SOX. Cuando al fin logra romper la barrera de velocidad requerida descubre que han pasado más de 20 años y el paneta se encuentra asediado por robots liderados por un déspota mecánico llamado Zurg, a quien se le opone la nieta de Alisha, Izzy, y un par de desadaptados sin experiencia bélica. La nueva misión de Buzz será derrotar a Zurg en compañía de éstos mequetrefes sin habilidades de lucha pero mucho corazón poniendo en entredicho la naturaleza solitaria de Lightyear quien ve que tal vez pueda recuperar algo de su vieja vida.

El plano moral juega un papel preponderante cuando Buzz debe tomar decisiones con respecto al rol que desempeña como líder, sobre sus nuevos compañeros y cómo proceder con respecto a Zurg (cuya verdadera identidad aquí se revela), pero sin la riqueza psicológica de otros trabajos de PIXAR, más bien ceñido a un molde complaciente y predecible que conduce a toda la trama a varios puntos de insatisfacción emocional, pues es fácil adivinar los acordes que componen ésta monótona sinfonía donde Lightyear es más una varita de zahorí para el guion o los caracteres secundarios quienes andan a tientas al localizar su propia identidad que un personaje hecho y derecho, lo que aborta un primer acto muy bien narrado y construido que promete una aventura redonda y sólida. “Lightyear” como película no es tan hábil para darle al blanco como su protagonista a los enemigos con su láser y todo soporte que pudo encontrar en los demás personajes para dimensionar aún más el relato peca de flacidez -salvo SOX, un competente apoyo cómico y emotivo que termina ganando protagonismo al mismo Buzz- dejándonos una desagradable sensación a producto mercantil realizado más para recuperarse de los estragos de la pandemia que como cine, así que nuestra imaginación jamás se ve transportada ni al infinito y por supuesto mucho menos más allá.

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