Luis Muñoz Fernández.

 Mi abuelo era un hombre muy valiente, solo le tenía miedo a los pendejos. Un día le pregunté ¿Por qué? y me dijo: porque son muchos, no hay forma de cubrir semejante frente, por temprano que te levantes, adonde vayas, ya está lleno de pendejos. Y son peligrosos…

 Facundo Cabral. Lo Cortez no quita lo Cabral. Vol. 1,1994.

Se han publicado numerosos estudios en los que se expresa el impacto que tienen en diversos indicadores conductas sociales inapropiadas, como, por ejemplo, la corrupción. Se ha medido la tasa de impunidad de regiones y países que, en el caso del nuestro, alcanza niveles de récord olímpico, superiores al 95%. Pero lo que no se ha medido suficientemente, ni siquiera en términos cualitativos, es el lastre que representa para el progreso moral y material de una sociedad tener todo tipo de mediocres y mezquinos en puestos de decisión, ya sean políticos, administrativos o de cualquier otra índole.

No es que no se haya escrito sobre el fenómeno, que varios autores ya lo han hecho para analizar sus diversas facetas. Ahí están, por citar algunos, El hombre mediocre (1913) de José Ingenieros, Allegro ma non troppo (1988) de Carlo Maria Cipolla, Hacia una teoría general de los hijos de puta. Un acercamiento científico a los orígenes de la maldad (2011) de Marcelino Cereijido, Assholes (Pendejos, 2012) de Aaron James, Trump: ensayo sobre la imbecilidad (2017) del mismo Aaron James, que se ha convertido en una autoridad de los “estudios imbecilológicos” y, finalmente, el Diccionario de la estupidez (2018) de Piergiorgio Odifreddi.

Carlo M. Cipolla analiza en el segundo ensayo de su obra las características de la estupidez humana y describe sus leyes fundamentales. La Primera Ley Fundamental dice así: “Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo”. A la proporción de personas estúpidas en el seno de una población la designa con la letra épsilon (ε) del alfabeto griego. En el capítulo titulado “Estupidez y poder”, señala lo siguiente:

El segundo  factor que determina el potencial de una persona estúpida procede de la posición de poder o de autoridad que ocupa en la sociedad. Entre los burócratas, generales, políticos y jefes de Estado se encuentra el más exquisito porcentaje ε de individuos fundamentalmente estúpidos, cuya capacidad de hacer daño al prójimo ha sido (o es) peligrosamente potenciada por la posición de poder que han ocupado (u ocupan). ¡Ah!, y no nos olvidemos de los prelados.

Indagando la causa del por qué los estúpidos son nefastos, Cipolla concluye que se debe a que a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido:

Una persona inteligente puede entender la lógica de un malvado. Las acciones de un malvado siguen un modelo de racionalidad: racionalidad perversa, si se quiere, pero al fin y al cabo racionalidad […] En definitiva, se pueden prever las acciones de un malvado, sus sucias maniobras y sus deplorables aspiraciones, y muchas veces se pueden preparar las oportunas defensas.

Con una persona estúpida todo esto es absolutamente imposible […] No existe modo alguno racional de prever si, cuándo, cómo y por qué, una criatura estúpida llevará a cabo su ataque. Frente a un individuo estúpido, uno está completamente desarmado.

… el estúpido no sabe que es estúpido. Esto contribuye poderosamente a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora […] Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimientos y sin razón. Estúpidamente.

De lo anterior, deriva la Cuarta Ley Fundamental que reza así: “Las personas no estúpidas subestiman el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un gravísimo error”.

Y la Quinta Ley Fundamental, la más conocida según Cipolla, es la siguiente: “La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe. El estúpido es más peligroso que el malvado”.

Cipolla define al estúpido como aquel que perjudica tanto a los demás como a sí mismo. ¿Existirán personas que por su mediocridad y mezquindad perjudiquen a los demás sin que necesariamente se perjudiquen a sí mismos? Este tipo de sujetos no sólo existe, sino que es particularmente abundante en nuestro medio y tal vez sea responsable en buena parte de nuestro atraso moral y material. Porque, como el mismo Carlo Cipolla reconoce, los malvados puros son muy escasos. El tipo de malvado que más vemos entre nosotros es el que combina su maldad con la estupidez y con una dosis variable de envidia y resentimiento. Es la única clase de sujetos a la que temía el abuelo de Facundo Cabral, un militar muy valiente.

Si consideramos que el tercermundismo es, más que una falta de desarrollo económico, una actitud ante la vida y, sobre todo, una forma de concebir las relaciones sociales que se basa en la mutua desconfianza, entonces estos mediocres y mezquinos con poder de decisión, son su expresión más depurada. Paradójicamente, constituyen una forma refinada de barbarie que seguramente es fruto de la evolución, no solo biológica, sino cultural.

Por todo lo anterior, podemos afirmar que la forma de vida de esta variedad de mediocres y mezquinos constituye una forma de parasitismo. Se aferran a sus cargos y privilegios con la misma tenacidad de la ladilla a los vellos del pubis. Y como esta, ocasionan un prurito insufrible a los ciudadanos de buena fe que se empeñan cada día en acercarse a la realización de sus sueños, en cumplir cabalmente con su deber y en ver cristalizados los ideales y proyectos trascendentes que han mantenido vivos a pesar del paso del tiempo. Son el peor enemigo de quienes desean dejar a las generaciones futuras un mundo menos triste e injusto que el que les tocó vivir.

En este punto resulta oportuno transcribir lo que nos dice Carl Zimmer sobre el origen y la evolución de la palabra parásito en su obra Parasite Rex. Inside the bizarre world of nature’s most dangerous creatures (Parásito Rex. El extraño mundo de las criaturas más peligrosas de la naturaleza. The Free Press, 2000):

La palabra significa literalmente “a un lado de la comida” y los antiguos griegos tenían otra cosa en mente cuando la usaban. Se referían a funcionarios que prestaban sus servicios en los banquetes propios de las fiestas religiosas. Con el paso del tiempo, su significado cambió para señalar a un gorrón que adulaba a un dignatario para conseguir comida gratis o alguna otra prebenda, ofreciéndole a cambio una conversación ingeniosa, llevando sus recados o realizando alguna otra tarea. Así se convirtió en un personaje habitual de las comedias griegas, en cuya representación contaba con su propia máscara.

            Aquí también la palabra prebenda es particularmente afortunada, porque en una de sus acepciones apunta al centro del fenómeno del que estamos escribiendo: “oficio, empleo o ministerio lucrativo y poco trabajoso”. Los parásitos mediocres y mezquinos se incrustan así dentro de la administración pública. Pero no conformes con ello, en cuanta oportunidad se les presenta, obstaculizan, estorban y frustran a quienes trabajan por el bien de la sociedad. Así estamos.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com