Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

¡Uy, que te mato a tus gentes!
¡Uy, que te envuelvo en mi cola!
¡Uy, que les clavo mis dientes
¡Y te vas a quedar sola!

Dialoguito de Mamá Tierra con D. Cometa Halley.
Texto del grabado de Guadalupe Posada

Mientras usted me favorece con su lectura, el cometa Leonard está de regreso hacia el espacio profundo, luego de echarle una ojeada al Sol. Aunque también puede ocurrir que, en la medida en que el astro, nuestro Señor Padre, sopla sobre él, pierda materia, y con ello ponga en riesgo su estructura y se desintegre, o también que se estrelle contra el Sol, o contra algún planeta, la Tierra, por ejemplo…

No será este último caso, pero lo ha sido, y nada indica que no haya posibilidades de que vuelva a ocurrir, cosa que, vaya usted a saber por qué, me provoca una intensa descarga de adrenalina, una emoción casi malsana…

Casualmente hace unos días vi una magnífica película, “No mires arriba”, que según el diario español El Independiente, es “Una sátira a la frivolidad postmodernista y a la muerte cerebral que la política descarga en la ciencia, haciendo referencia a la sociedad actual en la que vivimos, frente a una pandemia inmanejable y un silencioso cambio climático”. Unos científicos descubren un cometa, y a la hora de calcular su órbita resulta que viene hacia nosotros. Cuando intentan alertar al mundo nadie parece comprender lo tremendo; lo definitivo del hecho. La presidente de los Estados Unidos lo desestima ante la proximidad de unas elecciones conflictivas, y un estúpido presentador de televisión pregunta si podría lograrse que cayera en casa de su ex esposa, sin entender que el choque traerá consigo la extinción de la humanidad, incluyendo a su ex esposa, su ex suegra y a él mismo. No mires arriba, es decir, no te dejes engañar por quienes te dicen la verdad…

Otra película sobre el tema que me gusta mucho… Perdón: otra película que me gusta mucho sobre el tema es “Impacto profundo”. El tono dramático está muy bien logrado y la secuencia del aterrizaje en el cometa (si aterrizar se aplica a la Tierra, ¿cómo se dirá la misma acción para un cometa? ¿Cometizaje, cometizar?) para emplazar una serie de explosivos que lo fragmenten, es espléndida, emocionante. También hay que considerar el filme Armagedón, aunque es una vacilada; divertida, pero vacilada.

Finalmente, hay un libro, casi una averiguación policiaca, “El cráter de la muerte”, de Walter Álvarez, una investigación tendiente a ubicar el cráter del asteroide o cometa que provocó la extinción de los dinosaurios, a partir de las evidencias dejadas en diversos estratos rocosos. Por cierto que originalmente el cráter, ubicado entre Yucatán y el Caribe, fue descubierto por técnicos de PEMEX en busca de petróleo. Una de las cosas que más me impresionó es que esta extinción de hace 65 millones de años no ha sido la única, ni la más intensa, sino otras, anteriores a esta. Por cierto que hace unos días vi un meme muy simpático, en el que aparece un tiranosaurio rex ante un árbol de navidad coronado por una estrella con cauda, es decir, un cometa. El reptil observa el objeto con expresión angustiosa.

En rigor los cometas no son excepcionales y no pasa año sin la visita de varios de estos objetos, y si no trascienden de los ámbitos académicos es porque, o pasan muy lejos o su tamaño resulta inapreciable, hasta que llega uno como Leonard que, según escuché, se vio a simple vista hacia fines de diciembre…

El más famoso de ellos es el Halley, esto porque en 1910 pasó tan cerca que muchos asumieron que iba a provocar el fin del mundo. De hecho Guadalupe Posada se hizo eco de este sentimiento, con un grabado, por lo menos. Me acuerdo que cuando vino en 1985 se apareció en la zona suroeste de esta iluminada capital, una buena ubicación para superar la contaminación visual. Lo vi en un par de ocasiones. Me levantaba por ahí de las 3 de la mañana e iba hacia La Cantera. En el libramiento que lleva a la Universidad Tecnológica daba una vuelta en redondo para ver que no hubiera algo que perturbara mi observación, para finalmente estacionarme, bajar del vehículo y contemplar el portento.

En rigor la experiencia fue decepcionante: el cometa apareció en una zona intensamente poblada de estrellas -ahí en las inmediaciones de Escorpión y Sagitario-, lo cual propiciaba que la cauda se confundiera con la nube luminosa de estrellas, aparte de carecer de la majestad que esperé, de acuerdo a las fotografías de la visita de 1910, en que el Halley partió en dos el firmamento.

Un cometa es, entre otras muchas cosas, un recordatorio de la fragilidad humana. El riesgo de un choque es real, y si tiene alguna duda, nada más volteé a ver la Luna. La ausencia de atmósfera; de lluvias, ha impedido que se borren las profundas cicatrices dejadas por estos accidentes a lo largo de su historia. De hecho acabamos de ser testigos de uno de estos eventos. En 1994 el cometa Shoemaker Levy se estrelló en Júpiter, luego de partirse en varios fragmentos.

Supongo que, como en las películas a las que me referí, alguien en algún lado -la NASA por ejemplo-, estará pensando de manera seria en las posibilidades de enfrentar de manera exitosa a uno de estos monstruos, pero dada la precariedad con la que se viaja al espacio me queda la impresión de que no podremos hacer mucho más que observarlo venírsenos encima.

Y luego está el azar, que es algo que nos repugna, a nosotros, que hemos sido educados en la idea de que todas las cosas ocurren por una razón determinada; todas las cosas tienen un fin, o se encaminan hacia una meta, nos choca la intervención del azar, que para este caso es, simplemente, escalofriante. No es la primera ocasión en que le doy vueltas a este asunto, pero invariablemente llego a la misma confusión… Perdón: conclusión: en nuestra pobre humanidad, estamos sometidos a un estado de indefensión pavoroso, escalofriante. Todo hace suponer que alrededor del Sol, más allá de Plutón, y así lo ponen de manifiesto los cometas, existe una esfera de grandes piedras, denominada nube de Oort. Imaginemos que una choca contra otra y altera su órbita, su velocidad, y entonces ocurre que “cae” hacia el Sol, y en el camino se le atraviesa la Tierra, y “adiós, Nicanor”.

En fin, que nuestra fragilidad es extrema, pero nosotros como el del whisky: tan campantes. Esto me recuerda una frase de mi novelista de cabecera Arthur C. Clarke, de su novela “Claro de Tierra”, y dice: «Los cielos pueden encenderse con portentos, la galaxia puede arder con los faros de estrellas detonantes, pero el hombre seguirá hundido en sus problemas, con sublime indiferencia». (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

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