No es la mejor película de Batman, pero sí la mejor sobre Batman.

Tan solo la premisa de este proyecto basta para que se revisara con escrupulosa y escéptica mirada. Aún si una película desarrollada en el contexto de un juguete real que se vende por millones en todo el mundo pudo encontrar un público e incluso coherencia narrativa en la superlativa “La Gran Aventura Lego” (2014), un refrito o derivado de ésta expele el desagradable aroma del oportunismo mercantil, sin importar que el protagonismo recaiga en un personaje adorado, aceptado y admirado por la cultura pop. Por fortuna, el resultado es una cinta que atiende las necesidades de su planteamiento al emplear dicho personaje no como una herramienta de marketing, sino como un genuino instrumento narrativo donde se le explora a conciencia y se crea una historia alrededor de dicho examen de forma frenética, impetuosa e increíblemente razonada.
La película abre con una espectacular secuencia donde Batman en su versión LEGO derrota a una legión de sus enemigos liderada por el Guasón, donde el protagonista expone su naturaleza egocéntrica, monomaníaca y arrogante producto de la adoración popular (imposible de recibir si se nota que Batman es el único defensor de una metrópoli infestada de amenazas) mediante hilarantes diálogos que lo evidencian más como un ser humano que superhéroe. Terminada su misión, llega a su imponente mansión donde se recluye solitariamente junto a su mayordomo Alfred, razón por la cual en este universo su hogar se encuentra conveniente y metafóricamente en una isla, rasgo psicológico agravado por la pérdida de sus padres a temprana edad y que lo orilla a repeler cualquier noción sobre familia. Sin embargo, mientras se encuentra socializando en su identidad de Bruce Wayne, Batman termina adoptando accidentalmente a un despistado y vivaracho Dick Grayson, mientras se ve atraído por la nueva alcaldesa de Ciudad Gótica Bárbara Gordon, quien pretende implementar nuevas medidas de seguridad para perfeccionar el modelo policiaco que se tiene actualmente para no depender de la protección de un vigilante solitario e incluso propone el sumar a Batman a las fuerzas oficiales de la ley. Por supuesto Batman se resiste a la idea, empeñándose en proseguir su misántropa misión justiciera pero con el añadido de su nuevo hijo adoptivo, quien toma el manto de Robin y le muestra a su oscuro y sangrón mentor que tal vez haya cabida en su vida para un nuevo tipo de familia.
El argumento bajo esta descripción es totalmente serio, pero se desmenuza mediante una apabullante sucesión de ingeniosos gags, bromas, chistas y referencias a granel sobre la mitología mediática tanto en cómic, como cine y televisión de Batman, lo que produce una sensación de euforia en el espectador quien apenas tiene tiempo de recuperarse o asimilar alguna escena o diálogo chungos cuando se encadena otro, por lo que no es una película para aquellos con déficit de atención. A pesar del asalto audiovisual que esto supone, la cinta nunca pierde de vista la exploración de su personaje central, planteando lo absurdo que resulta la veneración a un tipo que viola la ley para aplicarla mediante una disposición sombría y voz atemorizante que terminan siendo jocosas en su paroxismo tenebroso. Batman comenzó hace 80 años como producto de una época más vinculada a las fantasías pulp de una cultura muy naif en cuanto a la humanización de sus figuras socialmente vengadoras, solo para transfigurarse en el espejismo fascista de un sistema nacionalista que celebra cada avance de su marcha imperialista, por lo que en los últimos años se ha tratado de humanizarle y vulnerarle al subrayar su presencia meramente humana en un universo donde cohabita con entidades superpoderosas. Esto lo vulnera también hacia el escrutinio cultural, por lo que es, tal vez, el personaje de cómic más parodiable precisamente por aquello que se asume son sus virtudes, y esta película lo allana si bien no con sesuda o profunda reflexión, si al menos con sentido del humor.
“Lego Batman: La Película” funciona más como sátira que como un comercial de hora y media sobre el producto mediante el cual se cuenta esta historia, pisando el acelerador a fondo y frenando pausadamente en ocasiones para procesar ciertos puntos nodales en su trama, lo que hace de esta producción un ejercicio más cinematográfico que meramente oportunista. Lo mejor es que realmente divierte a la vez que celebra a un personaje que, justo es decirlo, no se le comprende o adapta adecuadamente (¿Verdad, “Batman Vs. Superman”?).
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