Últimamente se ha comenzado a escuchar la versión de que, si pierde la elección Claudia Sheinbaum, el presidente no admitirá la derrota y en consecuencia no soltará el poder por ningún motivo. Y para ello López Obrador, que tiene una mente perversa, ha ido preparando el terreno para no permitir que Xóchitl Gálvez, si gana, tome posesión.

Como todos, o casi todos, los ciudadanos sabemos que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación es la única autoridad que califica y valida la elección presidencial, declarando quién gana. Con eso se termina el proceso y la candidata ganadora se convierte en presidenta electa.

El acto en el que el tribunal califica la elección se lleva a cabo en una sesión a la que deben asistir, por lo menos, 6 de los 7 magistrados. Pero, y aquí es donde comienza el plan de AMLO, en la actualidad sólo se cuenta con 5 magistrados, con lo cual es imposible emitir la declaratoria de quién triunfó.

Actualmente los dos magistrados que faltan aún no han sido designados por el Senado de la República y se dice que esta omisión fue ordenada desde arriba, por ya saben quién, con un claro fin, que si pierden no se pueda calificar la elección.

De tal manera que se pondría al relevo presidencial del 1 de octubre sin tener una presidenta electa, aunque sin impugnación o alegato. Y podrían todos estar conformes con el resultado, pero sin autoridad que lo legitimara. Haga de cuenta usted una pelea de box sin jueces.

En ese caso, el Congreso de la Unión tendría que designar a un presidente interino en un plazo no mayor de 60 días, durante los cuales sería presidente provisional. El designado presidente interino gobernaría entre 7 y 9 meses mientras se realiza una nueva elección y la designación interina podría recaer en cualquier ciudadano(a), con la excepción de los mexicanos que ya hubieran sido presidentes. Es más, también podrían ser las candidatas que ahora compiten.

Todo depende del grupo político que tuviera la mayoría en el Congreso. Hasta podría ser que, si la tuviera Morena, se eligiera a Claudia Sheinbaum, aunque hubiera perdido la elección y, viceversa, si la mayoría fuera aliancista, Xóchitl Gálvez podría ser presidenta, aunque la hubieran derrotado en la elección. También podrían ser Máynez o Dante o cualquier político o ciudadano.

Posteriormente se suscitará otro problema: Se realiza la elección, pero se sigue sin magistrados, sin calificación y volvería a ser lo mismo. Por lo tanto, habría tres soluciones jurídicas, las cuales no son fáciles de lograr. Una es que la Suprema Corte de Justicia interpretara que se puede habilitar a un 6º magistrado para que ya funcione el órgano electoral. Este habilitado sería el decano de antigüedad o de edad. Más o menos hay ley para eso. Otra es que supliera alguna sala regional, pero también están incompletas. Por último, que la Suprema Corte declarara la inconstitucionalidad de esa norma que obliga a tener 6 magistrados. Y, entonces, podría funcionar con los 5 que ya tiene.

Lo cierto es que hay la posibilidad de que la nueva presidenta no sea aquella a quien eligió la mayoría ciudadana, sino alguna a quien eligió la mayoría congresional. Es decir, que lo decida el líder del próximo Congreso de la Unión que actualmente no sabemos ni quién podría ser. O que lo decida el actual presidente Andrés Manuel López Obrador, que sería lo más seguro.

Lo curioso de todo esto es que en los próximos 12 meses podríamos tener cuatro presidentes distintos: el actual, el provisional, el interino y el electo. Lo anterior lo sabe López Obrador y este sería su plan en caso de una derrota de Sheinbaum el próximo 2 de junio. Y es que es difícil que el presidente quiera soltar el poder a tan sólo 6 años de que lo obtuvo luego de muchos años de pelear por él. Sus planes son a largo plazo y por eso ha ido accionando con y sin la ley para lograr sus fines y para ello ya lo ha manifestado desde su tribuna diaria mañanera: “¡Nada de que la ley es la ley!”. Con esa actitud los ciudadanos podemos ir midiéndole el agua a los camotes. López Obrador tiene sus planes muy fijos para lo que desea hacer de México, hacia donde desea llevar al país: el socialismo. Y pruebas de eso están a la vista. Se está metiendo y peleando con todo el mundo: la Iglesia, los intelectuales, los empresarios, con otros países. Andrés Manuel es como el muñeco aquel del ventrílocuo Paco Miller, Don Roque, que decía: “¡Le rajo la cara a cualquiera!” Otra frase era: “¡Y no pregunto cuántos son ni donde están!”. Pues así el presidente, se la ha pasado todo lo que va de su sexenio peleando con todo mundo, tratando de rajarle la cara a cualquiera que no piense como él, pues así les va. Y si no sólo hay que preguntarle a María Amparo Casar, a quién se la está acabando de golpe y porrazo luego de la publicación de su libro “Los puntos sobre las íes”. De que es vengativo el presidente… ¡lo es!

López Obrador ha trazado el camino perfectamente y fiel a sus ideales socialistas no va a dejar, así como así, el poder que tanto trabajo le costó obtener luego de fuertes batallas con el sistema político que el PRI y en menor medida el PAN, habían ejercido durante muchos años. Hoy que es dueño y señor del control político en México no lo va a perder, así como así.