RODRIGO AVALOS ARIZMENDI

Empezamos el año 2021 esperanzados en la llegada de las vacunas a nuestro país. Unos meses antes de terminar el 2020 el presidente empezó a comentar en las mañaneras los trámites que su gobierno estaba realizando con diferentes laboratorios para asegurar el abasto de las vacunas que se aplicarían a la población mexicana. Eso llenó de ilusión a toda la ciudadanía, pues estaban a unos meses de recibir la panacea que los libraría de una de las peores pandemias que ha padecido la humanidad desde sus inicios. El virus mortal COVID-19 se había convertido en el flagelo más terrorífico para la población mundial en menos de un año. El mundo había despertado en los primeros meses del 2020 a una terrible realidad: La muerte comenzaba a azotar al planeta tierra sin dejar un solo rincón de todo el planeta sin contaminarlo con el invisible, para los ojos, virus letal. El latigazo mortal fue al principio, en nuestro país, como algo lejano. China, en donde nació este coronavirus, estaba muy lejos, se pensaba y los países vecinos deberán poner barreras para evitar la propagación más allá de sus fronteras. Por televisión se observaba cómo la gente de aquella parte del mundo comenzaba a morir de manera infame sufriendo uno de los peores tormentos que las personas pueden padecer: La desesperación de no poder respirar. ¡Brutal el ataque del virus!

Los mexicanos comenzamos a vivir la cruda realidad cuando en el mes de marzo nos dimos cuenta de que ahora en el mundo no hay largas distancias. Los miles de kilómetros que separan a América de Asia se convierten en nada con las poderosas naves que a diario surcan los cielos. En cuestión de horas se llega de China a cualquier parte del mundo y así de rápido comenzó a llegar el COVID-19 a todos los países, no siendo México la excepción. El impacto de la llegada de la pandemia a nuestro país generó al principio incredulidad -todavía hoy, a pesar de los miles de muertos existe incredulidad de la existencia del COVID-19 en miles de ciudadanos-entre gran parte de la población. Se escuchaban miles de teorías a cual más de disparatadas. Y a pesar de que las defunciones empezaron a aumentar y junto con ellas la saturación de hospitales la población siguió soslayando la enfermedad. Las reuniones sociales, la asistencia a centros de reunión -bares, antros y restaurantes principalmente- se sucedían de manera cotidiana sin la mínima preocupación, a pesar de que la mortalidad aumentaba día a día, ante la preocupación de la gente que sí hizo conciencia a las primeras de cambio y modificó su estilo de vida, de todo a todo, para cuidar de no infectarse. Hubo – y sigue habiendo- quienes cuando llegan a su casa luego de ir a comprar víveres, se quitan en la puerta, antes de entrar a la casa, los zapatos y al ingresar se quitan la ropa, se dirigen al baño a bañarse y se ponen ropa limpia. Posteriormente sanitizan los productos que compraron antes de colocarlos en la alacena y el refrigerador…¡todo! El terror de llevar el virus a sus casas es ya algo crónico. Desde luego que el cubre bocas y la sana distancia lo aplican a rajatabla. No saludos de mano, mucho menos abrazos. Bueno, pues con todo y eso hay muchos que no se han salvado del contagio y posteriormente de la muerte.

Contrario a lo anterior hay millones de mexicanos que no se cuidan para nada. En lo personal no he asistido a los tianguis ni a lugares en que hay concentraciones de gente. Por ejemplo no he vuelto a ir a la iglesia desde marzo del año pasado. Los oficios religiosos mi mujer y yo los presenciamos por televisión puntualmente cada domingo así como los días que también son de precepto. Pero con asombro he observado cómo hay cientos de personas que acuden a los tianguis, a bodas, bautizos, cumpleaños, bares, etc. Y a pesar de los pesares no usan cubrebocas y mucho menos aplican la sana distancia. No hay conciencia de la gravedad de la situación. Sin embargo como cachetadas la realidad nos vuelve a la meditación cuando nos damos cuenta que gente muy cercana, amigos de toda la vida así como algunos familiares han perecido a causa del mal de origen chino. Ahí es cuando empieza a entrar un escalofrío de pies a cabeza por el temor a ser contagiado o algún familiar cercano.

Por eso cuando el presidente anunció hace algunos meses que la vacunación era ya un hecho y hasta se planificó la manera en que se iba a vacunar a la población, se sintió un alivio, como cuando va a terminar un viaje muy tortuoso. Sin embargo la cruda realidad de la idiosincrasia mexicana nos volvió a la realidad al darnos cuenta que las vacunas llegaron en cantidades ínfimas casi de burla, algo así como 600 mil para casi 140 millones de mexicanos…¡nada! Y además la planeación que se tenía para la aplicación de la vacuna no se respetó, llegando al caso de que hasta politiquillos de cuarta aprovecharon para vacunarse y vacunar a sus familiares, el agandalle total. Ahí nos dimos cuenta que los mexicanos no cambian… ni cambiarán. El que no tranza no avanza…¡en todo!

Y hace dos semanas sucedió lo que ya se esperaba, le dio COVID-19 al presidente. Y digo que ya se esperaba porque el señor se niega rotundamente a usar el cubrebocas y ha mantener una sana distancia. Su “Detente” era su escudo. Pero el Señor ha dicho: “Ayúdate que yo te ayudaré” y en este caso López Obrador no se ayuda. Afortunadamente para él y para el país ya sanó. Sin embargo el lunes en la mañanera un reportero le preguntó: ¿Y ahora sí se pondrá el cubrebocas? La respuesta fue inmediata: “No…no, ahora ya, además, de acuerdo a lo que plantean los médicos, ya no contagio”, respondió. Lo cual no es verdad y además él se puede volver a contagiar, pues no se inmunizan quienes ya adquirieron el COVID-19. Conozco a un médico que ya se ha contagiado ¡tres veces! en su labor de médico. El presidente no tiene remedio. No se ha percatado que él sería el mejor ejemplo de lo que la población debe de hacer: Ponerse el cubrebocas.

Ahora lo que hay que rogar al cielo es que las vacunas lleguen en cantidades suficientes para empezar a inmunizar a la población. En E.U. ya han vacunado a más de 40 millones de norteamericanos, en México a 600 mil. La manera de trabajar allá es muy ordenada, aquí a Hugo López Gatell se le sigue haciendo bolas el engrudo, pero mientras tenga el apoyo presidencial México seguirá por el tobogán de la muerte.