Otto Granados

El aspecto central de cualquier elección es saber quien ganó, y gracias a la eficacia de las autoridades electorales en México eso lo sabemos siempre la noche misma de la jornada. Pero tras ese dato surgen muchas otras preguntas cuyas respuestas no son fáciles porque entran en el terreno de la interpretación. De todas formas, conviene aproximarse para tratar de entender mejor el tejido social y político de Aguascalientes.

La primera tiene que ver con la participación electoral. La del pasado 5 de junio ha sido la más baja en una elección para gobernador desde 2004 cuando alcanzó casi 50%; en 2010 fue de 54.28% y en 2016 de 55.90%. En esta ocasión cayó al 45.99%. Además, se registraron 12 mil 680 votos nulos, de personas que llenaron mal la boleta o deliberadamente la anularon como modalidad de protesta. ¿Por qué?

El fenómeno de la abstención es complejo pero el denominador más común es que la gente no va a votar principalmente porque no le gustó ninguna candidatura y/o porque está harta de los partidos y la política. Desde luego que esta no es una tendencia saludable; en 2021 la participación en distintos países como EEUU, Brasil, España y otros nueve osciló entre 62% y 88% en elecciones presidenciales, y mucho mayor en comicios estatales y municipales.

Además, la abstención tiene otra desventaja: crea incentivos negativos entre quienes resultan electos porque no sienten el mismo nivel de compromiso con la ciudadanía si votan pocos que si votan muchos. Es decir, la cosa pública se “privatiza” entre las burocracias partidistas y gubernamentales, y eleva el riesgo de malas decisiones, opacidad y franca corrupción.

La segunda variable, en cierta medida derivada de la anterior, es el descenso generalizado en la votación de los partidos tradicionales. Por ejemplo, si el PAN hubiera competido en solitario la votación de su candidata (42.97%) habría sido la más baja en los últimos 24 años: Felipe González logró 52.4%, Luis Reynoso, 55.4% y Martín Orozco, 43.8%. En ese supuesto, la distancia con la candidata de MORENA se habría reducido a 9.4%.

Como en esta ocasión la fórmula fue concurrir en coalición, el PRI y el PRD aportaron el modesto 10.8% restante para un resultado holgado de la candidatura del PAN. Pero entonces, la pregunta es otra: ir en coalición ¿fue una decisión conveniente para PAN y PRI?

Para el PAN sí porque facilitó coagular el “factor miedo” a MORENA en su favor (factor que pesó claramente desde las elecciones de 2021); para el PRI quizá no porque diluyó sus propios márgenes de acción en estos comicios. Puestos en otra hipótesis, habría que imaginar qué hubiera sucedido con un candidato competitivo propio. En política, sin embargo, los hubiera no existen. En suma, como dice un poema de Borges: “no nos unió el amor, sino el espanto”.

La tercera cuestión a explorar son los resortes anímicos de los que sí votaron. Un primer grupo parece claramente asociado con el voto duro del PAN/PRI/PRD; su candidata siguió con disciplina el plan de una campaña que no la metiera en problemas y le funcionó. Un segundo fue una combinación de clientelas de los programas sociales de MORENA y los votantes variopintos que por años han estado marginados de los partidos tradicionales; su candidata inyectó una buena dosis de adrenalina y expectativas a esas bases y le permitió levantar 155 mil votos, diez veces más que cuando compitió en 2016. Y un tercero fueron aquellos que, en esa disyuntiva, votaron con la nariz tapada, privilegiando el “factor seguridad” por encima de cualquier otro. Dicho de otra manera: en política es usual elegir entre inconvenientes.

Justamente este último elemento explica, una vez más, la inexistencia real de las llamadas terceras vías: cuando hay dos grandes opciones (que en este caso alcanzaron 87% de los votos) no hay espacio competitivo para otras; suponer lo contrario no sólo es una ilusión óptica sino de lógica matemática elemental. Veamos.

En las elecciones federales de 2021, MC obtuvo poco más de 7% de la votación nacional; en cuatro de las estatales del domingo pasado sacó entre 3 y 4.5%, y en Aguascalientes 6.9% y quedó en cuarto lugar con 32 mil votos. Hubo casos atípicos, aunque por razones muy distintas, como Quintana Roo, donde compitió con un tránsfuga de MORENA, que obtuvo 13%, o las elecciones municipales de la ciudad de Durango, con un candidato muy efectivo y profesional que levantó 16% (34 mil votos), casi cuatro veces más que la aspirante de ese mismo partido al Gobierno Estatal. Con excepciones ciertas, por ahora MC parece un clásico “all vote catcher” o, en buen castizo, un partido sin brújula ni densidad propias y que pesca de todo. Ya se verá, pero en 2024 creo que MC terminará allanándose a alguna gran coalición -si se da- o prestando la marca a algún migrante de las filas del oficialismo.

Por cuanto a los partidos “bonsái”, como el Verde y el PT, que básicamente son una modalidad de delincuencia organizada, es un momento muy oportuno para sacudírselos del mapa electoral elevando el porcentaje mínimo de registro e imponiendo nuevas reglas y candados a la llave del financiamiento público, tanto ordinario como de campañas. Salvo en uno que otro estado o municipio, ambos confirman que han lucrado por años con el disfraz de entidades de interés público.

Así que, como aconsejaba Buck Canel, el legendario cronista de beisbol, “no se vaya que esto se pone bueno”.

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