Eugenio Pérez Molphe Balch

Los humanos, y muchos otros animales, dependemos de las plantas para alimentarnos. Comemos sus frutos, semillas, raíces, tallos, hojas y flores. En el caso de los frutos, al comerlos beneficiamos a las plantas al dispersar sus semillas y permitir así que estas germinen en lugares propicios. Por este motivo, muchas plantas han desarrollado frutos con colores, aromas y sabores atractivos para nosotros. Sin embargo, cuando lo que comemos es la semilla, o cualquier otra de sus partes, le causamos daño a la planta y amenazamos su supervivencia. Podría creerse que al ser la planta incapaz de moverse estaría indefensa ante el ataque de cualquiera que quisiera alimentarse de ella. Sin embargo, esto es un grave error que muchos han pagado con su vida. Si bien físicamente las plantas son organismos casi inmóviles, químicamente son mucho más activas que cualquier animal. Así que su defensa ante cualquier organismo que intente comerla consiste en producir compuestos químicos que detengan este ataque. Estos compuestos pueden ser repelentes, que al conferir un aroma o sabor desagradable a la planta la hagan poco apetecible. Esta es la explicación del sabor amargo que tienen muchas plantas silvestres, que nos hace evitar su consumo, aun cuando nutricionalmente puedan ser adecuadas para nosotros. En el otro extremo, encontramos plantas que acumulan compuestos muy tóxicos para los animales que intentan consumirlas, incluido el humano. Estos compuestos pueden causar daños graves, incluso la muerte en muy poco tiempo. Un ejemplo de esto es la cicuta, planta pariente del apio, que produce un compuesto tóxico llamado coniína. Esta especie es célebre, ya que al filósofo griego Sócrates se le obligó a beber un extracto de la misma que le causó la muerte inmediata. Esto fue su castigo por “corromper a la juventud” al atreverse a usar la razón para hablar contra los dioses ancestrales.

Así como la cicuta, muchas otras plantas producen toxinas para defenderse de los animales. La estricnina, atropina, ouabaina e hipericina son solo algunos ejemplos de las miles de toxinas producidas por las plantas. No todas ellas son mortales para el humano, algunas solo generan malestares digestivos a quien las consume. Un ejemplo de esto son los glucosinolatos, producidos por algunas plantas de la familia de la col (brócoli, coliflor, col de Bruselas, etc.) para defenderse de los insectos. Estos compuestos solo afectan a quienes son sensibles, pero para el resto pasan desapercibidos. Esta es la razón por la que a algunas personas estos alimentos les causan indigestión, pero para la mayoría son inocuos.

Uno de los mayores avances de la humanidad fue sin duda el desarrollo de la agricultura. Esta práctica permitió la domesticación, y posterior mejoramiento, de muchas especies de plantas de las que ahora dependemos. Sabemos que este mejoramiento consistió en hacer a las plantas cada vez más productivas y nutritivas para nosotros. Sin embargo, un aspecto importante, pero menos conocido, es que a lo largo de los milenios la humanidad fue seleccionando aquellas plantas que produjeran menos toxinas. Esto para hacerlas más inocuas para su consumo. Sin embargo, este proceso fue el causante de que las plantas cultivadas sean cada vez menos capaces de defenderse de las plagas por sí mismas, y tengamos que recurrir a los pesticidas para protegerlas. Muchas de estas plantas, que ahora cubren enormes extensiones de suelos cultivados en el planeta, no serían ya capaces de sobrevivir por sí mismas sin el cuidado humano.