Después de treinta y dos minutos de espera, a leguas se puede observar la ruta que necesito; la 35. Viene a toda velocidad para alcanzar a cruzar el semáforo, pareciera que tenía la intención de aprovechar esa rapidez y de esta manera hacer caso omiso a la parada solicitada. Entre el ajetreo del tráfico y las personas en aguantarlo, el camión se orilla con gran soltura y técnica para obligarnos a dar un pequeño paseo antes de ingresar en la unidad.
Adentro, jóvenes, madres, padres, verduras, guitarras, celulares, audífonos, olores terribles -pero tolerables-, vestimentas de trabajo, fachas de cama y playeras deportivas. Todo ello reunido en una carrocería alemana, conducida por un chofer amañado en función de las largas jornadas de trabajo.
Son las ocho con treinta y dos minutos de la mañana. Tomo asiento justo atrás del conductor, a un lado de una gran cocinera con vastas bolsas de mandado y olor a buen sazón. Cada que el timbre suena para anunciar la bajada de un pasajero, una luz tenue se enciende en medio de una enorme cantidad de botones y palancas. De entre ese tianguis tecnológico de botones, el chofer oprime uno para abrir la puerta trasera y así dar salida a quienes lo soliciten.
Mientras esto pasa, el conductor activa de vez en vez las intermitentes y lanza una mirada profunda hacia el espejo retrovisor, una mirada que sugiere prisa. Debe de cerciorarse de no llevarse colgando a algún pasajero. Si acaso también fue solicitada la entrada a la odisea del transporte público, el piloto se dispone a abrir la puerta de acceso y también el cajón de madera que contiene los dineros cuidadosamente ordenados y bien resguardados por un rosario y una Virgen de los Dolores.
Cuando la fila de ingreso es larga el conductor del autobús hace de manera loable la labor de cobranza, convirtiendo su trabajo también en una especie de caja de supermercado. El reloj ya marca cinco para las nueve. Ante una inminente oleada de gente en la parada aledaña a la estación de bomberos, los pasajeros optan por recorrerse hacia atrás para no tener problema a la hora de salir.
Los asientos van casi llenos y el pasillo de en medio va por el mismo camino. En este punto, caemos en cuenta de que el trabajo del chofer no es poca cosa. El ruido que lleva en el vehículo -música, gritos, conversaciones, timbres- se mezcla con el caos de las calles, las distracciones, la cobranza y la admirable tarea de llevar sanos y salvos a sus pasajeros son algunas de las labores con las que lidia un conductor de transporte público.
Después de un largo viaje el camión comienza a vaciarse, poco a poco el ambiente hostil se vuelve en plena tranquilidad. El pie al mando se siente más ligero y las velocidades entran suaves. Bajo en la terminal principal de ATUSA.
Aquí nos encontramos con Mario Román, chofer de transporte público desde hace doce años. Actualmente, y con sus 40 años por detrás, lleva al mando la ruta 50 que abarca el tercer anillo de Aguascalientes. Las jornadas laborales comienzan desde las seis de la mañana y tienen una duración de entre 16 y 18 horas para todos los choferes. Los domingos empiezan a las siete y el flujo de choferes es menor.
“Una vuelta de mi ruta dura alrededor de tres horas, pero con tráfico puede ser hasta más”, nos cuenta Mario Román. Esta vuelta se divide en dos, puesto que son dos terminales, cada una dura un aproximado de hora y media. Al llegar a la terminal se toman un descanso de entre cinco y diez minutos y se vuelve a poner tras el volante.
“Por la tarde se nos da un tiempo de cuarenta minutos para comer”, afirma el conductor. Después del lonche se vuelve a trabajar de la misma manera hasta que da la noche y se acaba el servicio. Tras dar la última vuelta, todos los choferes deben de ir a llenar el tanque de los camiones para entregarlo listo al patrón. También se debe verificar que no haya ninguna anomalía en el vehículo, en caso de ser así se debe de avisar para que sea llevado al mecánico que cada concesionaria tiene.
Las condiciones de trabajo son las mismas que el usuario del transporte urbano ya conoce; espacios apretados, el suelo con parches metálicos, sin aire acondicionado, suspensiones y amortiguadores a media función. Todo lo que el pasajero tolera, también lo hace el chofer.
Como en todos los trabajos, afirma Mario Román, el estrés es inevitable. Llega un punto en el que sólo quieres llegar a casa a descansar. Se trata de ser amable y dar el mejor servicio, pero a veces, cuando se trabaja de sol a sol y bajo estas condiciones, hay actitudes que simplemente, no se pueden ofrecer.