
Cada año parece que la distancia aumenta y, sin embargo, cada 2 de octubre México vuelve la mirada hacia Tlatelolco. La memoria regresa de muchas formas: en las marchas y las consignas, en los documentales y las fotografías, en las aulas, en las conversaciones familiares, en las noticias y ahora también en una publicación que aparece fugazmente en las redes sociales. Pero más allá de repetir una consigna, hay una pregunta que adquiere cada vez mayor relevancia: ¿qué significa Tlatelolco para quienes nacieron décadas después de 1968?
La pregunta no es menor. Este año se cumplen 58 años de aquella tarde en la Plaza de las Tres Culturas, cuando la represión contra el movimiento estudiantil terminó en una matanza. La CNDH reconoce el hecho como una grave violación de derechos humanos y señala que la consigna “2 de octubre no se olvida” se convirtió en un símbolo contra la impunidad y el olvido.
Sin embargo, recordar no significa necesariamente comprender. Para la generación que vivió 1968, el recuerdo puede estar asociado a una experiencia personal: haber participado en las movilizaciones, haber tenido miedo, haber conocido a alguien que perdio algun familiar o haber presenciado cómo el Estado respondió a la protesta.
Para la Generación X, nacida aproximadamente entre 1965 y 1980, Tlatelolco formó parte de una memoria familiar y política transmitida por padres, maestros y medios de comunicación todavía sometidos a importantes controles.
Los millennials, nacidos aproximadamente entre 1981 y 1996, recibieron el 68 de una manera diferente. Para muchos, Tlatelolco fue primero una lección escolar y después una historia que comenzó a reconstruirse mediante libros, películas, fotografías y, posteriormente, Internet. La memoria dejó de depender exclusivamente del relato familiar y empezó a multiplicarse en espacios digitales.
Para la Generación Z o centennials, la distancia es todavía mayor. Quien hoy tiene 18 años nació en 2008. Para ese joven, 1968 está tan distante como para los millennials lo estaba la Revolución Mexicana. El riesgo, entonces, no necesariamente es el olvido deliberado, sino algo más silencioso: la pérdida de significado.
La historiadora Eugenia Allier Montaño ha estudiado precisamente esta transformación. Señala que el movimiento estudiantil de 1968 se convirtió en una de las memorias públicas más importantes de México y que Tlatelolco funciona como un “lugar de memoria”, donde pasado y presente se encuentran.
También el sociólogo Maurice Halbwachs resulta útil para comprender el fenómeno: la memoria no es únicamente individual; se construye dentro de grupos sociales. Recordamos porque alguien nos cuenta, porque una comunidad conmemora y porque existen instituciones que conservan determinados acontecimientos. Cuando esas redes se debilitan, también puede debilitarse la memoria.
Las nuevas generaciones no pueden recordar personalmente un acontecimiento ocurrido 58 años antes de su nacimiento. Su relación con el 2 de octubre, por tanto, pertenece al terreno de la memoria heredada: aquello que conocen a través de sus familias, la escuela, los libros, los medios y, cada vez más, las redes sociales. El verdadero desafío está en lograr que esa memoria no se reduzca a una fecha del calendario, sino que encuentren en ella razones para comprender su presente.
En uno de mis artículos anteriores escribí que el 2 de octubre debía servir para estar alerta y evitar que algo semejante se repitiera. En otro me preguntaba si la fecha comenzaba a olvidarse. Hoy sigo pensando que ambas preocupaciones son válidas.
Tlatelolco no debería convertirse en una contraseña generacional que los jóvenes repiten sin comprender. Tampoco en una pieza de museo político. Su vigencia está en otra parte: en enseñar que las libertades que hoy parecen naturales tienen una historia, y que una sociedad que deja de discutir su pasado puede terminar repitiendo sus silencios.
Quizá el mejor homenaje a los estudiantes de 1968 no sea conseguir que las nuevas generaciones repitan que “el 2 de octubre no se olvida”, sino lograr que sepan por qué no debemos olvidarlo.








