Moshé Leher

Ya alguna vez he contado las circunstancias de la presentación de mi primer libro, en la Casa de la Locura, hace ya 27 años; todo aquello pasó gracias a la generosidad de siempre de mi entonces editor y hoy gran amigo, y compadre, Armando Alonso.

Esa noche de verano, en la víspera a que me marchara a Barcelona, obtuve las primeras -y hasta hoy únicas- ganancias que me dio la carrera de poeta, si se puede hablar de tal cosa: recogimos algunos cientos de pesos, de aquellos, que nos sirvieron para ir a tomarnos, Armando, Clarita Müller, la que fue mi primera esposa y yo, tres o cuatro rondas de vodka en el restaurante de la Noria, tras lo cual seguimos la jarana en aquella casa donde vivían entonces, en Primo Verdad.

Me fui tres años, regresé, y pronto me dejaron unirme a su tertulia de cada viernes; noches largas de risas, de muchos comentarios inteligentes de algunos de los habituales, de humo de cigarrillo y vapores etílicos que se prolongaban hasta bien entrada la madrugada de sábado.

Y si hablo de los habituales, y no reparo en las muchas y muchos amigos más que pasaron por allí, es para evitar omisiones y cometer, líbreme el cielo, una descortesía.

Estaban y están, entonces y ahora, Andrés Reyes, el doctor Camacho, Víctor González, mis compadres y un grupo variopinto de personajes que entraban y salían de las reuniones, se unían largas temporadas, pasaban por allí de vez en cuando, aparecían y desaparecían.

No sé a iniciativa de quien comenzamos a ir al Xenius, sito en Madero, cuando todavía vivía y ofrecía sus noches de jazz el maestro Raúl Stallword, al que nuestra asiduidad sobrevivió meses o años, hablo de casi un cuarto de siglo, hasta que aquel lugar que fue tan animado decayó, y posteriormente cerró, quedando en un recuerdo de una buena época.

La tertulia se trasladó, de nuevo, a la casa de mis amigos, y se fue mudando con ellos a su casa del barrio de Guadalupe y, finalmente, a la amplia y agradable casa de Clarita.

Los años pasaron, los hijos crecieron, nosotros nos hemos ido haciendo viejos, pero hasta antes de la pandemia, buscamos la manera de vernos allí con cierta frecuencia; si mal no recuerdo la última vez que estuvimos allí, antes del acabose que acabamos de pasar, que es un decir, fue la noche en que en el museo de Lalo Escárcega, le hicieron un homenaje a Armando, tras el cual nos fuimos todos a la casa de mi comadre y de noche en noche nuestra guarida; desde entonces no nos habíamos visto, por lo menos todos los asiduos, para una de esas noches.

El jueves pasado se dio la ocasión y allí estuvimos de nuevo, también con Elsita, que desde antes se volvió habitual de esos encuentros.

Las mismas bromas, las mismas risas, y la extraña sensación de que algo en nosotros, así reunidos, conserva algo de esa juventud ciertamente ya ida; en lo que a mí respecta me llevó de vuelta a tiempos más alegres y más venturosos.

Un día después, también por primera vez desde la mentada y desdichada pandemia, me vi con Isa y Jordi, catalanes habituales de los meses de agosto, a los que también vi con suma alegría, luego de tres años de no charlar de asuntos que nos mueven y suceden a miles de kilómetros de aquí.

Es como si la vida me quisiera recordar tiempos ya pasados, donde todo estaba por venir, todavía, y ese grato calor que me ardía en el pecho. No lo sé.

¡Shalom!

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