“Creo que ya no estamos en Kansas, Toto…”
Dorothy Gale, “El Mago de Oz”

COLUMNA CORTE“¡Gracias al Cielo por las niñitas, pues éstas crecen cada día!” “¡Gracias al Cielo por las niñitas, pues crecen de formas encantadoras!” Con esta letra comenzaba el número musical más recordado de la clásica cinta “Gigi” (Minelli, E.U., 1958) y donde su intérprete, Maurice Chevalier, melódicamente enunciaba las cualidades de las féminas en su etapa temprana, donde el candor en los inocentes ojos de las pequeñas gradualmente se transfigurará en el brillo fulgurante de la chispa seductora femenina. Con independencia de las acusaciones sobre pederastia que hoy en día recaerían en Chevalier por la policía de la corrección política, una cosa es cierta: la transición de un sendero de pureza existencial infantil a aquel de la madurez es un manantial de historias que se ha filtrado en el cine desde múltiples ópticas, desde el crecimiento emocional forzado y real intensificado por la crudeza de su entorno, hasta, y ésta es la ruta que ha gestado tanto un público cautivo como un desarrollo más interesante, aquel sustentado en un ambiente de asociaciones oníricas, donde la proyección de fundamentos freudianos están a la orden del día, y el crecimiento perceptual de sus núbiles protagonistas surge por cortesía de un simbolismo mágico que sustituye las experiencias del cotidiano por elementos taumatúrgicos, donde a cada instante hay un sendero amarillo, pociones reductoras y demás alegorías antinatura. Sean bienvenidos pues, al otro lado del espejo de celuloide.
La génesis de esta simpatía por las crónicas pitusas podemos encontrarla en los textos de Lyman Frank Baum, Charles Lutwidge Dodgson (mejor conocido como Lewis Carroll) y James Matthew Barrie, quienes colocaron al frente de su narrativa a tres personajes que han logrado instalarse en el consciente colectivo y erigirse como referencias clásicas al respecto: Dorothy Gale, Alicia y Wendy Darling; quienes esquematizaron el plano argumental a seguir por sus sucesores y lograron cimentarse como lo que en psiquiatría se denomina Distorsión Paratáxica, una tipificación en este caso de las jóvenes heroínas, cada una con sus características psicológicas individuales, pero unificadas por un contexto de apertura cognitiva, donde su aprendizaje dependerá de su desapego a la convencionalidad y los aspectos negativos de su formación mundana y subsistiendo del ingenio, sagacidad en resolución de problemas y enorme capacidad de interrelacionarse, tanto con su exótico nuevo ambiente como sus extravagantes habitantes. En el caso de sus análogos cinematográficos, podremos observar cómo tales aspectos se cultivan hasta el último detalle.
“El Mago de Oz” (1939), producción clásica donde las haya, aprovecha al máximo el candor de su protagonista (la malograda, pero muy efectiva Judy Garland) para potenciar los aspectos dulces y sensibleros de su historia, donde la capacidad de asombro de su campirana protagonista es esencial, tanto para su vinculación afectiva con un hombre de hojalata (Jack Haley), un espantapájaros (Ray Bolger) y un león cobarde (Bert Lahr) como en su cruzada por vencer a la malvada Bruja del Oeste (la irrepetible Margareth Hamilton). Al final de su odisea, Dorothy habrá sacrificado algo de su inocencia inicial, pero descubrirá que “no hay lugar como el hogar”, aun cuando tendrá que regresar para cumplir su destino en la más oscura “Regreso al maravilloso Mundo de Oz” (Murch, E.U., 1985), producción Disney que se beneficia de una jovencita Fairuza Balk calzando las zapatillas de rubí y una imaginería visual creativa que la ha vuelto de culto. Mientras tanto, las “Alicias en el País de sus Maravillas” en incontables versiones fílmicas (la dupla de Disney, televisivas, etc.) se regodean en un subtexto con aroma perverso, donde la niña protagonista confronta su surrealista entorno con malicia y ambición; de igual forma en que Wendy logra socavar la autoridad masculina de Peter Pan (Ovariocracia vs. Falocracia) con determinación y un sacrificio más evidente de su naturaleza pueril, aceptando a la madurez como sino ineludible (muy puntual en ello es la versión de 2003 sobre “Peter Pan”, del australiano P. J. Hogan, astuta e inteligente y la antítesis de la muy pobre a nivel argumental “Hook” (1991), del muy creativamente pobre Spielberg).
Propuestas más contemporáneas que muestran el epopéyico crecimiento interno de sus tiernas protagonistas al incursionar en universos paralelos/ucrónicos/fantásticos son: “Laberinto” (Henson, E.U. / G.B., 1986), inventiva fábula de Jim Henson donde una púber Jennifer Connelly debe enfrentar al rey de los duendes (¡David Bowie!) para rescatar a su pequeño hermano, con un marco escénico delirante y criaturas básicas en el entendimiento de la iconografía fantástica ochentera; “Criaturas celestiales” (Jackson, N.Z., 1994), una alegoría sobre el abandono de la infancia donde dos jovencitas (Melanie Lynskey y Kate Winslet) guardan refugio en el mundo que han creado en su subconsciente para fugarse de su opresivo y poco estimulante hábitat pueblerino (una buena alternativa para el sector femenino hidrocálido); “El viaje de Chihiro” (Miyazaki, Japón, 2002), maravillosa producción animada muy circunscrita en la mística oriental, donde su personaje principal debe superar la barrera de su naturaleza mimada para sobrevivir en un plano dimensional donde la exquisitez plástica, la variedad cromática y las deidades japonesas son la norma; “La Máscara de los Sueños” (McKean, G.B., 2005), pictórica interpretación de los discursos anteriores que canaliza los esfuerzos creativos del magnífico ilustrador Dave McKean y su colega, el guionista Neil Gaiman, quien cumple con creces en este torcido cuento de hadas sobre una pequeña cirquera (Stephanie Leonidas), que debe encontrar la conciencia de su madre en coma en un mundo que semeja los delirios de un cubista; “El laberinto del fauno” (Del Toro, España, 2006), soberbia elucubración sobre la neutralización de la inocencia en medio de un enfrentamiento bélico, teniendo como único punto de escape la entelequia que provee la fantasía clásica; y “Coraline” (Selick, E.U., 2008), inspirado trabajo en stop motion donde el personaje titular contiende con los distorsionados reflejos de su núcleo familiar en una historia investida de truculencia y elegante ominosidad, aludiendo a los miedos primigenios de los infantes: tus padres no son tales y buscan tu destrucción.
Tales ejercicios cinematográficos no hacen más que validar lo que Carl Jung profirió en una ocasión: “La deuda que tenemos con la imaginación es impagable”. Por lo menos para estas niñas y los atentos seguidores de sus míticas andanzas, así siempre será.
Nota: Los títulos mencionados se encuentran en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán

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