Moshé Leher

Buscando, siempre, una solución del justo medio, para no ofender a nadie escribiendo por gusto y, Yahvé no lo quiera, provocando placer pecaminoso en algún lector desafecto, he decidido buscar temas que lejos de producir cualquier satisfacción en algún malvado capitalista neoliberal, sean causa de desasosiego; para eso, tenemos una larga tradición de una literatura pesimista.

No por nada soy un lector voraz de Ciorán, como lo fui, en su día, de Leopardi, de Kierkegaard (al que le entendí poco, para decir verdad), del incombustible Nietzsche, incluso del desolado Chestov, y etcétera, que no voy aquí a hacer una genealogía de un pensamiento pesimista; baste decir que me gustan aquellos que, con sus propias palabras, escribieron y profesaron lo que dijo Carlos de Orleans: yo estoy harto de la humanidad y la humanidad está harta de mí.

Por esta senda se me puede acusar de ser un ocioso, pero jamás que hago infames textos cuya finalidad es provocar sensaciones tan agradables como culposas.

Buscando un tema triste, lamentable y hasta desolador para mi artículo de hoy, me vino de perlas (como anillo al dedo, diría alguno), ver en la televisión un fragmento de esa comparecencia pública de Lionel Messi que, como un hombre roto que es, se derrumbó al explicar los detalles de su salida del Club Barcelona, víctima, según se cuenta, de la peor de las infamias.

Antes de eso, la noticia recorrió el mundo como una bomba, casi como si se anunciara que acababa de estallar la tercera guerra mundial, una noticia tan importante que dejó en segundo plano las jornadas últimas y la clausura de los fallidos Juegos de Tokio, y otros asuntos baladíes, tal el caso del informe de la ONU que habla de que los efectos catastróficos del cambio climático están a punto de causar una tragedia planetaria.

En el plano nacional el notición dejó en segundo o tercer plano el informe del Coneval que, palabras más o menos, nos dice que el presidente de ‘primero los pobres’, nos está llevando a todos a la miseria a pasos agigantados; lo que quiere decir que al aúlico tabasqueño le gustan tanto los pobres, que nos quiere a todos ídem.

Total, ¿quién piensa en esas tonterías cuando Messi sufre? He allí a Ecce Homo, roto de sufrimiento, partido en dos por la injusticia, por un sistema cruel que trata a las estrellas del deporte como si fueran esclavos traídos a fuerza de azotes del Senegal, ya no a las extenuantes minas caribeñas (Borges dixit), ni a las plantaciones de algún señorito sureño, sino a explotarlos como reses de exhibición en los campos de futbol (sobra decirlo, pero se los ruego: sin tilde).

He allí un humano quebrado por el fracaso: él quería despedirse en el club donde creció (en todos los sentidos), y la perfidia quiso que el pobre no cumpliera su deseo, lo que explica no sólo sus lágrimas, que son de lo más natural en sus circunstancias, sino el pesar planetario, pues se ve que junto al astro argentino su llanto es llorado por millones y millones de personas que se sublevan, y gimen, y patalean, ante tamaña injusticia.

Y eso que el señor argentino, que se sabe que es un genio en eso de llevar la pelota pegada al pie, un as del quiebre de cintura y un goleador ya mítico, no es que haya creado un sistema para potabilizar el agua del mar, una vacuna contra el cáncer, ni siquiera un tratado económico para erradicar la pobreza del mundo, pero hay que verlo, eso sí, dejando sembrados a los rivales y anotando esos goles suyos que un buen día, no sabemos cómo pero lo harán, salvarán al mundo de sus miserias.

Escribo esto y se me oprime el pecho, se me cierra la garganta, se me rompe la voz y tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para contener el amargo llanto que me anega mis ojos, so riesgo de no poder ni ver la tontería esta que estoy escribiendo.

Luego la coda: el pobre señor Lio se sube a su jet privado, se lleva a su esposa guapa y a sus hijos de anuncio de papilla Gerber, se va a París, se hospeda en un hotel que cuesta la noche lo que usted y yo ganamos en un mes o dos (en el caso de que tengamos un trabajo y un salario) y firma un contrato por el cual ganará creo que dos mil euros por minuto, esté jugando, entrenando, comiendo escargots o baboseando viendo la Torre Eiffel.

Esperemos que él, con eso, que peor es nada, pueda superar su tristeza, para que nosotros podamos seguir respirando.

¡Shalom!

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