Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Es de reconocer que el Instituto de Educación en el estado, con apoyo presupuestal y académico de la Secretaría de Educación Pública, ha estado ofreciendo a maestras y maestros, cursos de capacitación en línea para mejorar sus competencias docentes, con miras a propiciar aprendizajes más sólidos de los alumnos. Entre los últimos cursos ofrecidos están, por ejemplo, “Construyendo la cultura de la paz”, “Aportes de las neurociencias”, “Maestro formador para la vida” y “Adolescencia y resiliencia”, entre otros. Para estar en sintonía con los contenidos de estos cursos, hemos tratado de documentarnos al respecto para poder entender e identificar en qué aspectos de la práctica docente y cómo se están aplicando las ideas o las sugerencias pedagógicas de los cursos de referencia; y lamentamos decir que no vemos, con claridad, el uso de teorías novedosas; todo sigue siendo rutinario. Sinceramente deseamos equivocarnos en nuestras apreciaciones y que de alguna forma se den frutos deseados. De no ser así, serían cuantiosos los recursos empleados que no se aprovechan debidamente.

Estos cursos de capacitación, como los conocemos, tienen dos grandes limitaciones que ocasionan su desvanecimiento en el terreno de los hechos: por una parte, son temas que se les ocurren a dos o tres funcionarios en el cubículo, pero que no necesariamente son congruentes con lo que realmente necesita el maestro para modificar su práctica docente frente a los alumnos. Y si las maestras y maestros asisten a ellos es por interés a los puntos que les dan para la promoción individual, por el simple hecho de estar en los cursos y cumplir con algunas tareas burocráticas. La otra limitante, tal vez la mayor, está en el hecho de que los cursos no tienen seguimiento, nadie sabe si las ideas o sugerencias pedagógicas impartidas se están aplicando en la enseñanza. Tan sólo terminan los cursos y “que les vaya bien”. Suponiendo que los contenidos son innovadores, bien fundamentados, que aplicándolos pudieran transformar la educación, pero como a nadie le interesa seguirles los pasos y el destino de los cursos, se desvanecen hasta quedar en la nada. Ofrecer cursos simplemente por ofrecerlos, no tiene mayor sentido. Tan sólo es una forma de justificar el mal uso de los recursos.

Para que los cursos tengan éxito, que es lo que desean los docentes, la temática debe salir del salón de clases o de la forma de conducir la enseñanza por medios tecnológicos con los alumnos; de ahí donde la maestra y el maestro están batallando para que los educandos aprendan y aprendan bien; en otras palabras, en lo que puntualmente necesita el docente para transformar su práctica pedagógica. Y lo más importante: terminado el curso, los responsables del mismo o un grupo formado ex profeso, a partir del día siguiente deben visitar a los docentes donde prestan los servicios, una y otra vez, para llevar seguimiento y asegurarse que lo enseñado se está aplicando con los alumnos, pero también para corregir aquello que no está funcionando como se esperaba; y de ser necesario, que los responsables de los cursos o los integrantes del grupo formado ex profeso, pongan el ejemplo ante los alumnos de cómo se deben aplicar las teorías metodológicas sugeridas, hasta lograr que los docentes vean la efectividad de las nuevas ideas en la transformación de su práctica. Además, periódicamente se deben hacer evaluaciones para constatar avances, para verificar lo que funciona y para reorientar lo que no está dando resultados. Los hallazgos en las evaluaciones y en las visitas de observación deben reorientar y fortalecer los contenidos de los siguientes cursos, pues no se trata de repetir los mismos errores cada vez. Para todo lo anterior, ¿se necesitan más recursos? No, simplemente es cuestión de aprovechar, racionalmente, de lo que se dispone. No más, tampoco menos.