Luis Muñoz Fernández

Suponemos que la vida en la Tierra apareció hace unos 3,500 millones de años. Durante los siguientes 2,300 millones, las bacterias, humildes seres unicelulares, fueron sus únicos representantes. Desde entonces inventaron y probaron casi todas las reacciones químicas que utilizarían los seres vivos que vendrían después, incluyéndonos a nosotros mismos.

La idea de que las bacterias son siempre nocivas se debe en buena parte a una de las teorías médicas más influyentes de los últimos dos siglos: la teoría microbiana de la enfermedad, que propone que los gérmenes son la causa de distintas enfermedades.

Cada vez que hablamos de bacterias pensamos en infecciones. Siendo objetivos, la nuestra es una percepción muy limitada. Así lo consideraba Lewis Thomas, médico y escritor norteamericano, para quien las bacterias patógenas constituyen la excepción, y no la regla, en el mundo microbiano. A la mayor parte de las bacterias le somos totalmente indiferentes, aunque con aquellas que viven en nuestro cuerpo nos une una dependencia mutua cuya importancia hoy empezamos a conocer y valorar.

Llamamos microbiota a los microorganismos que alojamos en nuestro cuerpo y que nos acompañan a todas partes. La mayoría son bacterias, pero también hay hongos y virus. Son una parte normal e indispensable de nuestra vida y su número rebasa con mucho el de nuestras propias células. Sabemos que por cada célula humana (el número de todas las células de nuestro cuerpo ha sido difícil de calcular) tenemos de 3 a 10 células bacterianas. La mayoría habita en la superficie del intestino, pero las podemos encontrar en otros muchos sitios: la piel, el árbol respiratorio, las vías urinarias, el aparato genital, etc. Su estudio se ha vuelto en la actualidad uno de los campos más activos de la investigación biomédica.

Simple y sencillamente no podríamos vivir sin la microbiota. Su existencia influye de manera determinante en aspectos tan diversos de nuestro cuerpo como el desarrollo y la adecuada operación del sistema defensivo (el sistema inmunológico), la digestión, muchas de las reacciones químicas que forman parte del metabolismo corporal, el desarrollo y funcionamiento cerebral y la salud mental. Por extraño que nos parezca, hoy se habla ya de un eje intestino-cerebro y de la relación que tienen las bacterias del colon con la aparición de ciertos trastornos mentales.

Vistas las cosas así, tenemos que admitir que, al igual que las colonias de hormigas, que juntas actúan como un solo organismo, los seres humanos estamos formados por colonias de células eucariotas (los tejidos) y colonias de células bacterianas (la microbiota), que interactúan entre sí de manera compleja para lograr ese estado de funcionamiento óptimo llamado salud corporal. Al igual que las colonias de insectos sociales, cada ser humano es un súper organismo.

Desde luego que no somos solamente eso, pero si no fuese por las bacterias no estaríamos aquí. Las bacterias se han encargado de la vida en la Tierra desde mucho antes de que nuestros ancestros bajasen de los árboles para caminar erguidos por el Gran Valle del Rift y emigrar hasta poblar todos los confines del planeta.

 

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