Luis Muñoz Fernández

En primer lugar está la razón. La razón no es negociable. Tan pronto como te dispones a discutir sobre el porqué debemos vivir (o sobre cualquier otra pregunta), a medida que insistes en que tus respuestas, sean las que sean, son razonables, justificadas o verdaderas y que los demás deben creerlas, también tienes que comprometerte con la razón y someter tus creencias a estándares objetivos. Si los pensadores de la Ilustración tuvieron algo en común, fue su insistencia en que apliquemos rigurosamente el criterio de la razón a la comprensión del mundo y que no caigamos en manos de las fuentes del engaño como la fe, los dogmas, la revelación, la autoridad, el carisma, el misticismo, la adivinación, las visiones, las corazonadas o el análisis hermenéutico de textos sagrados.

Steven Pinker. Enlightement now. The case for reason, science, humanism and progress, 2018.

En el fondo de la discusión que ha suscitado la iniciativa para modificar los Artículos 2º y 4º de la Constitución Política del Estado de Aguascalientes, cuyo propósito es el reconocimiento del derecho al respeto a la vida de la persona desde su inicio en la fecundación y hasta su culminación en la muerte natural, se encuentra la idea misma del alma humana y el momento en el que entra al cuerpo. Puntos ambos que gravitan sobre la penalización o la despenalización del aborto.

Todos sabemos que este tema tiene muchas facetas, algunas de mucho peso en una sociedad como la nuestra que, aunque desde el punto de vista nominal es mayoritariamente católica, también está compuesta por personas con diferentes creencias y puntos de vista. Además del religioso, que pareciese monopolizar el tema, existen en este asunto otros aspectos entrelazados con los dogmas eclesiásticos. Incluso aspectos científicos, tanto embriológicos como neurobiológicos.

Aunque parece que el tema, centrado en la idea cristiana del alma, no tiene que ver con la ciencia, en realidad no es así. La entrada del alma al cuerpo tiene estrechas relaciones con la historia de nuestras concepciones sobre el desarrollo embrionario (la historia de la embriología) y la existencia misma del alma hoy se relaciona muy cercanamente con nuestros conocimientos sobre el cerebro y la mente.

Un ejemplo más de la pugna entre la religión y la ciencia por definir la realidad que, de acuerdo a la experiencia histórica (Copérnico, Galileo, Darwin y un largo etcétera), suele acabar perdiendo aquella. A pesar de los más de dos mil años transcurridos, la Iglesia parece no haber entendido del todo que la realidad biológica, que es el sustento primario de la legislación civil, no debe ser objeto de sus desvelos: “zapatero a tus zapatos”. O dicho en palabras Mateo el Evangelista: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Una espléndida panorámica sobre el particular, cuya lectura recomendamos ampliamente, es la que nos presenta Gustavo Ortiz Millán, doctor en filosofía y miembro del Colegio de Bioética, en su artículo ¿Cuándo entra el alma al cuerpo?, publicado recientemente en la Revista Theroria del Colegio de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. El lector interesado puede obtenerlo de la Internet en el siguiente enlace:

http://ru.ffyl.unam.mx/bitstream/handle/10391/7377/Theoria_32_2017.pdf?sequence=1&isAllowed=y

El doctor Ortiz Millán empieza señalando que el debate entre quienes sostienen que el alma entra al cuerpo desde el momento de la concepción (o de la fecundación) y quienes piensan que la entrada ocurre tiempo después, data de los principios del cristianismo. Puede resultar sorprendente saber que la misma Iglesia católica no siempre tuvo la misma opinión que hoy sostiene como su postura oficial, es decir, que el alma entra al cuerpo desde el momento mismo de la fecundación, la llamada animación inmediata. Personajes tan destacados de la historia y filosofía eclesiásticas como San Agustín y Santo Tomás creyeron que la entrada del alma al cuerpo no era inmediata, sino que ocurría un tiempo después de la fecundación. Ya Aristóteles había afirmado que el alma humana entraba al cuerpo hasta que éste tenía una forma reconociblemente humana. Según él, el alma del hombre entraba a los cuarenta días y el alma de la mujer hasta los ochenta días. Una afirmación que hoy tacharíamos de machista, aunque no debemos juzgarla con los criterios actuales.

Para San Agustín el alma no podía vivir en un cuerpo sin forma. El doctor Ortiz Millán cita estas palabras del padre de la Iglesia: “no se puede decir que haya un alma viviente en un cuerpo que carezca de sensación cuando no está formada la carne y por ello aún no está dotada de sensibilidad”.

Y cita asimismo a Santo Tomás quien, siguiendo a Aristóteles, expone en su Suma Teológica que el alma tiene tres partes: la vegetativa (que se relaciona con la nutrición y la reproducción), la sensitiva (cuya función es la percepción y la imaginación) y la intelectiva o racional, que le confiere valor y dignidad al ser humano. Las dos primeras las comparte el ser humano con el resto de los seres vivos y la tercera es la propiamente humana. Para Santo Tomás, entran al cuerpo en diferentes momentos del desarrollo embrionario: con la concepción entra el alma vegetativa, después aparece la sensitiva y, finalmente, cuando existen las condiciones corporales apropiadas, hace su entrada el alma intelectiva o racional.

¿Cuáles son esas condiciones corporales apropiadas? En la época de Santo Tomás los conocimientos embriológicos eran muy limitados, básicamente los que había expuesto el propio Aristóteles muchos siglos antes en su Generatione Animalium. Siguiendo los razonamientos de Tomás de Aquino, Dante Alighieri afirmó un siglo después que el alma entraba en el feto cuando había alcanzado cierto desarrollo cerebral. Así, la animación no era inmediata, sino retardada.

A pesar de los siglos transcurridos, esta forma de animación retardada guarda sorprendentes paralelismos con los conocimientos actuales del desarrollo del sistema nervioso, aunque hoy la idea del alma tiene un uso más restringido y ha sido en buena parte desplazada por el concepto de la mente, que en estos tiempos ha asumido varias de las propiedades que antaño se atribuían al alma. Sabemos hoy que las facultades mentales (que determinan el inicio del estatus jurídico de persona) empiezan a establecerse entre las 22 y las 24 semanas del desarrollo intrauterino, cuando se desarrolla la corteza cerebral y se establecen las conexiones neuronales que permiten la generación y la transmisión de las sensaciones.

Se entiende entonces que en el contexto de la animación retardada (o del desarrollo relativamente tardío del sistema nervioso), la práctica de un aborto durante las primeras semanas de la gestación no sólo no tendría sustento para ser considerada un delito, sino que se debilitaría sustancialmente el fundamento para mantenerse como pecado.

Fue hasta el siglo XIX cuando la Iglesia católica fijó la postura oficial frente al aborto que ha mantenido hasta la actualidad. En 1869 Pío IX, en su encíclica Apostolica Sedis, hizo la primera condena institucional del aborto que se basaba en el preformacionismo, una manera de entender el desarrollo embrionario de los seres vivos que tuvo su origen en las ideas del filósofo y teólogo francés Nicolas Malebranche (1638-1715) y los trabajos del anatomista y zoólogo holandés Jan Swammerdam (1637-1680).

El preformacionismo pregonaba que el ser humano completo existía ya en forma diminuta dentro del óvulo (ovismo) o del espermatozoide (espermismo). Así, el desarrollo intrauterino consistía solamente en un gradual aumento de tamaño hasta alcanzar las dimensiones necesarias para venir al mundo. Si el ser humano por nacer ya existía completo en el óvulo o en el espermatozoide, era lógico suponer que ya contaba desde entonces de su propia alma, lo que convertía en un asesinato su eliminación mediante el aborto, por temprano que éste fuera. Sin embargo, la ciencia moderna de la embriología ha descartado por completo los postulados preformacionistas. Los seres diminutos que creyeron observar sus partidarios fueron fruto o bien de la mala calidad óptica de los microscopios que emplearon, de una interpretación deficiente de lo que observaron o, simplemente, surgieron de su imaginación y en especial de sus prejuicios, cuando sometieron sus observaciones al filtro de sus creencias religiosas.

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