Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

1999 fue para mí un año mágico, porque en aquel tiempo inicié una actividad que no he dejado de llevar a cabo hasta la fecha, aunque con diversas intensidades, en ocasiones solo, y frecuentemente acompañado de Armida, Mi dulce compañía; mi esposa; una actividad que me ha dejado grandes satisfacciones.

Confieso que hasta ese momento fui alguien que sabía muy pocas cosas de lugares que no fueran la Ciudad Estado de Aguascalientes, y que de Cosío sólo conocía lo que se alcanza a ver desde la autopista, cuando va uno rumbo al norte. Hasta ese año, señora, señor: fui de los que agradeció la construcción del libramiento de Rincón de Romos, que ya no obligó a los viajeros a pasar por mero en medio del poblado, pero que cuando debió hacer esto último, no se le ocurrió siquiera bajarse del vehículo ahí en la explanada que existe entre el mercado y el templo, para saludar al Señor de las Angustias, que ni siquiera sabía que existiera ni nada; nada de nada. Menos su historia, la Madre Chepita, su fiesta, su recorrido por la ciudad, y muchas cosas más…

De esos era yo, pero he cambiado; me he redimido. Ahora me incomoda la expresión “municipios del interior”, tan del gusto de algunos reporteros, y me siento más a gusto con aquella otra: “Aguascalientes profundo”, que parafrasea la de Guillermo Bonfil Batalla.

En fin. Desde luego estoy hablando del Descubrimiento de Aguascalientes -el término es exacto-. Entonces comencé a conocer el estado, recorrerlo; experimentarlo… Observar su naturaleza, sus ciudades y pueblos, los espacios urbanos, la arquitectura, la gente… Nosotros, la gente de Aguascalientes.

El 17 de mayo de aquel año Aída Rangel Rodríguez, que entonces se desempeñaba como directora de la Casa de la Cultura de Tepezalá, me llevó a Puerto de la Concepción, que celebra en esa fecha su fiesta principal. Entonces me presentó a la señora Pascuala Jáuregui, que era, a no dudarlo, una de esas mujeres que ahora llaman pomposamente empoderada, o emprendedora, o promotora cultural. Yo digo que era luchona, y ahí le dejo…

Pascuala animó la danza de pluma de ese lugar, una de las más interesantes de entre las que existen en Aguascalientes -uno de sus hijos es quien dirige al grupo-; preparó el mole para los danzantes, organizó el viacrucis, la pastorela, fue cantora de alabados, esos himnos que sirven a las almas para abandonar más cómodamente los cuerpos… Además anduvo en la política… Creo que hasta fue dirigente seccional del PRI, y cuando arribó la democracia a Aguascalientes, pagó las consecuencias de su militancia: siendo intendente de una escuela, fue despedida, aunque luego regresó, etc. A propósito de esto último la recuerdo por una frase que pronunció cuando me contó sobre esto. En esa ocasión acusó al presidente municipal en turno de favorecer sólo “a los de su contento”, a sus amigos, pues; a sus favoritos.

A partir de aquella fecha visité con alguna frecuencia Puerto de la Concepción, y a doña Pascuala. En 2000 fuimos al viacrucis Mi dulce compañía y este servidor de la palabra que intento ser. Quizá fuera este el más humilde de entre los que hemos participado, con las imágenes del viacrucis que encuentra uno en prácticamente todo templo, diseminadas por el campo: Jesús encuentra a su madre entre nopales y huizaches, y así las demás estaciones de la vía dolorosa. Me acuerdo que en verdad fue un viacrucis subir al cerrito de la cruz del rancho, una lomita al oriente del poblado, así de empinada, mire: así…

Ese viernes santo, en pleno calorón de abril, el día 21, Pascuala nos invitó a comer en su casa. Ahora mismo la recuerdo, sentados Mi dulce compañía y yo en la fresca penumbra de su cocina, en el fondo de una casa de piedra, el gran patio atiborrado de macetas y algún árbol; la recuerdo, digo, afanándose en el fogón, contándonos cosas de su vida y de la del pueblo; del desafío que significaba vivir en la pobreza, en ese lugar perdido “entre cerros”, según significado que le atribuye a la palabra Tepezalá el doctor Víctor Solís.

Yo no sé qué tan excepcional fuera esta mujer que me parece excepcional; desde luego no la conocí lo suficiente como para afirmar semejante cosa. A lo mejor en Puerto de la Concepción hay 10, 100 mujeres como ella, y como ocurre con todos y cada uno de nosotros, que no somos monedita de oro, tal vez no faltarán quienes no la consideraran, como decía ella, de su contento. Yo no sé, pero en todo caso su carácter; su forma de ser expansiva, su disposición a la convivencia, invitaban a la expresión de la vida; de una vida a veces gozosa, a veces dolorosa, pero siempre palpitante, siempre con un optimismo invencible.

Doña Pascuala ya no está… La mañana de navidad del año pasado amaneció su cuerpo vacío, su mirada fija en el infinito, pero sus ojos apagados por el soplo inmisericorde de la muerte; para ella sólo quedó el silencio, y más temprano que tarde, el olvido, tal y como nos ocurrirá a todos.

Por eso le dedico estas líneas hoy, que es su cumpleaños; hoy que se celebra la fiesta de san Pascual Baylón, un santo aragonés que vaya usted a saber cómo fue que llegó a este rancho enclavado en la Sierra de Tepezalá, para ser objeto de una fiesta muy principal en Puerto de la Concepción.

Ésta será la primera celebración del rancho en que ella no esté en el triángulo donde se hace la dancita, entre el templo y el salón ejidal, al lado de la Casa de Salud, vendiendo sus tacos de carne con harta cebolla y chile, y observando que la danza se desarrolle conforme a una tradición que data de tiempos anteriores a su propio nacimiento, y que continuará después de su muerte, amén. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).