Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

O la entomología imposible en la vitrina fílmica

“La selección natural es una fuerza siempre dispuesta a la acción y tan inconmensurablemente superior a los débiles esfuerzos del hombre como las obras de la naturaleza lo son a las del arte”. Las palabras de Charles Darwin no son tan sólo concluyentes en su postura evolutiva sobre el origen de las especies versus la generación espontánea por designios divinos de la vida, pues curiosamente vaticinaban además la peculiar represalia que la fauna natural emprendería contra la humanidad en la prolífica ficción que desde su simiente literaria hasta su progenie cinematográfica ha fertilizado el imaginario colectivo, ya que es tan sólo a través de estos medios fabulescos que la biología invertebrada ha tenido una oportunidad de encarar al hombre, su más grande adversario, en términos ventajosos, pues ahora sus insectoides miembros pueden aplastar a la humanidad después de eones donde la actividad contraria es el cotidiano para cualquiera que sufra aversión a los bichos. Cuando Darwin profetizaba que el resultado en la batalla especicista sería de aquella que emergiera como la más fuerte, jamás imaginó que las reglas naturales se verían trastornadas por el aumento de tamaño a dimensiones colosales de aquellos seres que iniciaron su existencia como los más minúsculos mediante un factor esencial en la creación de fantasías comunitarias: el miedo del ser humano a la pérdida de control, ya que ¿Cuánto puede tener de ello si debe vencer a una araña de 60 metros? El campo de batalla por el derrocamiento de uno u otro organismo es una pantalla que atrapa al espectador ante esta suerte de David contra Goliat a la inversa y adversa, pues si el pequeño vence al grande, significaría el fin de nuestro mundo como lo conocemos.
La aparición de bichos monumentales en el cine logró colarse entre los subgéneros del híbrido ciencia ficción-terror que han gozado más favor del público debido a que versa sobre elementos universales que cualquier puede decodificar: el pavor general que produce un insecto de tamaño natural maximizado en proporción directa al aumento de su tamaño y a su vez la subyacente narrativa ecologista que permea cualquier relato sobre una naturaleza desbocada que, generalmente por descuido humano, logra alterar sus dimensiones y subsecuentemente tratar de recuperar su ecosistema de los ahora intrusivos minúsculos hombres y mujeres que deben sobrevivir a su ataque. Cuando la bomba atómica y sus efectos detonaron no sólo isótopos radioactivos, sino la imaginación especulativa de varios durante la década de los 50’s, el agigantamiento de diversas clases u órdenes de invertebrados fue la metáfora perfecta para sintetizar el creciente miedo y recelo que a la división descontrolada del átomo tenía la población mundial, por lo que las pestes gargantuescas no sólo castigaban la osadía de nuestra raza por entrar en dominios desconocidos envueltos en bandera científica, sino proyectaban la primordial aprensión hacia “lo otro”, todo aquello que definitivamente no luce como uno. Y por ello algunas de estas cintas son genuinos clásicos, como es el caso de “La Humanidad En Peligro” (“Them”, Douglas, E.U., 1955) y “Tarántula” (Arnold, E.U., 1957), ambas dirigidas con seriedad y corrección narrativa y un énfasis en la explotación del miedo que genera el tener frente a frente algo que destila indiferencia por nuestro bienestar para únicamente encontrar una ominosa negrura en forma de ojos hexagonales que vaticina nuestra destrucción. Otras producciones destacadas son: “El Monstruo Alado” (Juran, E.U., 1957), donde una mantis religiosa pone en jaque a la milicia; “El Escorpión Negro” (Ludwig, México-E.U., 1957), una peculiar coproducción donde el monstruo titular emerge de un volcán en el desierto de Durango y así obsequiarnos con una de las pocas amenazas arácnidas -o de cualquier clase- de gran presupuesto y respaldada por un gran estudio (la Warner); “El Monstruo Que Retó al Mundo” (Laven, E.U., 1957), una entretenida cinta que presenta a unos grotescos miriápodos que brotan de la profundidad del mar, con unos eficientes efectos especiales y actuaciones decorosas. Aun si la novedad comenzó a disiparse al terminar la década de los 50’s y la fórmula que constituía la mayoría de las bases argumentales de las cintas -militares combaten a las criaturas mientras la bella hija del científico en turno que pudo o no ser responsable de los titánicos bichos pero indudablemente tiene la clave para detenerlos, es rescatada constantemente por algún apuesto soldado, el héroe de la película- sofocó la creatividad de las mismas al punto de volverlas un cliché y una burla, el fenómeno fílmico logró fecundar numerosos vástagos en las décadas subsecuentes, culminando con los insufribles subproductos de infamias como el SyFy Channel o la productora Asylum.
Usted podrá detener a la plaga que tiene en casa con matamoscas en mano, pero una cosa es segura: el aprecio del público por los bichos apoteósicos no se detendrá ni con todo el insecticida del mundo. Darwin debe estar sonriendo en alguna parte.

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