Carlos Reyes Sahagún
 Cronista del municipio de Aguascalientes

Yo me acuerdo de cuando, como escribiera Eduardo J. Correa, la ciudad de Aguascalientes estaba circundada con un “cinturón de esmeralda”; un verdor que le rodeaba “el talle como una caricia”, pero no por las huertas a las que el santo patrono de los cronistas de Aguascalientes se refirió, sino por la cantidad de viñedos que existieron, tantos que uno podía venir a la ciudad, comenzar a ver a los lados de las carreteras, y saber que se estaba a punto de llegar. Probablemente a los jóvenes les asombraría saber que lugares como la gran avenida de Aguascalientes; la avenida de moda, la Luis Donaldo Colosio, fue en el pasado un camino de ida y vuelta, limitado por viñedos, y que donde hoy está el centro comercial Galerías, prácticamente hasta la Avenida Aguascalientes, fue un gran viñedo con un arco blanco como entrada y la palabra Vides clavada en uno de los soportes –de hecho enfrente hay una gasolinera cuyo nombre evoca el cultivo. También los hubo en donde hoy está la Ciudad Industrial, al sur de la capital, y el Parque Industrial del Valle de Aguascalientes, etc.
Me acuerdo también que en aquel tiempo, en la época de oro de la producción de uva; en el verano, muchas casas se quedaban sin servidumbre, porque todo el mundo se iba al corte. Finalmente, recuerdo también los textos que en los meses de la vendimia publicaba el siempre recordado periodista Mario Mora Barba, el más ilustrado de quienes se hayan dedicado a esta profesión, incluso hasta hoy en día.
En fin. Escribo lo anterior porque el pasado jueves 23 de febrero se presentó en Ciudad Universitaria el libro El paraíso perdido. Historia vitivinícola y Feria de la uva en el Aguascalientes del siglo XX, de la autoría del doctor Luciano Ramírez Hurtado, y publicación de la Universidad Autónoma de Aguascalientes.
Apadrinaron el volumen Daniel Eudave Muñoz, José de Jesús Luna Ruiz y María del Carmen López Sánchez, en tanto la función de moderación fue ejercida por Andrés Reyes Rodríguez.
En verdad el doctor Ramírez tiene un gran cartel, dado que el auditorio estuvo pletórico, no sólo de estudiantes y profesores interesados en el tema, sino también de gente relacionada con esta actividad, ex reinas de la Feria de la Uva, ex embajadoras, productores, servidores públicos.
Pero además este libro llena un vacío a propósito de una actividad que fue muy importante para Aguascalientes, considerando las más de 13,000 hectáreas del Valle de los Romeros cultivadas con el, como se escribía en la prensa de los años 50, fruto bíblico; una actividad de la que muchos tenemos todavía recuerdos y a la que probablemente no se le había otorgado la atención que merecía, dada la abrumadora importancia que tuvo entre nosotros el ferrocarril; su presencia en prácticamente todos los sectores sociales, pero no habría que olvidar que en su momento, y dada su importancia económica, la vitivinicultura fue la actividad agropecuaria más importante de Aguascalientes, y sus empresarios, el grupo económico organizado y quizá político, más relevante.
El texto ofrece un repaso de esta actividad prácticamente desde el inicio de la época virreinal, pero se concentra en el periodo de auge, en las décadas de los años 50 y 60 del siglo anterior, y sigue hasta la decadencia, no sólo de la Feria de la Uva, sino de la actividad económica, la problemática relacionada con el agua de Sinaguas, las plagas y enfermedades, el grado de dulzura de las uvas locales, la falta de apoyos, etc.
A propósito del tema del agua y la viticultura, José de Jesús Luna Ruiz llamó la atención sobre el hecho de que Aguascalientes se encuentra en una zona árida, más cerca del desierto que del vergel, y no en la zona mediterránea del mundo –o en el hemisferio sur, en Chile, Argentina, Sudáfrica–, que es la más propicia para el desarrollo de la vitivinicultura, y cómo impactó esta situación a la actividad.
En efecto, en Aguascalientes la estación veraniega es lluviosa, lo que va en detrimento de la concentración de azúcar que el fruto debe tener para ser propicio para la elaboración de vinos. En contraste, la viticultura requiere de agua en una época en que en nuestra región no la hay, o resulta por demás insuficiente, en una situación que en última instancia propició la decadencia, junto con otros factores, como la apertura de los mercados internacionales, etc. Por mi parte agregaría que tal vez en algo haya influido nuestra pobre cultura de consumo de vino, de tal forma que a la hora de comer, en lugar de una copa de vino, en el peor de los casos, preferimos un refresco.
Incluso hoy en día, en que el consumo de vino se ha incrementado de manera notable, que los principales supermercados tienen una sección dedicadas a estos productos, bastante bien surtida, y que cualquier restaurante mínimamente respetable ofrece una carta de vinos; incluso con estas facilidades, para mucha gente este asunto de tomar vino es cosa de ricos, o una práctica considerada como extraña, ajena a las costumbres y tradiciones locales.
Ramírez Hurtado aborda el tema de la vitivinicultura desde una perspectiva integral, que rebasa con mucho lo puramente económico, de tal manera que, en palabras del doctor Daniel Eudave, el volumen ofrece información que bien daría pie para la escritura de una novela. Por cierto que Eudave se refirió a la importancia de la difusión del trabajo de investigación que se realiza en la universidad, en función de contribuir a incrementar el conocimiento que como sociedad tenemos de nosotros mismos, y contar con mejores asideros en el momento de la toma de decisiones que pueden tener un impacto socioeconómico, particularmente en este momento, en que la actividad está teniendo cierto repunte.(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).