Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

15 de septiembre de 2019. Allá arriba, en La Congoja, San José de Gracia es entronizada una nueva imagen de la patrona del rancho, la Virgen de la Asunción.

Terminada la celebración litúrgica, muchas personas se acercan al altar para tomarse una foto con la imagen. El desfile de personas es inagotable. Unos posan muy serios, otros sonríen discretamente, y tampoco faltan aquellas que proyectan una leve expresión de incomodidad, como si les molestara ser, por un momento, el centro de atención de todo este público de la gente.

Observo la escena con mucho interés, y también con una gran extrañeza, yo, que realizo una parte de mi trabajo académico con imágenes. Me anima el deseo de comprender los mecanismos de esta atracción, tan profunda e irracional que sentimos por las imágenes, tanto como por ciertos símbolos, una atracción tan antigua como la ocasión en que el pueblo de Israel, peregrino en el desierto que sintiéndose abandonado por Moisés y por Dios, se mandó hacer un becerro de oro. Me llama la atención el mecanismo según el cual un trozo de materia trabajada para formar esta imagen de doña Mariquita de la Asunción, se convierte en receptor de culto; un objeto mágico que impulsa a estas personas a tocarla como si se tratara de un amuleto; algo así.

¿Qué voy a saber de estas cosas?, pero a mí la escultura me gusta, pese a que en mi inútil opinión algunos elementos fueron resueltos un tanto burdamente, y sin embargo se trata de un conjunto agradable a la vista, y evocador del misterio que celebra.

En fin, que me interesó saber algo sobre esta obra, quién la realizó, donde, cuando… Así que a la salida busqué al sacerdote para hacerle alguna pregunta. Pero resultó que al terminar la misa el párroco anunció que todos estábamos invitados a merendar.

En verdad os digo que solo en los pueblos de Aguascalientes lo convidan a uno a comer con una confianza conmovedora, sin siquiera conocerlo; sin tener la certeza de que es uno gente de bien, y no un malandrín, como abundan en estos lares…

Y ahí vamos todos, no uno ni 10 ni 100… A ojo de buen cubero éramos unas 300 personas, cómodamente instaladas en mesas colocadas en una explanada del tamaño de un par de canchas de baloncesto, debidamente cubiertas con una velaría.

¿De dónde habrá salido tanta gente?, porque dudo que esté aquí toda la población de  La Congoja. Por ejemplo nuestras vecinas de mesa proceden de Rancho Viejo y Potrero de los López, aquí, abajito, y hay gente del Temazcal, en Calvillo, al otro lado de la Sierra Fría, y de otras rancherías de los alrededores. He aquí una magna reunión que no fue anunciada en ningún medio de comunicación formal, es decir, radio, periódicos, televisión, de la Ciudad Estado, y sin embargo la información circula, y circula bien, para convocar a toda esta gente; una maravilla.

En uno de los extremos de este lugar hay una mesa donde un grupo de mujeres -siempre las mujeres- sirven abundantes porciones de birria, arroz, frijoles y nopales, que surgen de grandes ollas, en una escena que me recuerda la multiplicación de los panes y los peces, y las reparten entre los comensales. Para que todo eso baje debidamente, se distribuyen también tortillas y agua de horchata, esta última servida por unos jóvenes,  y si se acaba el blanco líquido de las jarras, no importa: en el suelo esperan 9 garrafones de 20 litros.

Al lado de este lugar un conjunto de alientos de música grupera ameniza la velada. Es la “Banda Pueblo Viejo”, supongo que procedente de San José de Gracia, y entre pieza y pieza el vocalista, cuya voz me recuerda al de la banda Jerez, manda saludos, se para el cuello, se pone coqueto y anuncia la que sigue, y sigue y sigue…

En otro extremo de la cancha 10 pasteles están sobre otras tantas mesas, a la espera de ser dulcemente ejecutados. Tienen forma de cuadro, y encima, sobre el forro, a la derecha la leyenda en pasta amarilla escrita con lápiz decorador con una caligrafía envidiable, de día de fiesta: “Bienvenida, Madre Mía”, y del lado izquierdo una fotografía de la imagen de Aguascalientes. En los bordes de estos dulces panes, trazadas con líneas de una esbeltez que también envidio, hay una serie de guirnaldas en líneas azules y blancas, así como flores de los mismos colores.

Toca al señor coadjutor partir el primer pastel, para que comience la distribución postrera. Hace un rato que me acerqué al hombre y le dirigí mi palabra inútil, en busca de información sobre la manufactura de la imagen que celebramos con semejante banquete. El sacerdote me sonrió y me dijo: “espéreme un ratito”, algo así me dijo, y ahí estuve, sin perderlo de vista, a la espera de la revelación. Su petición resultaba comprensible teniendo en cuenta sus idas y venidas, viendo que todo transcurriera como estaba planeando, pero algo en su lenguaje corporal me dijo; algo, que no pensaba decirme nada, y la noche se venía encima. Así que al grito de “¡La manga!, nos fuimos de la reunión, yo con un sentimiento agridulce, en donde lo dulce fue semejante hospitalidad y manga ancha, y lo agrio el joven sacerdote, que había sacado su capote y me había toreado.

Desde luego que esto no se quedó así, aunque por lo pronto sí. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).