Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Los bochornosos hechos en los que los no-granaderos violentaron a los sí-alcaldes de la Ciudad de México, mostrando claramente el talante de la 4T (léase Andrés Manuel López Obrador) frente a todo aquel que le critique, cuestione o confronte, me hizo recordar un cuento, más o menos popular en España en los primeros años post-Franco, que retrataba o pretendía hacerlo el temperamento mexicano. Se encuentran Pancho y Chema afuera del rancho mientras un grupo de rancheros platica a la entrada del establo.

– ¿Quihubo Pancho?-

– Quiubo Chema, ¿Qué milagro?-

– Pasaba por aquí, Pancho, pa’ que me presentes a tu familia-

– Pos mira Chema, allá está mi apá con sus amigos –

– ¿Cuál es? –

– El del sombrero –

– Todos traen sombrero –

Pancho saca la pistola, apunta al grupo y dispara.

–  El que se está doblando Chema, ese es mi apá –

Una caricatura a la que en buena parte contribuyó el cine nacional con el estereotipo machista y valentón, borracho y pendenciero, de charro mexicano, retratado en los corridos y sublimado en las películas de la llamada época de oro del cine. Estereotipo que lamentablemente todavía permea y se conserva, a veces, sin una clara idea de algunas de sus manifestaciones. En el jarabe tapatío, por ejemplo, el remate en el que la mujer se agacha a recoger el sombrero que el hombre puso en el piso y éste pasa la pierna sobre ella, es un signo del derecho de pernada que tenía el hacendado sobre las mujeres de su hacienda, trasunto del ius prima nocte de los señores feudales, el derecho de pasar la primera noche con la desposada que pertenecía a su feudo.

Quizás sean detalles anecdóticos pero que han alimentado comportamientos que, para mal, veíamos como pintorescos, como naturales y hasta como expresión de nuestra nacionalidad.

Para bien han desaparecido muchos de esos comportamientos, pero ha perdurado la violencia y las expresiones violentas, que si son reprobables en la vida cotidiana, perseguibles en los grupos de la delincuencia organizada, son totalmente inaceptables en la autoridad, menos aún en la que pregona haber dejado atrás los atavismos del pasado.

Las imágenes no mienten. Los alcaldes electos pretendieron llegar al Congreso de la Ciudad de México tempranito, antes de que iniciara la última sesión de esa legislatura, para presionar y tratar de evitar modificaciones a la ley que restringiría las competencias, las atribuciones y los haberes de las alcaldías. Al frente una mujer, alcaldesa, valiente y de carácter. Los no-granaderos, uniformados y armados con un atuendo mezcla de tortuga ninja y robocop como el que usaban los sí-granaderos de antes, cerraron el paso al contingente y cuando estos, inermes, pretendieron abrirse paso para llegar al Congreso, surgió la respuesta violenta, los golpes con los escudos, uno de ellos abrió la nariz de la alcaldesa que iba al frente, los “toques” con “chicharras” cuyo uso estaba proscrito cuando existía una Comisión Nacional de los Derechos Humanos (lo que existe hoy es una fachada en que despacha una pobre ignorante sometida a la voluntad presidencial) y que ahora portan impunemente, la preparación y el entrenamiento que por sí solos dan ventaja y el uso de armas de las que no se les puede despojar: llaves, técnicas, golpeo, etc., finalmente se logró la disuasión momentánea.

Peor que el bloqueo, los golpes, el impedimento de acceso a un sitio público, fueron las peregrinas explicaciones de las autoridades. El secretario de Gobierno de la CdMx, en su tiempo especialista en actos violentos, manifestaciones, plantones y grupos de choque, dijo que nunca se pretendió impedir el paso y que en todo caso “Hubiera bastado una llamada para que él les autorizara el paso” ¡Leyó usted bien! Si usted es alcalde y quiere ir al Congreso de la CdMx debe llamarle al Srio. de Gobierno para que ordene a sus no-granaderos que le permita el paso.

La explicación de la regente fue todavía más desafortunada. La presencia de los grupos de choque policíacos se debía a que están vigilando para que las fiestas de la Independencia se lleven a cabo con toda tranquilidad, para que los ciudadanos puedan disfrutar sin contratiempos de los derechos que nos garantiza la Constitución. ¿Será? ¿Libre tránsito? ¿Derecho a protestar? ¿Derecho a manifestarse? Etc.

De todos es sabido que la carrera de AMLO ha sido marcada por la violencia, la ejercida por él y la que él dice haber sufrido. Mucho más clara la primera que la segunda. Dejemos de lado los aspectos meramente personales que se le atribuyen y que asumo como desgracias que a cualquiera pudieran haber pasado. Pero sus comportamientos han sido violentos, desde los bloqueos y atentados contra los pozos petroleros, hasta la violencia verbal que ejercita un día sí y otro también contra quien ose apartarse de la sumisión abyecta y total a sus ocurrencias y a sus mandatos.

El bloqueo al Paseo de la Reforma tuvo todas las características de un acto violento que merecía la respuesta firme de la autoridad, ante la comisión flagrante de un delito. No hubo justicia, menos aún represalia. El desacato abierto a la orden del Poder Judicial Federal, fue sin duda una actitud violenta de AMLO siendo jefe de Gobierno del D.F., nuevamente impune por la tibieza o el temor de la Presidencia de la República que permitió el comportamiento ilegal y violento del jefe de gobierno.

Ahora la 4T (el Gobierno de la República), el presidente al frente ha administrado la violencia como una forma o recurso de gobierno. La violencia del crimen le viene bien al presidente, el temor mantiene al pueblo, por decirlo con una expresión popular “azorrillado”, pero las audiencias selectivas, la protección privilegiada, la descalificación tajante, la condena inapelable, la difamación sin oportunidad de respuesta, la calumnia alevosa, premeditada y ventajosa, etc., son formas de violencia que todos los días el Gobierno de la República ejerce desde su posición privilegiada y desde la coraza del fuero, (una de las más grandes mentiras del presidente es que desapareció el fuero presidencial).

Lo que hace la mano hace la tras, sentencia el dicho de popular, ¿qué de raro tiene la prepotencia de cualquier autoridad cuando el presidente se comporta así? El maltrato a los migrantes, la represión a los alcaldes, la restricción de apoyos, la disminución de participaciones, la negativa a proporcionar medicinas, la cerrazón para escuchar, la nula disposición al diálogo, las pequeñas y grandes venganzas de todos los días muestran lamentablemente, los complejos, los rencores, la reconcomía de quien pregona “Mi fuerte no es la venganza”…

Dime de qué presumes y te diré de qué adoleces.

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