Jesús Eduardo Martín Jáuregui

( Transporte público.- Hace casi sesenta años viajé de Monterrey a San Antonio, Texas. Además de un paseo en elefante en el zoológico, me impresionó el transporte público: cómodo, puntual, limpio, con aire acondicionado. Entonces pensé ¿Cuándo tendremos un transporte así en Aguascalientes. Casi sesenta años después pienso ¿Cuándo tendremos un transporte así?.)

Como reguero de pólvora se decía antes o como tweet en redes sociales, se “viralizó”, se dice ahora, la imagen impresionante de la espantosa explosión en Beirut. Me llegó primero sin comentarios. No sabía de qué se trataba. Luego la noticia sin pelos ni señales. Los corresponsales sufriendo para dar los pormenores de un incidente inexplicable que exige explicación. CNN aventuraba hipótesis, Al Jazeera, vetada por algunos gobiernos árabes se hacía conjeturas. BBC, fiel a su tradición procuraba dar la noticia sin caer en el amarillismo. Difícil cuando las imágenes por sí solas dan lugar a toda una construcción morbosa. Dantesco es un adjetivo que se queda corto. La oportuna filmación del estallido hace presagiar pero no prepara para la devastación, el desconcierto y el dolor de un pueblo, que, desde siempre parece haber sido destinado a una vida azarosa.

Comparable quizás al septiembre 11.

Cierto alivio, pese a las declaraciones del primer ministro del Líbano, dan las noticias que permiten esperar que se haya tratado de un accidente, de un descuido o una torpeza o de un mero caso fortuito. Ello permitiría respirar un tanto aliviado con la esperanza de que no fuera el detonador de una reacción en cadena. Que no fuera una metáfora de una alegoría. Todo el oriente medio es un polvorín. La desgracia es mayúscula y las consecuencias terribles, pero de una dimensión muy diferente si fue el acaso y no el dolo.

No obstante la negligencia como probable causa eficiente de la explosión por la acumulación durante varios años de material explosivo en almacenes del puerto, no se puede perder de vista que el Líbano está en el centro de las tensiones entre Arabia Saudita e Irán y no faltaron las voces que señalan al villano favorito “Israel” como perpetrador de un atentado. La cordura habrá de prevalecer y ante la desgracia, el apoyo y solidaridad de los pueblos árabes y del resto del mundo podrá ser un paliativo en un momento crítico por la pandemia que azota el mundo. El país con alrededor de seis millones de habitantes tan sólo reporta en números redondos 5,000 casos de COVID19 y 65 muertes, algo así como 11 muertes por millón de habitantes cuando en México ya rebasamos los 373 muertos por millón, sin contar los no contados (valga la redundancia). El saldo de la explosión todavía lejos de poder ser estimado será mayor que el que hasta el momento se le puede atribuir al SARS-2.

La manera en que cundió la noticia y la reacción generalizada de preocupación y condolencias, incluyendo esta vez al presidente López Obrador, que ahora sí se condolió de las víctimas, (quizás porque éstas no le caen como anillo al dedo), contrasta notablemente con la actitud que en términos generales estamos asumiendo los mexicanos con la pandemia. Más allá del criminal manejo que le han dado las autoridades, más allá de la confusión y contradicciones de la información, más allá de la absoluta incapacidad de coordinar a los gobiernos de los estados, más allá de la ineptitud para distribuir equipo para el personal de salud, más allá de la inutilidad de un sistema de información que, todavía después de ocho meses no nos permite tener ni siquiera datos confiables aproximados a las cifras reales de contagios y de muertes, lo indudable es que la población ha reaccionado con irresponsabilidad. Quizás, porque a diferencia de lo que conocimos de otros países, Italia, Ecuador, por citar dos, la pandemia no se ha mostrado con los niveles de violencia en calles y hospitales de otros países.

Los mayores de veinte o veintidós años seguramente recuerdan que cuando la epidemia del virus A-H1N1 (cuyo nombre no pudo “ler” la maestra Elba Esther) en 2009, las alertas que cundieron y las medidas que se tomaron, incluyendo los cubrebocas hicieron pensar en consecuencias mucho mas graves, que afortunadamente se contuvieron oportunamente. Entonces, por cierto, López Gatell fue relegado, dejando a cargo al Dr. Alejandro Macías, quien rindió buenas cuentas.

El “hubiera” “Sí” existe, por supuesto, y tiene una utilidad real y práctica, especialmente cuando la situación a la que se aplica no ha terminado y sus efectos se siguen sintiendo. Ahora sabemos que las medidas que no se tomaron hubieran sido buenas, pero todavía estamos a tiempo. La terquedad del Presidente y la abyección culpable del subsecretario a cargo de atacar una situación de la que nunca tuvo idea de su magnitud, ni quiso aprender de las experiencias en otros países, han costado demasiadas vidas, siete u ochocientas veces más muertes que la explosión de Beirut.

¿Será que los niveles de violencia que se han dado en México, exacerbados en los últimos dieciocho meses no han llevado a una especie de anestesia social? ¿Será que el espectáculo de la muerte se ha convertido en un componente cotidiano de la vida mexicana? ¿Será que los medios noticiosos oscilan mayoritariamente entre el escándalo y la violencia? Pero no, no es este el país por el que he trabajado, no este el país por el que he luchado, no es este el país que anhelé dejar a mis hijos y a los hijos de mis hijos.

Mientras tanto, un manto rosa de más de 150,000 flamingos se tiende sobre Bombay. Una bocanada de aire fresco en este viciado ambiente del coronavirus.

(Ciclistas y viejos verdes.- El viejo lanzado le dice a la dependienta de la panadería: -Tengo ganas de besarla otra vez-, disgustada le contesta la aludida: ¿Cuándo me ha besado?. Nunca, pero otra vez tengo ganas de besarla- . Así yo, otra vez tengo ganas de que la Presidencia Municipal meta en cintura a los ciclistas como anunció hace meses, y de otras cosas que también prometió.)

 

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